Ni siquiera había tenido tiempo de recoger sus cosas. Todo ocurrió con una prisa cruel. En una sola noche, su vida cambió de forma irreversible. No tenía fuerzas para llorar; el impacto era demasiado reciente, demasiado grande. Harold y su padre, el Sr. Harrington, la habían llevado consigo la noche anterior, y le pesaba no haberse despedido de su madre, quien apenas pudo articular palabra cuando ella se marchó.
-Todo va a estar bien. Nosotros nos mantendremos a salvo. Y tú... tú estarás protegida con ellos. El padre de Harold me lo ha prometido, incluso si algo me sucede -recordó la voz firme de su padre.
Beatrice nunca tuvo oportunidad de responderle. Quiso preguntarle por qué actuaba así, por qué parecía aceptar el peligro con tanta serenidad. ¿Acaso los demás no corrían el mismo riesgo? ¿Por qué su seguridad parecía ser la única que importaba?
Estaba sentada junto a la ventana de la habitación de Harold. Desde allí se divisaba buena parte de la ciudad. Pero lo que más la estremeció fue observar cómo comenzaban a llamar puerta por puerta, entregando las notificaciones urgentes para alistar a los jóvenes en el ejército. Los gritos desgarradores de madres y esposas se elevaban desde la calle como un lamento colectivo.
Bajó la mirada cuando el llanto volvió a asomar. Observó sus manos reposando en el regazo, y una lágrima cayó sobre el anillo en su dedo anular. Había soñado tanto con ese día... y ahora, aquello que diseñó con dulzura se volvía amargo.
Unos suaves golpes en la puerta la hicieron alzar la cabeza. Se limpió las lágrimas con rapidez.
-¿Puedo? -preguntó Harold desde el otro lado.
-Sí -respondió apenas, y la puerta se abrió.
Al verlo entrar con una bandeja de panecillos y leche caliente, su garganta se cerró. El puchero apareció sin permiso.
-Mi Vergissmeinnicht -susurró él con tristeza, dejando la bandeja sobre la cama antes de acercarse con premura.
Ella ya no pudo contenerse. Harold se arrodilló frente a ella y tomó sus manos entre las suyas, cálidas, firmes. Beatrice evitó mirarlo; sentía que no podía ser fuerte, por más que lo intentara.
-No me hagas esto -pidió él con suavidad, levantando su barbilla para obligarla a mirarlo-. Esto es solo una pesadilla breve. En un abrir y cerrar de ojos habrá terminado.
Ella negó con la cabeza. Ni los versos más bellos lograban convencerla de que regresaría con vida.
-¿No confías en mí?
-Por el amor de Dios, claro que confío en ti -respondió, con la voz quebrada-. Pero esto va más allá de nosotros. Es una guerra, Harold. Nadie puede saber qué sucederá... Solo pensarlo me...
No pudo terminar la frase.
-Lo entiendo -dijo él, desviando la mirada hacia la ventana.
Beatrice reparó entonces en la tensión de su mandíbula. De pronto comprendió que quizá estaba tan absorta en su propio dolor que no había visto cuánto miedo habitaba también en él.
Alzó la mano y acarició su mejilla. Harold permaneció quieto y luego giró el rostro para besarle la palma. Ella sonrió con ternura. Decidió aferrarse a ese instante, a cada gesto, a cada mirada, como si el mundo no existiera más allá de esa habitación.
-¿Me escribirás? Siempre que puedas, claro -preguntó ella con temor.
-Claro que sí -respondió, como si no hubiera otra posibilidad.
-Te amo -dijo, acercándose a él para darle un beso casto en los labios.
-Y yo te amo más que al amor mismo, mi Vergissmeinnicht.
Harold sostuvo su rostro entre la mandíbula y el cuello. Beatrice cerró los ojos, disfrutando del contacto. Él rozó sus labios con los dedos, con una delicadeza que la hizo estremecer. Sus miradas se tornaron aun más intensas, ambos dejándose guiar por aquel extraño instinto, precipitándose en un beso apasionado.
Se pusieron de pie casi al mismo tiempo, sus respiraciones se volvieron irregulares.
-¿Crees que...? -la pregunta de Harold quedó suspendida cuando ella asintió y comenzó a quitarle el saco con lentitud.
-Quiero ser tuya antes de que partas, Harold -susurró.
Él la sostuvo por la cintura y la besó con una emoción distinta, más intensa, pero igual de respetuosa. Sus manos buscaron los botones de su vestido, torpes al principio. Ambos rieron en medio del beso.
Ella señaló hacia atrás, ofreciéndole la espalda. Harold comprendió. Desabrochó cada botón con una lentitud casi tortuosa, una que a ella le pareció perfecta.
Había escuchado historias a escondidas entre mujeres casadas, relatos llenos de miedo, brusquedad y torpeza. Pero nada de eso ocurrió allí. Harold fue paciente, atento. Preguntaba con la mirada; ella respondía con besos. No hubo prisa ni tosquedad, solo cuidado.
Cuando todo terminó, Beatrice apoyó la cabeza en su pecho y comprendió algo que jamás olvidaría: la magia no estaba en el acto, sino en el amor que lo envolvía.
-¿Alguna vez has hecho algo como esto con alguien más? -preguntó Beatrice con vergüenza.
-No -respondió con firmeza-. Solo tú. Las primeras veces del otro... y espero que las que sigan también.
Ella rió suavemente.
-Algún día me gustaría tener una niña. Que se llame Dafne-confesó acomodándose para verle.
Los ojos de Harold brillaron. Y eso la hizo sonreír en respuesta.
-Es un nombre precioso. Algún día nos ocuparemos de hacer a Dafne -bromeó acariciándole cabello.
-¿Cuándo te marchas? -preguntó ella con repentina triateza, aferrándose a él.
-Mañana, al amanecer.
El corazón se le hundió. Aterrizó a su realidad una vez más.
Sin fuerzas para sostenerle la mirada prefirió volver su cabeza a la posición anterior, de manera que podía ocultar su expresión.
-Entonces... quedémonos así un poco más-pidió ella cerrando los ojos.
Se acurrucaron, respirando el uno al otro, entrelazando las manos como si ese gesto pudiera desafiar al destino.