Bath, Inglaterra
La mañana amaneció envuelta en una fina capa de niebla.
Desde la ventana de la biblioteca del profesor Whitmore observé cómo Bath despertaba lentamente bajo aquel manto gris. Las calles parecían más silenciosas de lo habitual. Las hojas amarillentas se acumulaban sobre los senderos y los árboles comenzaban a perder, uno a uno, los últimos vestigios del verano.
El otoño había llegado.
Y con él, una sensación que no sabía explicar.
Sobre la mesa descansaban los documentos que habíamos encontrado el día anterior. La segunda llave permanecía junto al fragmento del pergamino, reflejando débilmente la luz que entraba por la ventana.
Pero no era la llave lo que ocupaba mis pensamientos.
Era aquella frase.
Una frase incompleta que llevaba horas repitiéndose en mi cabeza.
«Cuando el fuego ilumine el camino...»
¿El camino hacia dónde?
¿Y quién había escrito aquellas palabras?
Me quedé mirando el pergamino tanto tiempo que apenas noté los pasos detrás de mí.
—Está pensando demasiado.
Levanté la mirada.
Alexander acababa de entrar en la biblioteca.
—Y usted está interrumpiéndome.
—Alguien tenía que hacerlo.
—¿Por qué?
Se acercó a la mesa y observó el documento.
—Porque lleva diez minutos leyendo la misma línea.
Bajé la vista.
Tenía razón.
Una pequeña sonrisa de resignación apareció en mis labios.
—Quizá tenga razón.
—Siempre la tengo.
—Eso es discutible.
—No demasiado.
Desde el otro extremo de la habitación, Eleonor levantó la mirada de su libro.
—Es absolutamente insoportable.
Alexander ni siquiera se volvió hacia ella.
—Gracias, hermana.
—No era un cumplido.
No pude evitar reír.
Aquel intercambio entre los dos parecía formar parte de una vieja costumbre. Una de esas que solo nacen después de años de conocerse demasiado bien.
Antes de que pudiera decir algo más, el profesor Whitmore se acercó a nosotros con varios documentos entre las manos.
—He encontrado algo interesante.
Los cuatro nos reunimos alrededor de la mesa.
—¿Ha logrado completar el mensaje? —pregunté.
—No.
La decepción debió de reflejarse en mi rostro, porque el profesor añadió enseguida:
—Pero he descubierto algo que podría ser incluso más importante.
Extendió una hoja amarillenta sobre la mesa.
—La tinta.
Alexander tomó el documento.
—¿Qué ocurre con ella?
—No tiene más de unos pocos años.
Sentí que el aire de la habitación cambiaba.
—Eso es imposible.
—No —respondió el profesor con calma—. Precisamente por eso es importante.
Miré nuevamente el papel.
—Estos documentos permanecieron ocultos durante décadas.
—La mayoría sí.
Fruncí el ceño.
—¿La mayoría?
Whitmore señaló una anotación escrita en uno de los márgenes.
—Alguien añadió esto mucho tiempo después.
Gabriel se inclinó sobre la mesa.
—¿Está diciendo que alguien encontró el escondite antes que nosotros?
El profesor asintió.
—Exactamente.
Alexander volvió a examinar el documento.
Yo observé su expresión cambiar lentamente mientras estudiaba la caligrafía.
Era distinta.
La tinta era más oscura.
Más reciente.
Y entonces comprendí algo que me provocó un escalofrío.
El borde rasgado del pergamino.
Demasiado limpio.
Demasiado reciente.
—Lo arrancaron —dijo Alexander.
Whitmore asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
El profesor cerró lentamente el documento.
—Porque alguien no quería que encontráramos el resto del mensaje.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Hasta aquel momento había pensado que aquella búsqueda nos pertenecía.
A nosotros.
A nuestra pequeña conspiración.
Pero ya no estaba segura.
Alguien había estado allí antes.
Alguien conocía las llaves.
Y, posiblemente, alguien llevaba mucho tiempo siguiendo el mismo camino que nosotros.
El almuerzo transcurrió entre libros, mapas y conjeturas.
El profesor insistía en que la siguiente pista debía estar relacionada con el fuego.
Gabriel defendía la teoría de que el próximo escondite se encontraba fuera de Bath.
Alexander permanecía extrañamente callado.
Y Eleonor parecía disfrutar demasiado observándonos.
—Creo que deberíamos visitar el antiguo farol del paseo norte —propuso.
Alexander levantó la mirada.
—No tenemos pruebas suficientes.
—Pero es una posibilidad.
—Una posibilidad no es una prueba.
Eleonor arqueó una ceja.
—A veces las posibilidades conducen a las respuestas.
—Y otras veces conducen a perder el tiempo.
Los observé a ambos.
—¿Siempre discuten así?
Eleonor respondió sin siquiera pensarlo:
—Desde que aprendió a hablar.
—Exagera —protestó Alexander.
—No.
Sonreí.
Aquella conversación fue interrumpida por el sonido del timbre de la entrada.
Un criado apareció pocos segundos después.
—Hay un visitante.
Gabriel dejó la taza sobre la mesa.
—¿Quién es?
El criado hizo una breve inclinación de cabeza.
—El señor Samuel Ashford.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿Samuel?
Me levanté tan deprisa que estuve a punto de derramar el té.
Alexander me observó con sorpresa.
—¿Lo conoce?
Pero yo ya estaba saliendo de la habitación.
El vestíbulo estaba iluminado por la tenue luz que se filtraba a través de los grandes ventanales.
Y entonces lo vi.
Un joven alto permanecía junto a la puerta.
Por un instante, tuve la sensación de estar contemplando un recuerdo.
Samuel.
Una sonrisa apareció en mis labios antes de que pudiera contenerla.
—¡Samuel!
—¡Isabella!
No lo pensé.