Bath, Inglaterra
La lluvia había cesado antes del amanecer.
Cuando Isabella llegó a la biblioteca, Bath todavía parecía sumida en un sueño gris. Una fina neblina descendía sobre las calles y se deslizaba entre los tejados, mientras los primeros carruajes comenzaban a recorrer los adoquines húmedos.
Desde la ventana, Isabella observaba aquel movimiento silencioso con una taza de té entre las manos.
El líquido se había enfriado hacía varios minutos.
No se había dado cuenta.
Porque sus pensamientos estaban muy lejos de allí.
En Alexander.
Otra vez Alexander.
Y aquello comenzaba a resultarle peligrosamente habitual.
Desde la noche anterior, demasiadas preguntas se habían instalado en su cabeza.
Charlotte.
Las cosas que Alexander se negaba a contarle.
Aquel símbolo que había cambiado su expresión en la mansión Ashcombe.
La Capilla de Saint Edmund.
Y, por supuesto, la tercera llave.
Solo tenían dos.
Dos pequeñas piezas de un misterio que parecía crecer cada vez que creían estar cerca de resolverlo.
Isabella dejó escapar un suspiro.
—¿Siempre piensa tan intensamente por las mañanas?
Se volvió.
Samuel acababa de entrar en la biblioteca.
Una sonrisa tranquila descansaba en sus labios mientras llevaba varios documentos bajo el brazo.
—No sabía que tenía esa costumbre.
—La tiene.
Isabella arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo me observa tanto?
Samuel sonrió.
—Desde hace muchos años.
Ella negó con la cabeza, incapaz de contener una pequeña sonrisa.
—Eso no responde a mi pregunta.
Samuel dejó los documentos sobre la mesa.
—Encontré algo.
La expresión de Isabella cambió inmediatamente.
—¿Sobre el mapa?
—Sí.
Se acercó y abrió uno de los registros antiguos.
Había pasado gran parte de la noche comparando el mapa encontrado en la mansión Ashcombe con antiguos planos de Bath.
—Mire esto.
Samuel señaló uno de los puntos.
El símbolo del agua.
Isabella se inclinó sobre el documento.
—Este lugar estaba junto al río.
—Exactamente.
Samuel pasó una página.
—Pero hace cuarenta años existía un molino.
Isabella levantó la mirada.
—¿Un molino?
—Y estaba conectado con un sistema de canales subterráneos.
Aquella palabra despertó inmediatamente su curiosidad.
Canales.
Agua.
El símbolo.
La tercera llave.
Todo parecía formar parte de algo mucho mayor.
La puerta se abrió.
Isabella no necesitó mirar para saber quién había entrado.
Había aprendido a reconocer su presencia mucho antes de escuchar su voz.
Alexander.
Su mirada se encontró con la de él durante apenas un instante.
Después ambos apartaron los ojos.
Aquello se estaba convirtiendo en una costumbre también.
Una de esas que Isabella no sabía cómo explicar.
—¿Qué encontraron?
Samuel se incorporó.
—Creo que sabemos dónde comenzar a buscar.
Alexander se acercó a la mesa.
Isabella señaló el mapa.
—El símbolo del agua.
Él bajó la mirada hacia los documentos.
—El antiguo molino.
Samuel asintió.
—Los registros indican que fue abandonado después de una inundación.
Alexander permaneció unos segundos en silencio.
—¿Podemos entrar? —preguntó Isabella.
—La estructura principal todavía existe —respondió Samuel.
Ella sonrió.
—Entonces iremos.
Alexander levantó los ojos hacia ella.
—No.
Isabella frunció el ceño.
—¿No?
—Primero debemos averiguar si los canales siguen abiertos.
—¿Por qué?
—Porque si están inundados, entrar sería peligroso.
Había algo en su tono que Isabella conocía demasiado bien.
Aquella forma de hablarle como si pudiera decidir por ella.
Como si protegerla significara mantenerla al margen.
Samuel cruzó los brazos.
—Puedo preguntar en el archivo municipal.
Alexander asintió.
—Hágalo.
Samuel tomó los documentos.
—Volveré pronto.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Isabella volvió lentamente la mirada hacia Alexander.
—No era necesario hablarle de esa manera.
Él levantó una ceja.
—¿De qué manera?
—Como si estuviera dando órdenes.
—Samuel se ofreció a ayudar.
—Lo sé.
—Entonces no veo el problema.
Isabella lo observó durante unos segundos.
Alexander volvió su atención hacia el mapa.
Pero ella conocía aquella expresión.
Estaba molesto.
Y, por alguna razón, no quería decirle por qué.
Dos horas después tenían la información que necesitaban.
Los canales subterráneos seguían existiendo.
Parte de ellos había sido sellada después de la inundación, pero todavía quedaba una entrada accesible.
Una vieja compuerta junto al río.
Gabriel observó el mapa con evidente desconfianza.
—No me gusta.
Eleonor lo miró.
—Eso no es nuevo.
Gabriel frunció el ceño.
—No sé cómo tomar eso.
—Como un hecho.
Isabella tuvo que esconder una sonrisa.
Alexander enrolló el mapa.
—Entraremos antes del anochecer.
Whitmore levantó la mirada.
—¿Todos?
—No.
Isabella inmediatamente se volvió hacia él.
—¿Qué significa «no»?
Alexander la miró.
—Significa que será peligroso.
Ella sostuvo su mirada.
—Entonces iré.
—Isabella.
—Alexander.
Gabriel cerró los ojos.
—Otra vez no.
Eleonor se cruzó de brazos.
—Déjalos. Esto puede ser entretenido.
Alexander dejó escapar un suspiro.
—No quiero discutir.
—Entonces no discuta.
Isabella dio un paso hacia él.
—Tenemos dos llaves gracias a que todos hemos participado en esta búsqueda. No puede decidir ahora que debo quedarme fuera porque le parece peligroso.