Entre Rosas y Juramentos

LA HABITACIÓN QUE EL TIEMPO OLVIDÓ

Las palabras seguían allí.

Talladas profundamente en la madera.

TIERRA.

AGUA.

FUEGO.

HIERRO.

SANGRE.

Pasé lentamente las yemas de los dedos sobre las letras. La madera estaba fría y áspera, y algunas pequeñas astillas se desprendieron bajo mi tacto. A pesar de los años, las palabras continuaban siendo perfectamente legibles.

Las habíamos encontrado unos minutos antes, mientras recorríamos el estrecho corredor de la casa abandonada.

No había nombres.

No había fechas.

No había explicación alguna.

Solo aquellas cinco palabras.

Cinco elementos que, juntos, parecían esconder un significado que ninguno de los dos conseguía comprender.

Alexander levantó la lámpara de aceite para iluminar mejor la pared.

—Las hemos revisado tres veces.

—Lo sé.

—Y seguimos sin saber qué significan.

Contemplé nuevamente las palabras.

—Quizá no significan nada.

Alexander volvió la cabeza hacia mí.

—Después de todo lo que hemos encontrado esta noche, ¿realmente cree eso?

Dejé escapar un pequeño suspiro.

—No.

Una sonrisa fugaz apareció en mis labios.

—Pero quería comprobar si estaba prestando atención.

Alexander negó con la cabeza.

—Empiezo a pensar que disfruta ponerme a prueba.

—Quizá.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante un instante, ninguno de los dos apartó la mirada.

Había algo en la forma en que me observaba que me hizo olvidar las palabras talladas en la pared.

Fui yo quien terminó apartando los ojos.

Ambos volvimos entonces la atención hacia la puerta.

Era diferente al resto de la casa.

La madera oscura estaba envejecida, pero no podrida. No había telarañas alrededor de la cerradura ni marcas de que alguien hubiera intentado forzarla.

Parecía como si alguien hubiera hecho todo lo posible por mantenerla cerrada.

Y eso era precisamente lo que me inquietaba.

Había aprendido que, cuando alguien se tomaba tantas molestias para ocultar algo, casi siempre existía una razón.

Introduje la mano en el bolsillo y saqué la pequeña llave.

La sostuve entre los dedos.

La rosa grabada en el metal parecía cobrar vida bajo la luz de la lámpara.

Alexander se acercó por mi espalda.

—¿Cree que es para esta puerta?

Un escalofrío me recorrió el cuerpo al sentir su cercanía. Intenté controlar mi reacción y concentrarme en la cerradura.

—¿Está segura? —preguntó de nuevo.

—No.

—Me alegra que, al menos, uno de los dos sea sensato.

Levanté una ceja.

—¿Tiene una idea mejor?

—Podríamos marcharnos.

—No.

—Lo imaginé.

Sonreí.

—Además, mi padre desapareció hace tres años. No pienso marcharme porque una puerta vieja me intimide.

Alexander observó mi rostro.

Durante un momento pareció querer decir algo.

Finalmente, solo respondió:

—Entonces no se aleje de mí.

Sentí algo extraño en el pecho.

No supe si había sido la forma en que lo dijo o la seriedad de sus ojos.

—No pensaba hacerlo.

Alexander apartó la mirada.

Introduje la llave en la cerradura.

La giré.

Clic.

El sonido pareció recorrer toda la casa.

Ambos nos quedamos inmóviles.

Apoyé una mano sobre la puerta.

Y empujé.

Un aire frío y seco salió de la habitación.

Di un paso atrás.

Alexander levantó la lámpara y la luz avanzó lentamente por la estancia.

Primero iluminó un escritorio.

Después, unas estanterías.

Luego, varias cajas.

Mapas enrollados.

Libros.

Carpetas de cuero.

Y, finalmente, un enorme retrato colocado en la pared del fondo.

Entré.

—Esto no parece una habitación abandonada.

Alexander no respondió.

Estaba mirando el retrato.

Se acercó despacio.

El hombre representado tenía el rostro serio, la barba cuidadosamente recortada y vestía un traje oscuro propio de la época victoriana.

Alexander se detuvo frente a él.

—Es mi abuelo.

Me acerqué.

—¿Está seguro?

—Sí.

Su voz había cambiado.

Había perdido aquella seguridad que acostumbraba a mostrar cuando hablaba conmigo.

Ahora sonaba más joven.

Casi como el muchacho que alguna vez había sido.

—Nunca había visto esta habitación —dijo.

—¿Nunca?

Alexander negó con la cabeza.

—No sabía que existía.

Recorrí la estancia con la mirada.

—Entonces su abuelo escondió algo aquí.

Alexander volvió a observar el retrato.

—Mi padre heredó sus propiedades después de su muerte. Pero nunca me habló de este lugar.

—Quizá no quería que nadie lo supiera.

—Quizá.

Caminé hacia el escritorio.

Sobre él había una fina capa de polvo, pero los objetos estaban cuidadosamente ordenados.

Plumas.

Frascos de tinta.

Sellos.

Papeles.

Un calendario antiguo.

Y un pequeño reloj.

Extendí la mano.

—No toque eso.

Retiré la mano y lo miré.

—¿Por qué?

Alexander tomó el reloj.

Abrió la tapa.

Las agujas estaban detenidas.

11:47.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa esa hora?

Alexander tardó unos segundos en responder.

—La hora en que encontraron muerto a mi padre.

Sentí que el ambiente se volvía todavía más frío.

—¿Este era su reloj?

—Sí.

Alexander giró el objeto.

En la parte posterior estaban grabadas unas iniciales.

E. B.

—Pensé que había desaparecido la noche de su muerte.

Lo miré.

—Entonces, ¿cómo llegó aquí?

Alexander levantó los ojos.

—Eso es precisamente lo que me gustaría saber.



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En el texto hay: misterio, romance, enemistolover

Editado: 29.08.2026

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