El crepúsculo teñía los cielos de Valdoria con un rojo tan intenso como la sangre que empapaba el suelo, pero también a lo lejos había indicios de que se acercaba una tormenta.. el silbido de una flecha cruzó el aire, seguido por el chocar de espadas, lo esperado ya estaba empezando y el bosque fronterizo de Valdoria ardía en tensión y sombras.
Corría entre los árboles a toda velocidad, mis botas manchadas de barro, y mi capa rasgada por las ramas y la prisa.
Apretaba la empuñadura de mi daga con tanta fuerza que mis nudillos empezaban a palidecer. Sabía que ya me estaban alcanzando.
¡Detente! -gritó una voz masculina detrás de mi, grave, autoritaria... y cercana.
No me detuve, pero en un instante gire bruscamente para ver quien me seguía y me deslice detrás de un tronco cubierto de hiedra. El corazón me golpeaba el pecho como un tambor de guerra, pero igual no tenía intención de rendirme, no podía se lo prometí a mi padre, me levanto para seguir corriendo y es entonces, cuando un peso me embistió desde un costado. Cayendo ambos al suelo y rodando entre las hojas secas y mi daga voló de mi mano, joder!!!.
Cuando abro los ojos, para ver quien fue el desgraciado que me tumbo, me choco con la mirada de ese hombre
Ojos grises como los de una tormenta, Fríos y Observadores.
Él no decía nada, no necesitaba hacerlo, su presencia era un muro de piedra
-Así que tú eres la espina rebelde de Valdoria- murmuró con voz baja, casi con fastidio.
Y tú, el perro fiel de Elvenhart -escupir con desprecio.
Horas antes...
Las torres de Valdoria se alzaban blancas y arrogantes sobre los acantilados, desafiando al viento con sus banderas de hilo dorado. Desde la galería más alta del ala este, podía verse el mar golpeando con furia las rocas, y un poco más allá, los bosques densos que marcaban la frontera con Elvenhart.
Y allí estaba yo, en la terraza donde tantas veces mi madre me peinaba bajo el sol del mediodía y en donde mi padre me enseñó a leer mapas y trazar rutas de escape "por si alguna vez el reino cae", la verdad nunca entendí su enemistad con el otro reyno.
Te ves tensa, hija -la voz profunda de mi padre me sacó del silencio.
Gire apenas para observarlo, estaba apoyado en el marco de la puerta, con su capa de terciopelo azul y las sienes más plateadas que el otoño anterior.
Empiezas a dudar de nuestras decisiones? -preguntó él, sin reproche.
-No dudo de ti, padre... dudo de los hombres que se sientan en tu mesa y fingen lealtad mientras venden nuestros secretos al enemigo.
El no respondió de inmediato. Caminó hacia mí con un su andar firme, aunque arrastraba una vieja herida en su rodilla.
-La guerra no empieza con espadas, hija. Empieza en susurros. Y hace tiempo que Valdoria escucha demasiados.
Apretó los labios, queriendo hablar, decir lo que sabía, que había oído a los sirvientes, leído cartas interceptadas, visto los intercambios de anillos entre embajadores de Elvenhart. Pero no era mi lugar para hablar como espía. No aún.
-¿Y si esto termina por destruirnos? -susurró , mirando al horizonte donde las nubes crecían oscuras.
El se detuvo a mi lado, y por un momento pareció más un hombre cansado que un monarca, me tomó la mano, y sus dedos ásperos envolvieron los míos como la última defensa de un mundo que se desmoronaba.
-Entonces harás lo que tengas que hacer para reconstruir lo que quede. Incluso si eso significa huir, incluso si eso significa matar.
Lo miro con los ojos abiertos, nunca lo había oído hablar con tanta crudeza. Nunca con tanta resignación, a pesar de que fue el hombre que me enseñó todo lo que se hoy en día.
-¿Y tú? - le digo
Él sonrió, pero su sonrisa era de alguien que ya había elegido quedarse con el castillo, con las piedras, con la gloria y la ruina.
-Yo me quedaré con Valdoria, hasta el final - de la nada saca una daga muy bonita de su bolsillo, su mango era blanco con detalles dorados y me la entrega- te quiero regalar esto, cuidalo con toda tu vida- me dice mi padre y mientras ne da un beso en la coronilla de la cabeza y se retira...
Presente...
El cielo ardía.
Las torres blancas del castillo estaban teñidas por el fuego y el humo, y el sonido de los cuernos de guerra retumbaba como un presagio ancestral. Las murallas crujían bajo las catapultas de Elvenhart. Las banderas de Valdoria se desgarraban al viento, manchadas de ceniza y sangre.
-¡Por aquí, su majestad ! ¡Debemos movernos! -gritó uno de los guardias mientras me jalaba del brazo.
Corría por los pasillos del lugar donde crecí, pero que ya no eran un lugar seguro desde que mi padre se volvió enemigo de su propio mejor amigo... eran una trampa, un laberinto de fuego, sangre y traición se escuchaba los gritos de los heridos mezclados con el eco metálico del combate, había cuerpos por doquier, cuerpos conocidos.
Dónde está mi madre - gritó jadeando y con la voz quebrada.
El guardia no respondió. Solo apretó los labios.
Su silencio me mataba, pero lo entendí sin decir ninguna palabra
Mis piernas en ese momento flaqueaban, El mundo pareció volverse agua, Pero no me podía permitir caer no en ese momento.
Sigue, princesa - dijo él-. Si no llegamos a las criptas, todo habrá sido en vano.
Las criptas, la última salida, mi padre había mandado construir pasajes secretos siglos atrás, cuando aún creía en precauciones, pero al llegar al patio sur, los soldados de Elvenhart ya estaban allí y el guardia que me guiaba cayó con una lanza atravesándole el cuello, en ese momento no grite, Solo retrocedi ciega del miedo no sabia que hacer, no me podía controlar.. Pero tenia que seguir avanzando sin detenerme, pero mis piernas no se movían ni un centímetro..
Hasta que escucho - Agarren a la princesa!!!
Reacciono y empuño la daga que me dio mi padre y decido correr con todas mis fuerzas, sabia que ya no podía salir por esa zona así que tome un atajo hacia el bosque, haciendo que mi instinto me controlara.
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Editado: 06.06.2026