Esa misma noche, lejos de Blackwood Manor, un hombre abrió una caja de madera.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Y una copia de una carta.
Encendió una cerilla y acercó la llama al papel.
Pero, antes de quemarlo, se detuvo.
Tomó una de las fotografías.
En ella aparecían dos hombres jóvenes.
Edward Blackwood.
Thomas Torres.
Ambos estaban de pie frente a un lugar que parecía una propiedad rural. Sus rostros eran serios, pero había algo en su postura que sugería que se conocían bien.
El hombre dio la vuelta a la fotografía.
En el reverso, escrita con tinta negra, había una fecha.
14 de octubre de 1867.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Han encontrado el primer rastro.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
Después tomó la copia de la carta y la contempló durante unos segundos.
No parecía preocupado.
Al contrario.
Parecía estar esperando aquel momento desde hacía mucho tiempo.
—Ahora veremos cuánto tardan en encontrar el segundo.
La cerilla se consumió entre sus dedos.
Y, cuando la llama alcanzó su piel, la apagó sin apartar los ojos de la fotografía.
El juego acababa de comenzar.