Entre Ruinas y Promesas

El Vestido

Beatrice sabía que debía levantarse para ayudar a su hermana con los preparativos de la cena de aquella noche. Aún bajo las sábanas, sonreía mientras observaba el medallón que la persona que tanto amaba le había regalado. Todos esperaban con impaciencia la formalización del compromiso.

Una melodía de Mozart comenzó a recorrer la casa y la hizo incorporarse de golpe, llena de una energía inesperada. Al poner los pies en el suelo intentó una danza torpe, apenas sostenida por el entusiasmo. Se asomó al balcón para contemplar la ciudad desde allí y admiró los tenues colores del amanecer. Saludó a la vecina del frente, la señora Charold, quien la miró con asombro. Las mejillas se le encendieron al bajar la mirada y notar que aún llevaba puesto el batón de dormir.

—Querida, tenemos que ir al sastre. Debemos recoger los vestidos para esta noche —anunció su madre nada más entrar en la habitación.

Se giró enseguida para responder.

—Buenos días, madre. Me alegra ver que has despertado con tanto entusiasmo —dijo, intentando sonar irónica, aunque estaba tan feliz que no habría podido ocultarlo ni aunque lo hubiese intentado.

—¡Madre, madre! —interrumpió Annette al entrar, con la misma alegría—. He hablado con Caroline, y dice que ella, su esposo y el bebé también vendrán esta noche.

—¿Cómo se te ocurre invitar a esa gente? —reprendió Leonor con enojo—. ¿Vas a traer a esos pobretones a mi casa cuando viene la familia de mi futuro yerno? ¿Es que has perdido la cordura, por amor de Dios?

El rostro de Annette pasó de la alegría a una amarga decepción. Beatrice frunció el ceño, sorprendida por la dureza del tono.

—Pero madre, Caroline es amiga de Annette desde que era una niña. Además, fue de mucha ayuda para ella cuando Henry...

—No te preocupes, hermana —interrumpió Annette con incomodidad; bastó eso para comprender que había dicho algo indebido—. Creí que sería conveniente que estuviera presente en un día tan importante. Pensé... pensé incluso que ayudaría a que la noticia se difundiera en el pueblo, ya sabes... que formarás parte de la familia Harrington.

El gesto de su madre cambió de inmediato, pasando de la indignación al interés.

—Ahora que lo pienso... quizá no sea tan mala idea —murmuró, llevándose una mano a la sien—. Diles que pueden venir. Y préstale algo de ropa para que se vea arreglada.

Con esas palabras, Leonor salió de la habitación.

Miró la puerta con incredulidad y luego dirigió la misma expresión a su hermana. De pronto, ambas estallaron en carcajadas.

—Pensé que diría que no —susurró Annette al acercarse.

—Yo también. Gracias al cielo supiste cómo convencerla.

Se sentaron al borde de la cama. Annette tomó su mano entre las suyas. Al principio no comprendió el gesto, hasta que su hermana bajó la cabeza y comenzó a llorar.

—Hermana... ¿qué te sucede? ¿Por qué lloras así? —preguntó en un susurro. Intentó liberar su mano para abrazarla, pero Annette la sostuvo con fuerza—. Por favor, háblame. Me rompe el corazón verte en este estado.

Al cabo de unos segundos, Annette levantó el rostro. Con la mano libre, secó las lágrimas de su hermana. Había tanto dolor en sus ojos... y, al mismo tiempo, un amor que no se desgastaba con el tiempo.

—Bea... siempre serás mi Bea. Mi dulce pequeña, a la que arrullé cuando aún aprendía a entender este mundo. Tú me enseñaste que el egoísmo es una tontería, que incluso mi felicidad te la entregaría sin dudarlo. Pensé eso al verte por primera vez: tan frágil, tan llena de vida, tan inocente... —su voz se quebró—. ¿Qué haré aquí sin ti? Sin que vengas a tocar a mi puerta cada noche... sin...

Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero apoyó la mano sobre la de su hermana con firmeza.

—Me iré de casa, sí, pero seguiré viniendo. No hables como si me fuera para siempre —dijo, intentando disipar su tristeza.

—Perdón... perdón —murmuró Annette al recomponerse. Tomó una respiración profunda y sacudió levemente la cabeza—. Hay algo que quiero regalarte. Lo compré el día antes de comprometerme con Harry. Quería lucirlo esa noche, pero nunca llegué a usarlo. Mi madre dijo que desentonaba con el vestido...

Sacó una pequeña caja de terciopelo del interior de su vestido y se la tendió.

Dudó un instante, pero al ver el gesto insistente de su hermana, la abrió. Dentro había un colgante delicado, rodeado de pequeños zafiros. Alzó las cejas, impresionada por su finura.

—Por el amor de Dios, Annette, esto es demasiado para mí —dijo, intentando devolvérselo.

—No digas tonterías —replicó ella, dándole un leve manotazo—. Yo no volveré a casarme. Te lo doy para que lo uses. Además, tu vestido es azul; te quedará perfecto.

—Está bien... lo aceptaré —cedió, probándolo cerca del cuello.

—Te queda precioso. Pareces una princesa —dijo Annette con ternura.

Volvió a guardarlo en la caja y la dejó sobre el pequeño escritorio junto a la cama antes de abrazar a su hermana con fuerza.

—Gracias... te amo tanto —susurró cerca de su hombro.

—Yo más —respondió Annette, con la voz quebrada.

—Qué pena interrumpir un momento tan cálido entre mis hijas —dijo Leonor al entrar—, pero debemos ir al sastre. Espero que no hagas llorar a tu hermana; luego no podrá concentrarse en la felicidad que le espera.

Al notar cómo esas palabras afectaban a Annette, frunció el ceño.

—Madre, déjala en paz. Annette jamás haría nada para entristecerme. Te preocupas en vano.

El semblante de Leonor se suavizó.

—Si tú lo dices... Dense prisa. En quince minutos debemos salir.

Apenas se marchó su madre, apareció la tía Ruth con una bandeja.

—Aquí traigo el desayuno de mi niña menor —anunció—. Pero veamos... ¿acaso no piensas prepararte? Tu madre está abajo, a punto de desmayarse de los nervios.

—Gracias, tía Ruth. Sin duda extrañaré estos desayunos —confesó con añoranza.

—No me cambies el tema, señorita. Y tú, Annette, ¿por qué tienes esa carita? —preguntó con preocupación.




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