Entre Rosas y Juramentos

LOS SECRETOS BAJO LA CIUDAD

Bath, Inglaterra, 16 de octubre de 1887.

La lluvia de la noche anterior había dejado las calles cubiertas por un brillo tenue. Desde la ventana de la posada, contemplé cómo los primeros comerciantes comenzaban a instalar sus puestos en la plaza. Algunos levantaban las lonas de sus pequeños puestos, mientras otros acomodaban cajas y mercancías sobre las mesas. Los carruajes atravesaban lentamente las calles empedradas, dejando tras de sí el sonido húmedo de las ruedas sobre el suelo.

A lo lejos, las campanas anunciaron el inicio de un nuevo día.

Pero yo apenas prestaba atención a lo que ocurría afuera.

Mis pensamientos seguían atrapados en el mismo lugar.

La habitación secreta.

Las cinco palabras grabadas en la madera.

Tierra.

Agua.

Fuego.

Hierro.

Sangre.

Y aquella frase que nos había conducido hasta Bath.

«La segunda espera donde el agua guarda memoria».

La repetí mentalmente una vez más.

Sobre la mesa descansaba la llave.

Me acerqué y la tomé entre los dedos. El metal estaba frío. Era un objeto extraño, antiguo y pesado. Hasta entonces, siempre la había considerado una simple llave, una pieza más de aquel misterio que parecía hacerse cada vez más grande.

Pero ya no podía pensar en ella de esa manera.

Comenzaba a sospechar que era algo más.

Mucho más.

Pasé el pulgar sobre su superficie, siguiendo las pequeñas marcas que el tiempo había dejado en el metal.

Entonces, unos golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos.

—¿Está preparada?

Reconocería aquella voz en cualquier lugar.

Dejé escapar una pequeña sonrisa antes de responder.

—Adelante.

La puerta se abrió y Alexander entró en la habitación.

Llevaba un abrigo oscuro y unos guantes de cuero que sostenía en una mano. Su expresión era seria, aunque había algo en sus ojos que me hizo pensar que también sentía aquella mezcla de curiosidad y preocupación que no conseguía abandonar.

—El profesor Whitmore nos está esperando.

Levanté la mirada hacia él.

—¿Ha encontrado algo?

—Eso espero.

No necesitaba decir más.

Guardé la llave en el bolsillo de mi abrigo y tomé mis cosas.

—Entonces no deberíamos hacerlo esperar.

La biblioteca permanecía prácticamente vacía cuando llegamos.

El silencio del lugar contrastaba con el movimiento que había en las calles. Solo se escuchaba de vez en cuando el crujido de alguna madera antigua o el leve roce de las páginas al pasar.

El profesor Whitmore nos esperaba junto a una mesa cubierta por libros, mapas y documentos.

Eleonor sostenía una taza de té entre las manos, mientras Gabriel, apoyado contra una estantería, hojeaba distraídamente un periódico.

—Buenos días.

Eleonor levantó la mirada.

—Llegan tarde.

Fruncí el ceño.

—Solo cinco minutos.

—Diez.

—Cinco.

—Diez.

Dejé escapar un suspiro.

—Definitivamente, no sabe reconocer una derrota.

Alexander me miró de reojo.

—No estoy perdiendo.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—Pequeña tormenta...

Lo miré inmediatamente.

—No me llame así.

Gabriel levantó la vista del periódico.

—¿Pequeña tormenta?

Eleonor comenzó a reír.

—Es una larga historia.

—Y una historia completamente inventada —añadí.

Alexander arqueó una ceja.

—Eso está por verse.

Negué con la cabeza y tomé asiento antes de que aquella discusión continuara.

Entonces, el profesor Whitmore se aclaró la garganta y desplegó un mapa amarillento sobre la mesa.

—Creo que esto les interesará.

La conversación murió de inmediato.

Todos nos inclinamos hacia el mapa.

Era un plano de los antiguos baños romanos.

Lo observé con atención. Las líneas, los corredores y las diferentes estancias estaban dibujados con una precisión que contrastaba con el deterioro del papel.

Pero había algo extraño.

Una de las esquinas había sido arrancada.

—Está incompleto.

Me incliné un poco más sobre la mesa.

—¿Dónde lo encontró?

—En un conjunto de documentos que nunca habían sido clasificados.

Mis ojos recorrieron lentamente el mapa.

Fue entonces cuando descubrí una pequeña anotación escrita en el margen inferior.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—Aquí hay algo.

El profesor acercó la lámpara.

La luz iluminó la escritura desgastada.

Las letras apenas eran visibles, pero todavía podían leerse.

«Solo quienes posean la llave comprenderán el camino».

Nadie habló durante unos segundos.

Gabriel fue el primero en romper el silencio.

—¿Qué significa eso?

Miré hacia el bolsillo donde había guardado la llave.

—Significa que la llave no solo abre puertas.

Alexander me observó.

Yo volví a mirar el mapa.

Y entonces lo vi.

Un símbolo.

Pequeño.

Casi oculto entre las líneas del plano.

El mismo símbolo que estaba grabado en la llave.

—Alexander.

Él siguió la dirección de mi dedo.

—Lo veo.

Pasé la mano por encima del mapa sin llegar a tocarlo.

—Está señalando una galería.

Alexander se inclinó un poco más.

—O una entrada.

El profesor Whitmore cerró el mapa con cuidado.

—Si quieren mi opinión, deberían empezar a buscar allí.

No hizo falta que dijera nada más.

Los antiguos baños estaban llenos de visitantes.

El vapor ascendía desde el agua caliente, envolviendo el lugar en una bruma tenue. Las columnas de piedra sostenían galerías que parecían resistirse al paso del tiempo, como si hubieran permanecido allí esperando durante siglos.

Los turistas caminaban entre las ruinas mientras los guías relataban historias sobre el origen romano de la ciudad.

Pero yo apenas escuchaba.

Mi atención estaba centrada en las paredes.



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En el texto hay: misterio, romance, enemistolover

Editado: 29.08.2026

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