Bath, Inglaterra — octubre de 1887
Isabella no había dormido.
La lluvia había golpeado los cristales de su habitación durante buena parte de la noche, mientras el viento hacía crujir las ramas desnudas de los árboles del jardín. En otras circunstancias, aquel sonido le habría resultado tranquilizador.
Aquella noche, no.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la misma imagen.
La llave sobre el escritorio de Alexander Blackwood.
Y el instante exacto en que él había dejado de respirar al verla.
No había sido sorpresa.
Había sido reconocimiento.
Isabella estaba sentada frente al tocador, todavía envuelta en su bata de dormir, mientras una doncella terminaba de arreglarle el cabello.
—¿Desea el vestido azul para esta mañana, señorita?
—El gris.
—¿El de lana?
—Sí.
La muchacha hizo una pequeña reverencia y salió de la habitación en busca del vestido.
Isabella observó su propio reflejo en el espejo.
En aquella época, una mujer de su posición no podía simplemente tomar un carruaje y presentarse en una propiedad ajena sin provocar comentarios. Una visita inesperada podía convertirse en un rumor antes de que terminara el día.
Y, sin embargo, allí estaba ella.
A punto de hacerlo nuevamente.
No tenía intención de esperar.
Mi padre le había pedido que fuera a Blackwood Manor.
Ahora necesitaba saber por qué.
Cuando la doncella regresó, permití que me ayudara a vestirme.
El vestido de lana gris tenía un cuello alto y mangas largas. La cintura ceñía su figura siguiendo la silueta de la época, mientras una hilera de pequeños botones oscuros recorría el frente.
Mi cabello quedó recogido en un moño bajo, aunque algunos mechones escaparon y enmarcaron mi rostro. La doncella colocó finalmente un pequeño broche en forma de flor sobre mi vestido.
—¿Está todo bien, señorita?
La mire a través del espejo.
—Sí.
Pero no lo estaba.
En el comedor, Gabriel ya me esperaba.
La mesa estaba dispuesta con porcelana blanca, cubiertos de plata y una pequeña tetera que aún dejaba escapar finas volutas de vapor. Junto a ella había tostadas, mantequilla, huevos, fruta y varios frascos de mermelada.
El periódico de la mañana descansaba junto al plato de Gabriel.
Entré en silencio.
—Buenos días.
Gabriel levantó la mirada.
—No tienes cara de haber dormido.
—Tú tampoco.
—Yo estaba leyendo.
—Yo estaba pensando.
Gabriel arqueó una ceja.
—Eso es peor.
Tome asiento.
Una criada se acercó para servirme el té.
—¿Leche y azúcar, señorita?
—Una cucharada de azúcar y un poco de leche, por favor.
La criada obedeció y se retiró.
Gabriel me observó por encima de su taza.
—¿Vas a regresar?
Tome la taza entre las manos.
—Sí.
—A Blackwood Manor.
—Sí.
Gabriel dejó el periódico sobre la mesa.
—Sabía que no ibas a descansar después de lo que encontraste.
Baje la voz.
—Alexander sabe algo.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Qué sabe?
—La llave.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué pasó con ella?
—La reconoció.
—¿Y te dijo qué era?
—No.
—Entonces no puedes saberlo.
Negué lentamente con la cabeza.
—No necesito que me lo diga. Lo vi en sus ojos.
Gabriel guardó silencio.
Saque entonces la pequeña libreta que había preparado la noche anterior y la dejó sobre la mesa.
—Mira.
La abrí.
En sus páginas había copiado varias de las anotaciones encontradas entre los documentos de su padre.
Nombres.
Fechas.
Direcciones.
Y una que aparecía una y otra vez.
1867.
—La misma fecha que aparece en los documentos de los Blackwood.
Gabriel leyó la página en silencio.
—¿Qué ocurrió ese año?
—No lo sé.
—¿Y Alexander?
—Dice que tampoco.
Gabriel levantó una ceja.
—¿Le crees?
Bebí un sorbo de té antes de responder.
—No.
—Entonces, ¿por qué volver?
Cerré la libreta y apoyé una mano sobre la tapa.
—Porque quizá no necesito confiar en él.
Gabriel me observó durante unos segundos.
—¿Entonces?
Levanté la mirada.
—Quizá solo necesito descubrir qué está ocultando.
El carruaje salió de Bath poco después de las nueve.
La mañana era fría y el cielo permanecía cubierto por una capa de nubes grises. La lluvia de la noche había dejado los caminos húmedos y el aire olía a tierra mojada.
Llevaba un abrigo de lana oscuro, guantes y un pequeño bolso que mantenía firmemente sujeto entre las manos.
Dentro estaban la llave y la carta de mi padre.
Dos objetos que, hasta hacía poco, no significaban nada para mí.
Ahora parecían estar unidos por un secreto que alguien había intentado mantener enterrado durante décadas.
Apoyé la cabeza contra el respaldo del carruaje y observé el paisaje a través de la ventanilla.
Los campos pasaban lentamente ante mis ojos.
No podía dejar de pensar en Alexander.
En la expresión de su rostro cuando vio la llave.
En aquel instante en que su respiración se detuvo.
Había intentado ocultarlo.
Pero yo lo había visto.
Y cuanto más lo pensaba, más convencida estaba de una cosa.
Alexander Blackwood no había visto aquella llave por primera vez.
La había visto antes.
La pregunta era, dónde.
Y, sobre todo, por qué seguía fingiendo que no la conocía.
A medida que abandonábamos la ciudad, las calles se volvieron menos transitadas.
Los carruajes particulares fueron cediendo el paso a los carros de agricultores y a las carretas cargadas de mercancías. El cochero mantenía una velocidad prudente debido al barro, y las ruedas se hundían con un sonido pesado en el camino húmedo.