La lluvia había disminuido cuando llegamos nuevamente a Blackwood Manor.
El carruaje se detuvo frente a la escalinata principal y Alexander descendió primero. Después se volvió hacia mí y me ofreció la mano.
—Gracias.
—Está cubierta de barro —dijo él.
Bajé la mirada hacia mis zapatos.
—Usted tampoco está precisamente impecable.
Alexander observó su propio abrigo, salpicado de barro.
—Nunca dije que lo estuviera.
Por primera vez desde que habíamos abierto aquella habitación, sonreí de verdad.
Subimos los escalones.
La puerta principal se abrió antes de que pudiéramos tocar.
El mayordomo nos recibió y, tras una breve reverencia, tomó nuestros abrigos mojados.
—El fuego está encendido en el salón, milord.
Alexander asintió.
—Gracias.
Pero antes de que pudiéramos avanzar, una voz femenina llegó desde el interior.
—¿Alexander?
Él se detuvo.
Una joven apareció junto a la puerta del salón.
Llevaba un vestido de viaje en tonos oscuros, sencillo pero elegante, y el cabello recogido con esmero. En una mano sostenía un par de guantes de piel que acababa de quitarse.
Sus ojos se iluminaron al verlo.
—Finalmente.
Alexander dejó escapar un suspiro.
—Eleonor.
Ella sonrió y se acercó.
—Pensé que tardarías mucho más.
Lo abrazó brevemente antes de apartarse.
Después sus ojos se dirigieron hacia mí.
Me observó durante unos segundos.
No con hostilidad.
Con curiosidad.
—Y tú debes ser Isabella.
Hice una pequeña reverencia.
—Sí. Es un placer conocerla.
—Eleonor Blackwood.
Me tendió la mano.
La estreché.
—Encantada.
Eleonor sonrió.
—He oído hablar de ti.
Alexander intervino inmediatamente.
—Espero que nada de lo que hayas oído haya sido exagerado.
Eleonor lo miró con una expresión divertida.
—Conociéndote, probablemente sí.
Tuve que contener una sonrisa.
Alexander negó con la cabeza.
—Acabas de llegar y ya estás molestándome.
—Es una de mis obligaciones como hermana.
Eleonor volvió a mirarme.
Esta vez su expresión cambió ligeramente.
Había algo en sus ojos que no conseguía descifrar.
—Aunque debo admitir que no esperaba encontrarte aquí.
—Yo tampoco esperaba encontrarme aquí —respondí.
Eleonor soltó una pequeña risa.
—¿Y qué haces aquí con mi hermano a estas horas?
Alexander respondió antes de que pudiera hacerlo.
—Estamos investigando la desaparición de su padre.
La expresión de Eleonor cambió de inmediato.
La sonrisa desapareció de sus labios.
—¿Thomas?
Asentí.
—Sí.
Durante un instante, el rostro de Eleonor mostró algo parecido a la preocupación.
—Entonces supongo que la casa abandonada tiene algo que ver.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes dónde estuvimos?
Eleonor bajó lentamente la mirada hacia nuestros zapatos cubiertos de barro.
—Porque no es difícil imaginarlo.
Después me miró.
—Y porque mi hermano solo regresa a casa cubierto de barro cuando ha estado buscando problemas.
—No siempre —protestó Alexander.
Eleonor arqueó una ceja.
—Siempre.
No pude evitar sonreír.
Pero entonces Eleonor reparó en el papel que Alexander todavía llevaba en la mano.
Su expresión cambió.
—¿Qué es eso?
Alexander se lo entregó.
Eleonor leyó las palabras.
«La segunda espera donde el agua guarda memoria.»
El color abandonó su rostro.
—¿Dónde encontraron esto?
Alexander la observó atentamente.
—En la habitación.
Eleonor levantó la mirada.
—¿Qué habitación?
—La que estaba cerrada.
Ella permaneció en silencio.
—¿La abrieron?
—Sí.
Eleonor miró primero a Alexander y después a mí.
—¿Con qué?
Saqué lentamente la llave.
En cuanto la vio, su expresión cambió por completo.
—Esa llave...
—La tenía mi padre —dije.
Eleonor no respondió.
Se acercó a mí.
—¿Dónde la encontraste?
—En una caja que mi padre dejó escondida.
Eleonor observó la llave durante unos segundos.
—Mi padre tenía una igual.
Alexander frunció el ceño.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Nunca me dijiste eso.
Eleonor lo miró.
—Porque tenía ocho años cuando murió.
Hizo una pausa.
—Y porque mi madre me hizo prometer que jamás hablaría de aquella noche.
El salón pareció quedar en silencio.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
Eleonor bajó la mirada.
—No lo sé.
—Pero recuerdas algo —dijo Alexander.
Eleonor tardó en responder.
—Recuerdo voces.
—¿De quién?
—De mi padre.
Se detuvo.
—Y de otro hombre.
Alexander se tensó.
—¿Quién?
Eleonor negó con la cabeza.
—No lo vi.
—¿Qué decían?
Eleonor cerró los ojos, intentando rescatar de su memoria un recuerdo que llevaba años enterrado.
—Hablaban de algo que debía permanecer oculto.
Me acerqué un poco más.
—¿Algo relacionado con las cinco llaves?
Eleonor abrió los ojos.
—No recuerdo cinco llaves.
Su mirada volvió al papel que sostenía Alexander.
—Pero recuerdo una palabra.
—¿Cuál?
Eleonor tragó saliva.
—Agua.
Alexander y yo intercambiamos una mirada.
—¿Qué dijo? —preguntó él.
Eleonor negó lentamente con la cabeza.
—No puedo recordarlo.
Su voz se quebró ligeramente.
Después añadió:
—Solo recuerdo que mi madre estaba llorando.
El silencio volvió a caer sobre nosotros.
Eleonor dejó el papel sobre la mesa.
—¿Qué encontraron exactamente en esa habitación?