Entre Rosas y Juramentos

LA HABITACION CERRADA

Bath, Inglaterra — octubre de 1887

La carta llegó poco después de las ocho de la mañana.

Estaba sentada junto a la ventana del salón, con una taza de té entre las manos, cuando escuché el golpe de la aldaba.

La casa apenas comenzaba a despertar. El fuego de la chimenea todavía no había conseguido calentar por completo la habitación y, a través de los cristales empañados, podía ver la niebla cubriendo las calles de Bath.

Un carruaje pasó frente a la casa.

Después otro.

El sonido de los cascos sobre las piedras mojadas se fue perdiendo lentamente en la distancia.

Una doncella entró con una pequeña bandeja de correspondencia.

—Ha llegado esto para usted, señorita.

Tomé las cartas.

Reconocí inmediatamente la letra de Gabriel en una de ellas.

La otra no tenía remitente.

Fruncí el ceño.

—¿Quién la trajo?

—Un muchacho, señorita. La dejó en la puerta.

Giré el sobre entre mis dedos.

Nada.

Ni nombre.

Ni sello.

Solo una pequeña marca dibujada con tinta negra.

Una rosa.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—Puede retirarse.

La doncella hizo una reverencia y salió.

Esperé hasta escuchar cómo se cerraba la puerta antes de volver a mirar el sobre.

Lo abrí con cuidado.

Dentro había una sola hoja.

No era una carta.

No había saludo.

Ni despedida.

Solo una frase.

No confíes en el hombre que lleva el apellido Blackwood.

Permanecí inmóvil.

Volví a leerla.

Una vez.

Dos.

Después acerqué el papel a la luz de la ventana, buscando alguna otra marca, alguna palabra oculta entre las líneas.

Nada.

Solo aquella rosa.

La misma marca que había visto en la llave.

La misma que aparecía en los documentos de Edward.

Aquello ya no podía ser una coincidencia.

Guardé la carta en el bolsillo interior de mi vestido.

Me quedé unos segundos mirando la niebla al otro lado de la ventana.

Alguien sabía que había estado en Blackwood Manor.

Alguien sabía lo que estaba buscando.

Y, más importante aún, alguien quería que me mantuviera alejada de Alexander.

Tomé aire.

Había una sola cosa que podía hacer.

Volver a Blackwood Manor.

Precisamente porque alguien quería que dejara de hacerlo.

El viaje fue más largo de lo habitual.

La lluvia de la noche anterior había convertido los caminos en una sucesión de charcos y barro. El cochero tuvo que reducir la velocidad en varias ocasiones para evitar que las ruedas quedaran atrapadas, y el carruaje avanzaba con un movimiento lento e irregular.

Permanecí en silencio.

La carta pesaba más que la pequeña llave escondida junto a ella.

La advertencia seguía dando vueltas en mi cabeza.

No confíes en el hombre que lleva el apellido Blackwood.

No confiaba plenamente en Alexander.

Pero tampoco creía que fuera responsable de la desaparición de mi padre.

Había algo en sus ojos cada vez que hablaba de su padre.

Algo que no parecía fingido.

Había dolor.

Y también una incertidumbre que conocía demasiado bien.

Quizá él también estaba buscando respuestas.

Quizá llevaba años intentando comprender lo que había ocurrido aquella noche de 1867, igual que yo llevaba tres años intentando descubrir qué había sucedido con mi padre.

Apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos por un instante.

Si alguien había dejado aquella advertencia en mi puerta, significaba que estaba observando mis movimientos.

Sabía que había estado en Blackwood Manor.

Sabía que había encontrado la llave.

Y quizá también sabía que Alexander y yo habíamos comenzado a unir las piezas.

Una inquietud recorrió mi cuerpo.

Tal vez ese era el verdadero peligro.

No que Alexander fuera mi enemigo.

Sino que ambos estuviéramos demasiado cerca de la verdad.

Y quizá eso era precisamente lo que nos hacía peligrosos para alguien.

Cuando el carruaje llegó a Blackwood Manor, noté inmediatamente que algo era diferente.

Había dos caballos ensillados frente a las caballerizas y un mozo corría de un lado a otro con evidente prisa.

El mayordomo salió antes de que pudiera llegar a la puerta.

—Señorita Torres.

—¿Dónde está Lord Blackwood?

El hombre vaciló.

—En el establo.

—¿Ha ocurrido algo?

—No me corresponde decirlo.

Lo miré fijamente.

—Entonces tendré que preguntárselo a él.

Antes de que el mayordomo pudiera detenerme, levanté ligeramente la falda de mi vestido y crucé hacia las caballerizas.

El aire olía a heno húmedo, cuero y caballo.

Alexander estaba allí.

Tenía las mangas de la camisa remangadas y sostenía las riendas de un caballo negro.

Al verme, se quedó inmóvil.

—¿Qué hace aquí?

—Buenos días para usted también.

Alexander me observó con incredulidad.

—No esperaba verla.

—Ya me lo ha dicho antes.

—Esta vez lo digo en serio.

Saqué la carta del bolsillo y se la tendí.

—Alguien me envió esto.

Alexander la tomó.

La leyó.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Cuándo llegó?

—Esta mañana.

—¿Quién la entregó?

—No lo sé.

—¿La llevó directamente hasta su casa?

—La dejaron en la puerta.

Alexander volvió a mirar la rosa dibujada en el papel.

—Esto no es bueno.

—Eso ya lo había deducido.

Dobló la carta con cuidado.

—Debe regresar a Bath.

Solté una risa incrédula.

—¿Perdón?

—No es seguro.

—¿Y usted cree que voy a regresar después de recibir esto?

—Precisamente.

—No pienso permitir que una carta anónima decida qué puedo hacer.

Alexander dio un paso hacia mí.



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En el texto hay: misterio, romance, enemistolover

Editado: 29.08.2026

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