Entre Rosas y Juramentos

DIME QUE ME ODIAS PARTE II

Bath, Inglaterra

La mañana había amanecido gris.

Una fina llovizna cubría los tejados de Bath y hacía brillar los adoquines bajo la luz pálida del amanecer. Desde la ventana de la biblioteca del profesor Whitmore, la ciudad parecía envuelta en una melancolía silenciosa, como si incluso las calles guardaran secretos que no estaban dispuestas a revelar.

Pero dentro de la biblioteca nadie parecía prestar atención al clima.

Sobre la mesa descansaba el pequeño fragmento de papel que habíamos encontrado la noche anterior.

Una sola palabra había sobrevivido al fuego.

NORTE.

La contemplé durante varios minutos.

Aquella palabra parecía demasiado sencilla para todo lo que escondía detrás.

Frente a mí, Alexander permanecía igualmente absorto en el fragmento. Llevaba varios minutos observándolo con esa expresión concentrada que adoptaba cada vez que intentaba descifrar algo.

Yo, por mi parte, revisaba los documentos que habíamos reunido durante los últimos días.

Solo teníamos dos llaves.

La primera había aparecido después de seguir las primeras pistas.

La segunda, tras descubrir la conexión entre los documentos y los elementos.

Pero la tercera...

La tercera continuaba oculta.

Y aquella única palabra podía ser el camino que nos condujera hasta ella.

—Creo que estamos interpretando esto de la manera equivocada —dije finalmente.

Alexander levantó la mirada.

—¿La palabra?

Señalé el fragmento.

—Sí. Todos asumimos que «norte» es una dirección. Pero podría tratarse de un lugar.

El profesor Whitmore, que hasta entonces había permanecido en silencio junto a una de las estanterías, tomó un antiguo registro.

—Creo que Isabella tiene razón.

Se acercó a nosotros y extendió un mapa sobre la mesa.

—Al norte de Bath existió una antigua fundición.

Gabriel se inclinó sobre el mapa.

—¿Una fundición?

—Trabajaban principalmente con hierro.

Mis ojos se encontraron con los de Alexander.

Hierro.

La palabra pareció despertar en todos el mismo pensamiento.

Las llaves.

Los elementos.

Las marcas que habíamos encontrado anteriormente.

Todo comenzaba a encajar.

O, al menos, eso quería creer.

—¿Qué ocurrió con ella? —pregunté.

—Fue abandonada hace décadas.

Alexander dobló el mapa.

—Entonces iremos allí.

Gabriel soltó un suspiro.

—¿Ahora?

—Ahora.

Tomé mi abrigo.

—Estoy de acuerdo.

Alexander me observó durante unos segundos.

—No sabemos qué podemos encontrar.

—Precisamente por eso debemos ir.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—De acuerdo.

El antiguo taller se encontraba apartado de las zonas más transitadas de Bath.

A medida que nos acercábamos, la ciudad parecía quedar atrás.

La construcción se alzaba frente a nosotros como un vestigio de otro tiempo. La hiedra cubría parte de los muros, varias ventanas estaban rotas y una enorme chimenea de piedra sobresalía sobre el tejado.

Me detuve frente a la entrada.

—No parece precisamente acogedor.

Alexander me miró de reojo.

—Nunca dije que lo fuera.

—Usted nunca dice muchas cosas.

Nuestros ojos se encontraron durante un instante.

Y, por alguna razón, sentí que aquella frase significaba mucho más de lo que aparentaba.

Aparté la mirada.

Todavía había algo extraño entre nosotros desde aquella noche bajo la lluvia.

Algo que ninguno se atrevía a nombrar.

Alexander empujó la puerta.

El chirrido de los goznes resonó por todo el edificio.

Dentro hacía frío.

El aire estaba impregnado de humedad y de un tenue olor a ceniza vieja. Había hornos de hierro, mesas de trabajo, herramientas oxidadas y cadenas que colgaban del techo y se balanceaban suavemente con las corrientes de aire.

Avancé unos pasos, observándolo todo.

—Debió ser un lugar enorme.

—Lo fue —respondió el profesor Whitmore—. Durante años fue una de las principales fundiciones de la región.

Gabriel levantó la lámpara.

—Aquí hay algo.

Todos nos acercamos.

Tallado directamente en la piedra aparecía el símbolo que ya habíamos visto en documentos anteriores.

Alexander pasó los dedos sobre la marca.

—Es el mismo.

Acerqué la lámpara a la parte inferior.

Entonces lo vi.

Cinco pequeñas marcas.

Una junto a otra.

Sentí que un escalofrío recorría mi espalda.

—Cinco.

El profesor Whitmore asintió lentamente.

—Las cinco llaves.

Me quedé contemplando aquellas marcas.

Cinco.

No cuatro.

No tres.

Cinco.

Y nosotros solo teníamos dos.

La tercera continuaba esperando en algún lugar.

Y, de pronto, aquel misterio me pareció mucho más grande de lo que había imaginado.

Continuamos buscando.

Después de varios minutos, Gabriel encontró una placa de hierro ligeramente separada de la pared.

—Ayúdenme con esto.

Alexander se acercó.

Entre ambos consiguieron moverla.

Detrás había un pequeño compartimento.

Dentro descansaba una caja de hierro.

La tomé con cuidado.

Estaba cubierta de polvo y parecía haber permanecido allí durante años.

Alexander levantó la tapa.

Vacía.

Fruncí el ceño.

—¿Nada?

Pero entonces vi la inscripción grabada en el interior.

Acerqué la lámpara.

«Lo que el fuego guarda, el hierro recuerda».

Gabriel frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—No —respondió Alexander.

Señaló el fondo de la caja.

Había restos de ceniza.

Pasé un dedo por ellos.

La textura me hizo detenerme.

—Esto no parece antiguo.

El profesor examinó las cenizas.

—No lo es.

Alexander levantó la mirada.

—Alguien utilizó esta caja recientemente.



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En el texto hay: misterio, romance, enemistolover

Editado: 29.08.2026

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