Entre Ruinas y Promesas

2. Fatídica Noticia

Apenas terminaban los preparativos de la cena, Beatrice y su hermana robaron unos panecillos de una de las bandejas y salieron corriendo antes de que su madre las atrapara. Casi sin aliento, Annette recostó un brazo sobre su hombro y se echó a reír en las pequeñas escaleras.

—Extrañaré esto, sin duda —murmuró.

Beatrice asintió sin poder contestar: intentaba terminarse el panecillo antes de ser descubierta.

—Pero al menos respira, querida —bromeó Annette, sin contener la carcajada.

—Ya sabes cómo es nuestra madre. Llevo semanas sin comer siquiera un dulce de estos, todo para que el vestido me quede perfecto, según ella —explicó Beatrice con un ligero puchero—. Al menos Harold me prometió traerme un panecillo con leche bien caliente cada mañana.

Lo dijo con una sonrisa llena de ilusión. Annette le dio un suave cachete en la mejilla.

—Estás perdida por ese hombre —se rió de nuevo—. Y así dices que vendrás a visitarnos... Lo dudo mucho.

Beatrice levantó ambas manos en señal de negación.

—Pues no. Lo amo, sí, pero jamás los olvidaría por eso.

Aquellas palabras amortiguaron la preocupación de Annette. Para confirmarlo, la abrazó con ternura.

—Deja de ser tan dramática; casi le haces competencia a Shakespeare —se burló, acariciándole el cabello.

Rieron. Luego, Annette asomó la cabeza hacia la sala de estar y la escondió de inmediato.

—Ya casi llegan los invitados. Mamá está esperando a papá... Debes ir a arreglarte o te reprenderá —susurró.

Beatrice asintió con rapidez.

—Gracias, hermana.

Subió las escaleras y se dirigió a su habitación.

.........................................................................................................................................................

Tras prepararse y mirarse incontables veces en el espejo, decidió ponerse el collar de Annette. Lo rozó con la yema de los dedos, sorprendida por lo bien que lucía: complementaba a la perfección con el vestido. Acomodó el cabello, deshaciendo cualquier mechón fuera de lugar.

Perfecto, suspiró. Todo estaba perfecto... y aun así no se sentía lista. El estómago le revoloteaba de nervios y las manos le hormigueaban de expectación. Al oír la campanilla del recibidor, sus sentidos se agudizaron. Su padre ya estaba en casa; eso solo significaba que, en breve, llegarían los invitados del novio.

Tragó en seco y revolvió la habitación en busca del medallón que Harold le había regalado, pero no aparecía por ningún lado.

—Ay, no... No puede ser —murmuró, y entonces recordó el momento en que se había quitado el vestido en la tienda del sastre—. No puede ser... lo dejé caer.

Estuvo a punto de llorar cuando alguien irrumpió en su habitación.

—Por Dios, pero qué precioso te queda ese vestido, pequeña... pareces una princesa —halagó emocionada su tía Ruth al entrar.

Beatrice se giró... y sus ojos chocaron con la imagen de Harold detrás de ella. Se quedó inmóvil. Él no hacía más que sonreír desde la entrada.

—Que conste que se me apareció por la cocina —anunció Ruth, fingiendo inocencia—. Dijo que necesitaba verte con urgencia, y yo, como soy la mejor de las tías... lo ayudé.

Beatrice aún no procesaba la situación.

—¿Has perdido el juicio, Harold? ¿Sabes qué sucederá si mi padre te atrapa aquí? Cancelará todo. No lo conoces... —empezó a parlotear, nerviosa.

Harold se acercó y la abrazó de golpe. Beatrice se quedó en silencio, pero después correspondió el gesto.

Desde la puerta, su tía le guiñó un ojo.

—Les avisaré si alguien viene con tres golpes en el suelo. Ya sabes, querido: puedes esconderte en el armario si es necesario —advirtió.

Los dos rieron, apartándose.

—Eres la mejor —dijo Harold.

Ruth le lanzó un beso gracioso al aire y cerró la puerta a sus espaldas.

—No sabes cuánto ansiaba verte —murmuró él, hablando bajo para que nadie los oyera—. He contado las horas. Mi paciencia es limitada cuando se trata de ti.

—A mí me sucede lo mismo. No sé cómo imaginar tanto tiempo lejos uno del otro —replicó ella, y Harold le devolvió una sonrisa igual de emocionada.

Beatrice bajó la voz.

—¿Tu padre también está abajo?

Harold entendió al instante que aquello la intimidaba.

—Aún no. Me adelanté con la excusa de que iba por los anillos.

El cuerpo de Beatrice se relajó.

—¿Los traes contigo?

Él sonrió, metiendo una mano en el bolsillo del cual sacó una cajita pequeña. Se la tendió y ella lo tomo expectante.

—Dios santo, Harold... son hermosos —susurró con alegría al abrirla.

—Tal como lo habías descrito.

Aquellas palabras le desbordaron el corazón. Cada detalle, cada piedra... todo era como ella lo había imaginado. Lo miró y sintió una convicción enorme: jamás podría arrepentirse de casarse con el hombre frente a ella.

—Te amo tanto... —susurró, y le besó la mejilla, sonrojándose al instante.

—Yo te amo más que el amor mismo, mi amada Vergissmeinnicht.

Beatrice sonrió al escuchar el apodo que él le había dado un día, mientras tomaba clases de Aleman.

—Ay, mi querido pianista de composiciones entrañables... Me has mostrado que los sentimientos también se traducen en las teclas de tu piano y me has enseñado que la vida no solo se vive, sino que también se canta y se baila.

Dijo aquello con vergüenza, pero rebosante de amor.

Harold guardó silencio unos segundos. La miró con una intensidad que ella sintió casi invasiva, como si intentara memorizarla. Beatrice sostuvo la mirada. Una mano de él tocó su cintura; la otra tomó su mano con delicadeza.

—¿Qué haces? —susurró ella, apretando los labios en una sonrisa.

Harold se inclinó hacia su oído.

—Practico para cuando nos toque bailar en nuestra boda. No quiero lastimarte.

Su aliento le rozó la piel y Beatrice cerró los ojos, disfrutando de aquella melodía invisible que empezaron a bailar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.