Bath, Inglaterra
La lluvia comenzó antes del amanecer.
Desperté con el sonido constante de las gotas golpeando los cristales de la posada. Una espesa neblina cubría las calles de Bath y convertía la ciudad en una sucesión de sombras difusas, apenas iluminadas por los primeros resplandores del día.
Llevaba varios minutos observando el mismo documento.
Las palabras parecían moverse ante mis ojos.
«Cuando el fuego ilumine el camino...»
Volví a leer la frase.
Una vez.
Y después otra.
Nada.
Ninguna respuesta.
Solo aquella sensación de estar persiguiendo algo que se encontraba justo delante de mí y que, sin embargo, se negaba a dejarse alcanzar.
—Si continúa observándolo de esa manera, el mensaje no aparecerá por arte de magia.
Levanté la cabeza.
Alexander acababa de entrar en la habitación.
Tenía el cabello ligeramente húmedo por la lluvia y llevaba una carpeta bajo el brazo.
—¿Cómo sabe lo que estoy pensando?
Se acercó tranquilamente.
—Porque lleva quince minutos frunciendo el ceño.
—Solo han sido cinco.
—Quince.
—¿Ahora también sabe contar mis minutos?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Es uno de mis muchos talentos.
Sonreí.
Pero mi sonrisa desapareció casi de inmediato.
Había algo diferente en él.
No sabía exactamente qué.
Parecía más serio.
Más distante.
Como si aquella mañana hubiera levantado una barrera invisible entre nosotros.
Y no entendía por qué.
La biblioteca del profesor Whitmore permanecía en completo silencio.
Los documentos encontrados durante los últimos días ocupaban prácticamente toda la mesa.
Mapas.
Cartas.
Anotaciones.
Símbolos.
Pistas que parecían conducirnos hacia alguna parte y, al mismo tiempo, parecían alejarnos cada vez más de la verdad.
El profesor levantó una hoja amarillenta.
—Creo que tenemos una nueva pista.
Todos nos acercamos.
En el centro del papel aparecía el dibujo de un antiguo farol.
Debajo había una pequeña inscripción.
«La luz revelará lo que las sombras ocultan.»
Gabriel tomó el documento.
—El fuego.
—Sí —respondió Whitmore.
—¿Un farol?
—Es posible.
Alexander extendió un mapa sobre la mesa.
—Hay un antiguo almacén al norte.
Lo miré.
—¿Cómo lo sabe?
—Mi abuelo solía mencionarlo.
El profesor asintió lentamente.
—Podría ser un buen lugar para empezar.
Y, como tantas veces antes, seguimos una pista que no sabíamos si nos conduciría a la verdad o a otra mentira.
El edificio estaba completamente abandonado.
La madera crujía bajo nuestros pies y el polvo cubría cada superficie. La lluvia se filtraba por algunos puntos del tejado y el aire olía a humedad, madera vieja y tiempo.
Durante más de una hora revisamos cada rincón.
Abrimos cajas.
Movimos muebles.
Examinamos paredes.
Revisamos estanterías.
Nada.
Absolutamente nada.
Gabriel dejó una linterna sobre una mesa.
—No hay nada.
—Tiene que haber algo.
Me negaba a aceptarlo.
Habíamos llegado hasta allí siguiendo una pista.
No podía terminar así.
—Isabella...
—La pista nos condujo hasta aquí.
Alexander cerró la tapa de un viejo baúl.
—La pista era falsa.
Me volví hacia él.
—No.
—Sí.
—Tiene que haber algo.
—No lo hay.
La frustración comenzó a apoderarse de mí.
No quería volver a Blackwood Manor con las manos vacías.
No después de todo lo que habíamos descubierto.
No después de comprender que alguien había estado manipulando los documentos.
Entonces el profesor Whitmore se detuvo frente a una estantería.
—Esperen.
Apartó algunos libros y descubrió una pequeña hoja de papel escondida detrás de la madera.
Alexander la tomó.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
Observó el papel durante unos segundos.
—Alguien modificó los documentos.
—¿Qué quiere decir?
—La información fue alterada.
Gabriel se acercó.
—¿Por quién?
Alexander negó con la cabeza.
—No lo sé.
Pero no necesitábamos saber quién había sido para comprender lo esencial.
Alguien estaba intentando conducirnos en la dirección equivocada.
Y comenzaba a resultarme inquietante pensar cuánto sabía aquella persona sobre nuestros movimientos.
Cuando regresamos a la ciudad, Samuel nos esperaba frente a la posada.
—Justo a tiempo.
Sonreí al verlo.
—¿Nos estaba esperando?
—En realidad, sí.
Gabriel se acercó para saludarlo mientras Eleonor intercambiaba algunas palabras con el profesor.
Alexander permaneció en silencio.
Yo me acomodé el abrigo.
—Necesito comprar algunas cosas para continuar con la investigación.
Samuel respondió con total naturalidad:
—Puedo acompañarte.
—Perfecto.
La palabra apenas había salido de mis labios cuando noté que Alexander levantaba la mirada.
—¿Perfecto?
Lo miré.
—Sí.
—¿Ahora?
—Solo será un momento.
—Entiendo.
Pero no parecía entenderlo en absoluto.
Y, por alguna razón, tuve que contener una sonrisa.
ALEXANDER
La biblioteca nunca me había parecido tan silenciosa.
Y, sin embargo, aquella tarde no encontraba en el silencio la tranquilidad que solía ofrecerme.
Isabella había salido con Samuel.
Intenté convencerme de que no me importaba.
Era absurdo.
No tenía ningún derecho a sentirme incómodo por ello. Isabella podía salir con quien quisiera, caminar con quien quisiera y compartir su tiempo con quien le apeteciera.
Pero, por alguna razón, cada vez que intentaba concentrarme en los documentos que tenía delante, terminaba pensando en ellos.