Bath, Inglaterra — octubre de 1887.
La mañana llegó envuelta en una espesa neblina que cubría los jardines de Blackwood Manor.
Apenas había dormido.
El descubrimiento de la noche anterior seguía dando vueltas en mi cabeza, negándose a dejarme descansar.
La habitación oculta.
El escritorio del abuelo de Alexander.
La caja.
La inscripción.
Las cinco palabras grabadas en la madera.
Tierra. Agua. Fuego. Hierro. Sangre.
Y aquella frase que parecía perseguirme desde el instante en que la había leído:
«La segunda espera donde el agua guarda memoria».
Me acerqué a la ventana.
Las hojas secas cubrían los senderos del jardín y una ligera llovizna comenzaba a caer sobre los rosales. El cielo tenía un tono grisáceo y la neblina hacía que los límites de la propiedad parecieran desvanecerse poco a poco.
Respiré profundamente.
Hacía tres años que mi padre había desaparecido.
Tres años de preguntas.
Tres años de silencios.
Tres años buscando respuestas que siempre parecían alejarse de mí justo cuando creía estar cerca de encontrarlas.
Pero aquella mañana era diferente.
Por primera vez, sentía que realmente estaba siguiendo un camino.
Un camino que quizá mi padre había dejado para mí.
Llevé una mano al pecho.
La pequeña llave seguía allí, escondida bajo la ropa.
Mi padre había desaparecido.
Pero había dejado algo atrás.
Y yo pensaba encontrarlo.
Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos.
Me volví.
—Adelante.
La puerta se abrió y una doncella asomó la cabeza.
—Señorita Isabella, el desayuno está servido.
Asentí.
—Gracias. Ya voy.
La doncella hizo una pequeña reverencia y volvió a cerrar la puerta.
Me quedé unos segundos más junto a la ventana.
No sabía qué encontraríamos en Bath.
No sabía quién había dejado aquella pista.
Ni siquiera sabía si el agua realmente guardaba la segunda llave.
Pero algo dentro de mí me decía que debíamos seguir adelante.
Tomé mi abrigo.
Esta vez no iba a Bath únicamente para buscar respuestas.
Iba para descubrir qué había querido decirme mi padre.
Y, por primera vez en tres años, estaba dispuesta a escuchar.
El comedor principal estaba iluminado por la luz grisácea de la mañana.
La mesa había sido dispuesta con la elegancia propia de una familia acostumbrada a recibir visitas: la porcelana blanca descansaba junto a pequeñas bandejas de plata, mientras el aroma del pan recién horneado, la mermelada y la mantequilla llenaba la estancia. En el centro, una tetera humeante mantenía el té caliente.
Eleonor ya estaba sentada.
Alexander permanecía junto a la ventana, hojeando unos documentos.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Eleonor.
Alexander levantó la vista hacia mí.
—Ha dormido poco.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo lo sabe?
—Tiene ojeras.
—No tengo ojeras.
—Las tiene.
—No las tengo.
Eleonor ocultó una sonrisa detrás de su taza.
—Ni siquiera han pasado dos minutos.
Tomé asiento.
Frente a mí había una taza de té recién servida.
La sostuve entre las manos y acerqué los labios.
El aroma me resultó familiar.
Di un pequeño sorbo.
Me detuve.
Volví a probarlo.
La cantidad exacta de leche.
Una cucharada de azúcar.
Y aquel ligero toque de bergamota que siempre había preferido.
Levanté la mirada.
—¿Quién preparó el té?
—La cocinera —respondió Alexander sin apartar los ojos de los documentos.
Entrecerré los ojos.
Eleonor carraspeó.
—Claro.
Volví a mirar la taza.
—Está exactamente como me gusta.
Alexander pasó una página.
—Debe de ser una coincidencia.
—Una coincidencia muy extraña.
Finalmente dejó los documentos sobre la mesa y me miró.
—¿Va a interrogar al personal de la casa por una taza de té?
—Tal vez.
Eleonor comenzó a sonreír.
—Yo también tengo curiosidad.
Alexander la miró.
—No la tienes.
—Sí la tengo.
Bajé la mirada hacia mi taza para ocultar una sonrisa.
Volví a beber.
No pregunté nada más.
Pero aquella pequeña coincidencia se quedó dando vueltas en mi cabeza.
La cantidad exacta de leche y de azúcar.
El toque de bergamota.
Era demasiado preciso.
Recordé entonces algo que había ocurrido días atrás.
Alexander había observado cómo preparaba mi té.
En aquel momento no le había dado importancia.
Ahora sí.
Levanté lentamente la mirada hacia él.
Estaba nuevamente concentrado en los documentos, como si nada hubiera ocurrido.
Pero había algo en la comisura de sus labios.
Una sombra de sonrisa.
Y comprendí que quizá no había sido la cocinera quien había preparado aquella taza.
No dije nada.
Todavía.
Aunque, por alguna razón, sentí que aquella pequeña atención decía mucho más de lo que Alexander estaría dispuesto a admitir.
—Deberíamos marcharnos.
—Después del desayuno.
—Ya he terminado.
—No.
—Sí.
Eleonor dejó la cuchara sobre el plato y nos miró alternativamente.
—¿Siempre discuten así?
—No.
—Sí.
Alexander y yo nos miramos al mismo tiempo.
—¿Lo ve? —pregunté.
—¿Ver qué?
—Que está siendo insoportable.
—Creo que la palabra que busca es prudente.
—La palabra que busco es testarudo.
—Entonces está equivocada.
—No.
—Sí.
Alexander dejó escapar un suspiro.
—Es imposible razonar con usted.
—Porque tengo razón.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—No.