—Hermano, hermano... ¿Cuándo volverás?—preguntó la vocecilla de Emily, la menor de los Harrington.
Se encontraban cenando en familia, llevando a cabo una pequeña despedida antes de la partida de Harold.
—No lo sé, pequeña. Espero que sea antes de lo esperado—respondió Harold con voz esperanzadora, mientras su mirada se cruzaba furtivamente con la de Beatrice.
Ella, sin premeditarlo, tomó su mano por debajo de la mesa en señal de apoyo.
—Prometo que volveré pronto.
—Pues nunca rompes tus promesas, así que confío en ti, hermanito—dijo la pequeña con ternura.
Beatrice sonrió débilmente.
—Bueno, querido, ya sabes que cuidaremos muy bien de tu esposa—comentó con cierto sarcasmo Layla, esposa del Sr. Harrington y madrastra de Harold.
Su esposo le dirigió una mirada llena de reproche.
—¿Qué pasa, amor mío? Seré la mejor de las suegras.
Beatrice sintió cómo la mano de Harold apretaba la suya con más fuerza tras aquellas palabras. Con el pulgar, él comenzó a masajear suavemente sus nudillos.
No pudo evitar preguntarse cómo iba a sobrevivir en aquella casa sin Harold, con una mujer tan arrogante como Layla. Sabía que no le esperaba nada sencillo.
—Estoy segura de que cuidará muy bien de mí. Gracias por el detalle—respondió Beatrice con impecable cortesía.
Sintió la mirada penetrante de Harold sobre ella. Layla, por su parte, alzó una ceja con altivez.
—Hijo, ¿estás listo?—preguntó el Sr. Harrington, intentando suavizar la tensión.
—¿Acaso hay otra opción?—escupió su hijo en respuesta.
Su padre bajó la cabeza y dio por cerrada la conversación.
Beatrice quiso defender la posición de Harold como si fuera la suya propia. Quiso preguntarle al exmandatario por qué el hijo de un hombre tan poderoso no podía evitar aquel destino. Pero también comprendía que aquello no era tan simple. Su moral entró en conflicto.
Movió el tenedor sobre el plato sin apetito. Todos comían como si nada ocurriera. Solo ella y Harold evidenciaban que algo no estaba bien.
—He ordenado que coloquen nueva ropa en tu armario. Es de buenos diseñadores—alardeó Layla.
Beatrice reprimió el fastidio.
—Gracias—respondió entre dientes, sosteniéndole la mirada.
Había una pequeña rivalidad. Notaba miedo en los ojos de Layla: el miedo de una mujer que teme perder su poder como señora de la casa, que se siente amenazada.
—Bea es la mujer más hermosa que he visto jamás. Eso dice mi hermano siempre, y yo concuerdo con él. Cualquier vestido le quedaría genial—halagó la pequeña Emily con ingenuidad.
—En eso tienes toda la razón. Me he casado con la mujer más hermosa—concordó Harold, acariciándole el hombro.
Beatrice no pudo evitar sonrojarse.
—Ejem... ¿Quieren postre?—interrumpió Layla con expresión amarga.
—Por mí, está bien—agregó Emily con entusiasmo.
Beatrice sonrió contagiada por su ánimo.
—Claro, querida. Lo que la princesa ordene.
Con un leve gesto hacia la mujer del servicio, Layla ordenó que trajeran el postre.
De nuevo aquella sensación de no pertenencia. Beatrice se sentía fuera de lugar, como si tuviera que ajustarse a un modelo de vida al que no estaba acostumbrada. Se preguntó si todo había sido precipitado, si había tomado la mejor decisión.
El tacto de Harold lograba silenciar por un instante esos pensamientos, pero no los disipaba del todo.
—Padre, no nos sentaremos con ustedes a tomar té. Quiero descansar.
Anunció Harold al terminar la cena. Beatrice se sintió agradecida; bajó la cabeza para ocultar su sonrisa. No tendría que soportar a Layla dos horas más.
—Como quieras, hijo. Te entendemos—respondió su padre.
—Que disfruten su última noche juntos—añadió Layla.
Todos la miraron con reproche.
—Oh, por Dios, quise decir antes de que tengan que separarse...—se justificó, alzando las manos con fingida inocencia.
Beatrice no le creyó. Sus palabras siempre llevaban filo.
—Buenas noches—dijo Harold, tomando a Beatrice de la mano antes de que Layla pudiera añadir algo más.
En el pasillo se detuvieron frente a la habitación de Emily. La niña dormía mientras la empleada la cubría con una manta.
—Espera—pidió Harold con suavidad—. Yo me encargo.
La sirvienta se retiró.
Beatrice observó cómo se acercaba lentamente a su hermana, la cubría con cuidado y se sentaba a su lado para mirarla.
Harold nunca lloraba. Jamás lo había visto derramar una lágrima. Pero justo allí, en ese instante, una lágrima rodó por su mejilla mientras acariciaba el cabello de Emily.
—Yo la cuidaré. Me encargaré de ella cada día que tú no estés—prometió Beatrice, apoyando una mano en su hombro.
Él cubrió su mano con la suya.
—Te amo—murmuró con voz quebrada.
Lo abrazó por detrás.
El corazón de Beatrice se quebró cuando sintió el abdomen de su amado agitarse en sollozos apenas audibles. No pudo contener sus propias lágrimas.
¿Cómo se puede ser fuerte cuando quien crees invencible te muestra cuán frágil se siente?
Permanecieron así un largo rato, en silencio. Aunque ella hubiera querido ser su refugio, ambos se sentían sin hogar.
Harold besó a su hermana por última vez y salieron de la habitación.
Al entrar a su recámara, Harold se giró y la besó sin aviso. Ella le siguió el ritmo. Aunque el dolor era latente, dejaron que el amor hablara por sí mismo, sin necesidad de explicarlo.
Su vestido cayó al suelo y Harold le abrio el prendedor del cabello para que le cayera en cascada sobre sus hombros.
Nada era cálculo ni teoría. Lo que siente la piel nace intuitivo. Estar juntos no era práctica en ese momento: era despedida. Era una forma de aferrarse cuando todo amenaza con romperse.
El dolor lo volvía todo más intenso, más urgente, casi furioso.
Sus ojos parecían decir: me sumerjo en ti para huir de mí mismo. Y ella no solo lo entendía, también lo correspondía.