Bath, Inglaterra
La mañana amaneció gris.
Desde la ventana de la biblioteca del profesor Whitmore, contemplé las nubes que parecían haber descendido sobre Bath, pesadas y oscuras, mientras una lluvia fina golpeaba los cristales con una insistencia casi hipnótica.
Había algo extraño en aquella mañana.
Quizá era el cansancio.
Quizá era el recuerdo de la noche anterior.
O quizá era simplemente él.
Alexander.
Intenté apartar aquel pensamiento mientras me acercaba a la mesa. Sobre ella descansaba el fragmento de papel que habíamos encontrado la noche anterior.
La tercera llave pertenece al fuego.
Alexander llevaba varios minutos observándolo en silencio.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que entré. Parecía absorto en aquellas palabras, como si esperara que, de tanto mirarlas, terminaran revelándole aquello que tanto buscábamos.
—¿Ha dormido algo? —pregunté.
Levantó la mirada hacia mí.
—Lo suficiente.
Solté una pequeña exhalación.
—Eso significa que no.
Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
—¿Y usted?
—Tampoco.
Nuestros ojos se encontraron.
Y durante un instante ninguno dijo nada.
Había algo diferente entre nosotros desde la noche anterior.
Algo que no sabía nombrar.
Algo que, por alguna razón, parecía más peligroso cuando permanecíamos en silencio.
Aparté la mirada primero.
El profesor Whitmore carraspeó y extendió un mapa sobre la mesa.
—He encontrado una referencia al símbolo del fuego.
Señaló un punto al norte de Bath.
—Una antigua construcción. Un taller que perteneció a una familia de herreros.
Gabriel se inclinó sobre el mapa.
—¿Todavía existe?
—El edificio, sí. Aunque lleva abandonado muchos años.
Alexander no necesitó más.
Tomó su abrigo del respaldo de la silla.
—Nos vamos ahora.
Samuel, que hasta entonces había permanecido en silencio, se puso de pie.
—Yo iré con ustedes.
Alexander lo miró.
No dijo nada.
Pero la forma en que apretó la mandíbula fue suficiente para que yo comprendiera que aquella idea no le agradaba.
Samuel sonrió con una tranquilidad que parecía divertirlo.
—No es necesario que me lo agradezca.
—No iba a hacerlo.
Intervine antes de que aquella conversación pudiera convertirse en una disputa.
—Vamos todos.
Alexander me miró.
No respondió.
Pero su expresión decía claramente que no estaba de acuerdo.
El antiguo taller se encontraba oculto entre árboles y maleza.
Las ventanas estaban rotas y las paredes conservaban las manchas oscuras que habían dejado años de humo. El lugar olía a humedad, hierro y ceniza vieja.
Entré con cautela.
Había varios hornos de hierro todavía en pie, enormes y silenciosos, como si hubieran quedado congelados en el tiempo.
Pasé los dedos por uno de ellos.
—Aquí trabajaban con fuego.
—Y con metal —respondió Alexander detrás de mí.
Su voz hizo que me volviera.
Estaba demasiado cerca.
Retrocedí apenas un paso.
—Sí —murmuré.
Entonces lo vi.
Un símbolo tallado en la pared.
Sentí un escalofrío.
—Alexander.
Él se acercó inmediatamente.
Seguí la dirección de mi mirada.
—Es el mismo —dijo.
Debajo del símbolo había una inscripción.
Alexander levantó la lámpara para iluminarla y comenzó a leer:
—«El fuego no destruye todo lo que toca. Algunas cosas las conserva».
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa?
Alexander permaneció observando las palabras.
—Todavía no lo sé.
Samuel se había alejado unos pasos cuando su voz nos llamó.
—Aquí.
Nos acercamos.
Había encontrado una pequeña caja metálica.
Estaba vacía.
Pero en el fondo permanecían unas cuantas cenizas y un fragmento de papel quemado.
Alexander lo tomó con cuidado.
Lo observó durante varios segundos.
—Esto es reciente.
Sentí que el frío que llevaba toda la mañana recorriéndome la espalda se hacía más intenso.
Gabriel miró alrededor.
—Entonces alguien estuvo aquí.
Un ruido en el piso superior nos hizo quedar inmóviles.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Alexander llevó inmediatamente una mano hacia su arma.
—Quédense atrás.
Su voz no admitía discusión.
Subimos las escaleras.
Pero no encontramos a nadie.
Solo una ventana abierta.
Y una cortina que se movía con el viento.
Alguien había estado allí.
Y había escapado.
ALEXANDER
De regreso a Bath, caminé unos metros detrás de Isabella y Samuel.
No sabía en qué momento había comenzado a prestar tanta atención a sus conversaciones.
Tampoco quería saberlo.
Samuel hablaba de alguna historia de su infancia. No alcanzaba a distinguir todas sus palabras desde donde iba, pero sí podía escuchar la risa de Isabella.
Su risa.
La misma que, últimamente, parecía haber adquirido una importancia absurda para mí.
La observé mientras caminaba junto a él. Su rostro se iluminaba cada vez que Samuel decía algo que lograba divertirla.
Y sentí aquella punzada incómoda en el pecho.
Aparté la mirada.
No tenía derecho a sentirme así.
No era asunto mío con quién hablaba Isabella.
Mucho menos con quién reía.
Entonces volvió a hacerlo.
Rio otra vez.
Apreté la mandíbula.
—Vas a gastar el suelo de tanto mirarlos.
La voz de Eleonor me hizo volver la cabeza.
La miré con indiferencia.
—No estoy mirando.
Ella arqueó una ceja.
—Claro.
—Estoy vigilando.
Eleonor soltó una pequeña risa.
—¿A Samuel?
Guardé silencio.
La pregunta era demasiado directa.
—A todos.
—Por supuesto.
Volví la mirada hacia el camino.
Mentira.
No estaba vigilando a todos.