Bath, Inglaterra
La mañana llegó demasiado pronto.
Isabella llevaba despierta varios minutos, mirando el techo de su habitación mientras intentaba ordenar sus pensamientos.
Había cosas que no conseguía apartar de su cabeza.
La tercera llave.
El taller.
La persona que había estado allí antes que ellos.
Y, por encima de todo, las palabras de Alexander.
Dime que me odias, pequeña tormenta.
Cerró los ojos.
No quería pensar en eso.
No todavía.
Había algo en la forma en que él había pronunciado aquellas palabras que la había dejado inquieta. No había sido una provocación.
Había sido una petición.
Una que ella no había podido conceder.
Isabella se incorporó finalmente.
—Esto se está complicando demasiado...
No sabía si se refería al misterio o a Alexander.
Probablemente a ambos.
Cuando llegó a la biblioteca, encontró a Eleonor revisando unos documentos.
—Buenos días.
—Buenos días.
Eleonor levantó la mirada.
—Tienes cara de no haber dormido.
Isabella dejó los guantes sobre la mesa.
—Dormí.
—Eso no fue lo que pregunté.
Isabella la miró.
—Estoy bien.
Eleonor sonrió.
—Por supuesto.
No insistió.
Isabella agradeció que no lo hiciera.
Sobre la mesa había varios documentos nuevos.
El profesor Whitmore había pasado gran parte de la madrugada revisándolos.
—Encontramos algo —dijo cuando Isabella se acercó.
Alexander estaba junto a una de las ventanas.
Sus ojos se encontraron con los de ella.
Solo un instante.
Después ambos miraron hacia otro lado.
—¿Qué encontraron? —preguntó Isabella.
Whitmore extendió un antiguo registro.
—La frase del taller.
Señaló una línea.
«Cuando el hierro recuerde al fuego...»
—Aparece aquí —continuó—, en un registro de propiedades de hace más de cuarenta años.
Gabriel se acercó.
—¿Qué propiedad?
Whitmore señaló un nombre.
—La mansión Ashcombe.
Isabella frunció el ceño.
—¿Está en Bath?
—Lo estaba.
Alexander tomó el documento.
—¿Qué significa eso?
—La propiedad fue abandonada después de que la familia desapareciera de la ciudad.
—¿Desapareciera? —preguntó Isabella.
Whitmore asintió.
—Prácticamente de la noche a la mañana.
Alexander levantó la mirada.
—¿Y qué relación tenían con la fundición?
—La familia Ashcombe era propietaria de la fundición.
El silencio se hizo inmediato.
Isabella miró el documento.
—Entonces debemos ir allí.
Alexander asintió.
—Sí.
La mansión Ashcombe se encontraba a las afueras de Bath.
Había sido una propiedad impresionante.
Incluso en ruinas conservaba algo de su antigua elegancia.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo.
Las enredaderas habían trepado por las paredes.
Una de las puertas permanecía entreabierta.
Gabriel la empujó.
El sonido resonó por todo el vestíbulo.
—¿Seguro que nadie vive aquí? —preguntó Isabella.
Whitmore negó.
—Hace décadas que está abandonada.
Alexander observó el suelo.
Había polvo.
Pero no por todas partes.
En algunos lugares estaba removido.
—Alguien ha estado aquí.
Isabella lo miró.
—¿Otra vez?
—Sí.
Alexander se agachó.
Una huella apenas visible cruzaba el suelo.
—Y no hace mucho.
Gabriel cerró la puerta detrás de ellos.
—Entonces no perdamos tiempo.
Comenzaron por la biblioteca.
Había cientos de libros cubiertos de polvo.
Los estantes ocupaban casi todas las paredes.
Isabella examinó uno de los escritorios.
Encontró un pequeño cajón.
Vacío.
—Nada.
Alexander estaba al otro lado de la habitación.
—Aquí tampoco.
Whitmore revisaba los libros.
—La familia Ashcombe tenía una colección considerable sobre alquimia y filosofía natural.
Isabella se volvió.
—¿Alquimia?
—Sí.
—¿Y cree que eso tiene relación con las cinco llaves?
—No lo sé.
Alexander se acercó a uno de los estantes.
—Pero probablemente sí.
Pasó los dedos por los lomos.
Entonces se detuvo.
Había algo extraño.
Una sección de libros estaba ligeramente más hundida que las demás.
Alexander retiró uno.
Nada.
Sacó otro.
Nada.
Isabella se acercó.
—¿Qué busca?
—No lo sé todavía.
Ella examinó los estantes.
—Espere.
Señaló la madera.
Había una pequeña diferencia en el color.
Una línea vertical casi imperceptible.
—Eso no estaba ahí por accidente.
Alexander pasó la mano por la pared.
Presionó.
Nada.
Isabella observó el escritorio.
—Tal vez haya un mecanismo.
Revisaron los cajones.
Los laterales.
La parte inferior.
Hasta que Isabella encontró una pequeña pieza de metal debajo del escritorio.
La presionó.
Se escuchó un clic.
Todos se apartaron.
Uno de los estantes comenzó a desplazarse lentamente.
Detrás apareció una puerta.
Gabriel soltó una respiración.
—¿Qué demonios...?
Alexander se acercó.
La puerta no tenía manija.
Solo una cerradura antigua.
Whitmore la examinó.
—Debe tener alguna llave.
Alexander sacó la segunda llave que poseían.
La observó.
Después la introdujo.
No encajó.
Isabella frunció el ceño.
—No es esa.
—No —respondió Alexander.
—Entonces tendremos que abrirla de otra manera.
Gabriel sacó una pequeña herramienta.
—Déjeme intentarlo.
Después de varios minutos, consiguió mover el mecanismo.
La puerta se abrió.
La habitación estaba completamente a oscuras.
Alexander encendió una lámpara.
El lugar era pequeño.
No había muebles.
Solo una mesa de piedra en el centro.
Sobre ella descansaba un mapa.
Isabella se acercó.
—¿Qué es esto?
Alexander extendió el mapa.
Era un dibujo antiguo de Bath.
Pero no era un mapa común.
Había cinco símbolos marcados en diferentes puntos.
Uno tenía forma de montaña.
Otro parecía una llama.
Otro era una especie de círculo ondulado.
El cuarto representaba una espiral.
Y el quinto...
No se parecía a ninguno de los otros.
—Los elementos —murmuró Whitmore.
Isabella miró los símbolos.
—Tierra.
Señaló la llama.
—Fuego.
Luego el tercero.
—Agua.
El cuarto.
—Aire.
Todos miraron el quinto.
Nadie dijo nada.
—¿Qué representa ese? —preguntó Gabriel.
Whitmore negó.
—No lo sé.
Alexander examinó el mapa.
—Pero los cinco están relacionados.
En uno de los extremos había cinco pequeños círculos.
Dos estaban marcados.
Tres permanecían vacíos.
Isabella sintió un escalofrío.
—Las llaves.
Alexander asintió.
—Tenemos dos.
Señaló los círculos marcados.
—Y todavía necesitamos encontrar las otras tres.
La tercera seguía siendo la más cercana.
Pero continuaba sin aparecer.
Isabella recorrió el mapa con la mirada.
—Hay algo más.
Señaló una pequeña cruz.
—¿Qué significa esto?
Alexander se inclinó.
La cruz estaba en una zona que no aparecía en los mapas modernos.
—No existe —dijo Gabriel.
Whitmore tomó una lupa.
—Existió.
—¿Dónde?
—Aquí.
Señaló una antigua construcción.
—Pero fue demolida hace muchos años.
Alexander permaneció inmóvil.
—¿Cómo se llamaba?
Whitmore miró el documento que había traído consigo.
—La Capilla de Saint Edmund.
Alexander cambió de expresión.
Isabella lo notó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Ella lo observó.
—No ha sido una expresión de «nada».
Alexander apartó la mirada.
—He visto ese símbolo antes.
—¿Dónde?
Silencio.
—Alexander.
Él volvió a mirarla.
—Hace años.
—¿Dónde?
—En un lugar que prefiero olvidar.
Isabella no insistió.
Pero comprendió algo.
El mapa no solo estaba relacionado con las llaves.
También estaba relacionado con el pasado de Alexander.
Y él no estaba preparado para contarle cuál era esa conexión.
Un ruido proveniente del piso inferior interrumpió la conversación.
Todos se quedaron quietos.
Gabriel tomó la lámpara.
—¿Escucharon eso?
Alexander levantó una mano.
—Sí.
Esperaron.
Nada.
—Quizá fue una ventana —dijo Whitmore.
Alexander negó.
—No.
Bajaron rápidamente.
No encontraron a nadie.
Pero la puerta principal estaba abierta.
Alexander se acercó.
—Nos estaban observando.
Isabella miró hacia afuera.
La calle estaba vacía.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque cuando entramos estaba cerrada.
Gabriel examinó el suelo.
—Hay una huella.
Alexander se agachó.
La misma clase de barro que habían encontrado en el taller.
—Es la misma persona.
Cuando regresaron a Bath, Isabella no pudo dejar de pensar en la habitación secreta.
Sobre todo en la reacción de Alexander.
Había algo que él no le estaba contando.
Y cada vez tenía más claro que su pasado estaba conectado con las cinco llaves.
Al llegar a la biblioteca, encontraron a alguien esperándolos.
Charlotte.
Isabella la reconoció inmediatamente.
La joven conversaba con Alexander cuando ellos entraron.
Charlotte sonrió al verlo.
—Alexander.
Él hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Charlotte.
Isabella observó la escena.
No había nada extraño.
Y, sin embargo, la familiaridad entre ambos le incomodaba.
Charlotte se volvió hacia ella.
—Señorita Isabella.
—Lady Charlotte.
—Espero que no le moleste que haya venido.
—Por supuesto que no.
Charlotte sonrió.
—Alexander y yo tenemos algunos conocidos en común. Nuestras familias se conocen desde hace años.
Isabella sintió curiosidad.
—¿Desde hace años?
—Sí.
Alexander intervino.
—Charlotte conoce a personas de mi familia.
Isabella lo miró.
—¿A su familia?
Él asintió.
—Sí.
Charlotte observó a Isabella.
—Hay cosas sobre Alexander que seguramente todavía no conoce.
Alexander le lanzó una mirada.
Charlotte comprendió que había dicho suficiente.
—Pero supongo que tendrá tiempo para descubrirlas.
Isabella sonrió cortésmente.
—Supongo.
Charlotte se despidió poco después.
Cuando se marchó, Isabella permaneció en silencio.
Alexander la observó.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Él sonrió ligeramente.
—Esa respuesta me resulta familiar.
Ella lo miró.
—Solo me preguntaba cuánto tiempo lleva conociendo a Lady Charlotte.
—Desde hace años.
—Entiendo.
—¿Por qué pregunta?
Isabella negó.
—Por curiosidad.
Alexander no pareció convencido.
Pero tampoco insistió.
Más tarde, Samuel encontró a Isabella revisando el mapa.
—¿Puedo ayudarte?
—Tal vez.
Él se sentó junto a ella.
Estudiaron los símbolos durante varios minutos.
Samuel señaló uno.
—Este lugar está cerca del río.
Isabella levantó la mirada.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Entonces quizá la tercera llave...
—Podría estar allí.
Samuel sonrió.
—Lo descubriremos.
Alexander entró en ese momento.
Los vio inclinados sobre el mapa.
No dijo nada.
Pero su expresión cambió ligeramente.
Samuel levantó la mirada.
—Alexander.
—Samuel.
Isabella señaló el mapa.
—Samuel cree que encontró una posible ubicación para la tercera llave.
Alexander se acercó.
—Muéstreme.
Samuel le indicó el punto.
Alexander estudió el mapa.
—Tiene sentido.
Samuel sonrió.
—Entonces quizá podamos ir mañana.
Alexander lo miró.
—Quizá.
No hubo discusión.
No hubo enfrentamiento.
Pero Isabella pudo notar algo en la forma en que Alexander respondió.
Algo que no estaba allí antes.
Esa noche, cuando todos se habían marchado, Isabella regresó a la biblioteca.
Encontró a Alexander solo.
—¿Sigue trabajando?
—No podía dormir.
Ella se acercó.
—Yo tampoco.
Alexander la miró.
—¿Por el mapa?
Isabella dudó.
—Entre otras cosas.
Él entendió.
—¿Charlotte?
Ella soltó una pequeña risa.
—No sé por qué piensa que todo tiene que ver con ella.
—Porque acaba de preguntarme cuánto tiempo llevo conociéndola.
—Eso no significa nada.
—No.
Alexander sonrió.
—Pero tampoco significa nada que haya preguntado.
Isabella lo miró.
—Usted es imposible.
—Me lo han dicho.
Ella volvió al mapa.
—¿Qué es lo que no me está contando?
Alexander dejó de sonreír.
—Muchas cosas.
—¿Por qué?
—Porque algunas podrían ponerte en peligro.
Isabella levantó la mirada.
—Ya estoy en peligro.
Él permaneció en silencio.
—No quiero que decida por mí qué puedo soportar.
Alexander sostuvo su mirada.
—Eso es precisamente lo que más me preocupa de usted.
—¿Qué?
—Que nunca retrocede.
Ella sonrió.
—Tal vez por eso seguimos encontrando respuestas.
Alexander bajó la mirada hacia el mapa.
—O quizá por eso alguien terminará encontrándonos primero.
A la mañana siguiente, cuando regresaron a la mansión Ashcombe para recuperar algunos documentos que habían dejado allí, encontraron algo diferente.
Sobre la mesa de piedra de la habitación secreta había aparecido una flor seca.
Un tulipán.
Isabella se quedó mirándolo.
—¿Quién puso eso ahí?
Alexander no respondió.
Junto a la flor había una pequeña nota.
Él la tomó.
La abrió.
Solo había una frase.
«Dos llaves no los hacen dueños de la verdad.»
Isabella sintió un escalofrío.
—Sabe cuántas tenemos.
Alexander asintió.
—Sí.
—Entonces nos está siguiendo.
—Desde hace tiempo.
Ella miró nuevamente la flor.
—¿Por qué un tulipán?
Alexander tampoco tenía respuesta.
Lo dejó sobre la mesa.
Después volvió a mirar el mapa.
Cinco símbolos.
Cinco lugares.
Cinco llaves.
Pero solo dos estaban en sus manos.
Y la tercera continuaba escondida.
Isabella se acercó.
—¿Qué cree que significa la cruz?
Alexander tardó en responder.
Sus ojos permanecieron fijos en aquel símbolo.
—No lo sé.
Ella lo miró.
—Está mintiendo.
Alexander volvió la cabeza.
Durante unos segundos no dijo nada.
Finalmente respondió:
—Solo sé que ese lugar forma parte de algo que intenté olvidar hace mucho tiempo.
—¿Y ahora?
Él sostuvo su mirada.
—Ahora parece que el pasado ha decidido encontrarme.
Isabella no supo qué decir.
Alexander volvió al mapa.
Y entonces vio algo que ninguno había notado antes.
Junto al símbolo de la cruz aparecían unas pequeñas iniciales.
E. V.
Las mismas iniciales que habían encontrado talladas en la madera al comienzo de todo.
Alexander palideció ligeramente.
Isabella lo observó.
—¿Qué ocurre?
Él pasó lentamente los dedos sobre las letras.
—Esto no empezó con nosotros.
—¿Entonces con quién?
Alexander levantó la mirada.
Su voz fue apenas un susurro.
—Con alguien que llevaba mucho tiempo esperando que encontráramos este mapa.
En algún lugar de Bath, una puerta se cerró.
Y alguien comenzó a caminar bajo la lluvia.
La búsqueda de la tercera llave acababa de comenzar de verdad.