Bath, Inglaterra
El sonido de la lluvia golpeando los cristales me despertó antes del amanecer.
Durante unos instantes permanecí inmóvil, contemplando el techo de la habitación de la posada mientras intentaba ordenar mis pensamientos. Sin embargo, las imágenes de la noche anterior se negaban a desaparecer.
El túnel.
Los documentos.
La carta.
Los cinco nombres.
Y, por encima de todo, aquella pregunta que no dejaba de perseguirme:
¿Por qué mi padre aparecía mencionado en un documento relacionado con la familia Blackwood?
Me incorporé lentamente y me acerqué a la ventana. La ciudad apenas comenzaba a despertar. Una fina niebla cubría las calles de Bath, mientras el humo escapaba lentamente de las chimeneas y se perdía en el cielo gris.
Entonces llamaron a la puerta.
—¿Se encuentra despierta?
Aquella voz comenzaba a resultarme demasiado familiar.
—Sí.
La puerta se abrió y Alexander apareció al otro lado. Tenía el cabello ligeramente húmedo y sostenía una bandeja entre las manos. Sobre ella descansaban dos tazas de porcelana de las que escapaba un agradable aroma a té.
Levanté una ceja.
—¿Está intentando sobornarme con té?
—Depende.
—¿De qué?
—De si piensa seguir cuestionando todas mis decisiones durante el resto del día.
No pude evitar sonreír.
Alexander dejó la bandeja sobre una pequeña mesa y señaló una de las sillas.
—Siéntese.
—¿Ahora también da órdenes?
—Solo las necesarias.
Tomé la taza entre mis manos. El calor atravesó mis dedos y, por un instante, aquella pequeña escena me pareció extrañamente doméstica.
Entonces bebí un sorbo.
Me quedé inmóvil.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Cómo ha sabido que me gusta así?
Alexander frunció ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Con leche y muy poco azúcar.
Él tomó un sorbo de su propia taza, fingiendo una tranquilidad que no me convenció en absoluto.
—Supongo que tuve suerte.
Lo observé unos segundos.
—No ha sido suerte.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
—¿No?
—No.
Antes de que pudiera decir algo más, la puerta volvió a abrirse.
Eleonor entró en la habitación y se quedó contemplándonos. Bastó una mirada para que estuviera a punto de atragantarse con su propia respiración.
—Oh, esto es maravilloso.
Parpadeé.
—¿Qué es maravilloso?
—Nada.
Alexander la fulminó con la mirada.
—Eleonor.
Ella sonrió con una inocencia que no engañaba a nadie.
—¿Qué?
—Guarde silencio.
—No.
Tuve que contener una carcajada.
Unas horas más tarde, el profesor Whitmore nos esperaba en la biblioteca de Blackwood Manor.
Sobre la mesa se encontraban extendidos los documentos que habíamos encontrado en el túnel. Mapas, cartas, diagramas y una hoja cubierta de símbolos que, hasta ese momento, no habíamos conseguido interpretar.
—He pasado toda la noche revisando estos documentos —anunció el profesor.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Y?
Whitmore hizo una pausa.
—Creo que he encontrado algo.
Todos nos acercamos.
El profesor señaló uno de los dibujos. Cinco círculos aparecían representados sobre el papel, acompañados de cinco símbolos y cinco nombres.
—Cada llave representa un elemento.
Observé atentamente el documento.
—Tierra.
—Agua —añadió Gabriel.
—Fuego —continuó Eleonor.
—Hierro —dijo Alexander.
Tragué saliva antes de pronunciar la última palabra.
—Sangre.
Alexander recorrió las líneas con la mirada.
—Entonces, la inscripción del cuarto secreto no era una lista.
Whitmore negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Era una clasificación.
—Exactamente.
Gabriel tomó uno de los papeles.
—¿Y cuál corresponde a la llave que tenemos?
Alexander apoyó un dedo sobre una anotación escrita a mano.
—Hierro.
El silencio cayó sobre nosotros.
Tomé la carta entre mis manos y volví a examinarla.
—Entonces, la siguiente debe de ser la del agua.
—Eso parece —respondió el profesor.
—¿Y dónde se encuentra?
Whitmore sonrió.
—Creo que ya conocemos la respuesta.
Todos lo miramos.
—Los baños romanos.
La tarde nos recibió con un cielo inesperadamente despejado.
El vapor se elevaba desde las aguas termales y se mezclaba con el aire fresco de otoño. Los visitantes paseaban entre las columnas mientras los comerciantes ofrecían recuerdos y pequeños objetos artesanales.
Yo caminaba unos pasos por delante del grupo cuando vi a una anciana intentando levantar una caja que parecía demasiado pesada para ella.
No lo pensé.
Simplemente me detuve.
—Permítame ayudarla.
La mujer negó con la cabeza.
—No es necesario, querida.
—Claro que sí.
Tomé uno de los extremos de la caja y la ayudé a colocarla en un lugar más seguro.
A mis espaldas escuché la voz de Gabriel.
—No puede evitarlo.
Alexander cruzó los brazos.
—No.
La anciana me dedicó una sonrisa agradecida.
—Tiene un buen corazón.
Me encogí de hombros, incómoda ante el cumplido.
—Solo intento ser útil.
Cuando regresé junto al grupo, descubrí que Alexander me observaba.
—¿Qué?
—Nada.
Entrecerré los ojos.
—Está volviendo a hacerlo.
—¿A hacer qué?
—A quedarse callado.
Eleonor soltó una carcajada.
—Créame. Eso suele ser una mala señal.
Continuamos nuestro camino.
Sin embargo, no pude evitar preguntarme por qué la mirada de Alexander había permanecido sobre mí unos segundos más de lo necesario.
La búsqueda nos condujo hasta una galería situada bajo una de las estructuras principales de los baños.
Las paredes estaban cubiertas de humedad y las lámparas proyectaban sombras alargadas sobre la piedra. El aire allí abajo era frío y pesado.