El miércoles amaneció inquieto. O quizá la inquietud era mía. No sabía distinguirlo. Lo único claro era que no trabajaba ese día y, por primera vez en la semana, podía desconectarme.
El cielo tenía un gris extraño, de esos que no anuncian lluvia, pero no lleve simplemente se mantiene el día con esa sensación de lluvia que nunca llega. Como si las nubes cargaran un secreto.
Encendí el celular sin demasiadas expectativas. Mensajes de Kath, ella no puede vivir si mí. –Una media sonrisa se formó en mi rostro, seguí revisando. Algunos recordatorios de pacientes, notificaciones acumuladas que no me decían nada nuevo… y entonces lo vi.
Una notificación llamó toda mi atención. Abrí mis ojos como si lo que veía no era cierto. Mi cuerpo se tenso sin pedir permiso. Como si alguien me susurrara el nombre justo detrás de la oreja.
–Andrés Ramírez
01:17 p. m.
Me tomó casi treinta minutos atreverme a abrirlo. Treinta minutos eternos, absurdos, en los que dejé el teléfono boca abajo, lo tomé, lo solté, caminé por la cocina, volví. No tenía la fuerza. Y, aún así, la curiosidad me ardía en las manos.
Cuando por fin lo hice, sentí un pequeño vértigo.
–¿Puedo preguntarte algo fuera de sesión? Es profesional, lo juro.
Me froté las sienes.
Nunca es buena señal cuando alguien aclara que es profesional. Es como cuando alguien empieza una frase con “con todo respeto” ya sabemos que de respeto no habrá ni una pizca.
Respondí dos horas después. No porque no quisiera hacerlo, sino porque no quería sonar ansiosa. Sí, quería saber qué iba a decir. Mucho. Pero tampoco quería que se notara. Respondí un poco a la defensiva.
–Depende del tema.
No tardó ni un minuto en contestar.
Como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano. Como cuando esperas un mensaje que sientes —sin lógica alguna— que puede salvarte la vida.
–Necesito tu ayuda con algo personal. Quiero aprender a relacionarme mejor. Hay alguien que me gusta y no sé cómo acercarme sin arruinarlo.
Por un instante sentí que alguien me apretaba el corazón con una mano helada.
Alguien que le gustaba.
Y quería mi ayuda.
¿En qué momento, además de psicóloga, me había convertido en Cupido?
Me quedé mirando la pantalla, incrédula. Y, sin embargo, había algo más, algo incómodo, punzante, que no quería nombrar.
Celos.
La palabra apareció sin pedir permiso.
La aparté de inmediato, casi con violencia.
Marina, compórtate. –Me dije.
Respiré hondo, intentando recordar quién era yo. Dónde estaban mis límites. Qué lugar ocupaba en su vida. Pero el mensaje seguía ahí, brillando en la pantalla, recordándome una verdad incómoda: hay cosas que, aunque no deberían afectarnos, lo hacen.
Y hay mensajes que nunca debieron llegar.
Me obligué a tragar saliva.
Lo que Andrés pedía no era normal. No lo era bajo ningún criterio. Entre paciente y psicóloga no existe ese territorio ambiguo donde uno puede fingir que todo es normal. Al parecer él pretendía que fuera su amiga o confidente Yo no era su amiga, ni su confidente, ni algo parecido a una guía personal. Si él necesitaba trabajar lo que sentía, debía hacerlo donde correspondía: hablarlo en una sesión, lo iba a escuchar a buscar las mejores herramientas para gestionar sus habilidades sociales
Pero entonces llegó el mensaje final.
–¿Podrías enseñarme? ¿Guiarme, aunque sea observando cómo actúo? Podemos reunirnos fuera de sesión. No es una cita, solo un ejercicio terapéutico.
Ahí. Justo ahí. Mi mundo se partió en dos. Y no fue solo por los sentimientos.
Fue porque de un lado estaba lo profesional: todo lo que estudié, lo que defendí, lo que me costó construir, lo que juré cuidar. Y del otro, eso que me estaba ocurriendo desde aquella noche. Desde Astral. Desde la forma en que su voz se me había quedado adherida incluso después de cerrar la laptop.
Nada de esto se sentía bien. Lo que él pedía era absurdo. Poco ético. Peligroso.
Y aun así… también era la excusa perfecta para verlo en otro contexto.
Sentí un movimiento involuntario en el pecho, una traición silenciosa. Negué con la cabeza, casi ofendida conmigo misma por sentir algo así, y escribí con manos más firmes de lo que me sentía:
–Andrés, eso no es apropiado. No se realizan sesiones fuera del consultorio.
Respondió al instante.
–No es una sesión. Es una práctica. Quiero entender en qué fallo. Tú lo notaste aquella noche en Astral. Sabes leerme. Ayúdame. Solo esta vez. Por favor.
Cerré los ojos.
Busqué refugio en la razón, intentando convencerme de que, al final, solo estaba ayudando a un paciente. Pero ni yo misma creía esa mentira.
La parte lógica gritaba dentro de mí: “No puedes. No lo hagas. Es incorrecto”.
Pero había otra parte. La que había escuchado su voz incluso cuando no hablaba. Esa parte susurraba algo peor: “Si lo rechazas no es por ética. Es por miedo”.
Y yo no quería tener miedo.
Finalmente contesté.
–Andrés. Solo como observación. Nada más. Y debe quedar ahí.
Su respuesta llegó casi de inmediato.
–Gracias, Marina. No te voy a hacer daño.
Esa frase me dolió más de lo que debería.
No supe por qué.
Ni qué quiso decir exactamente.
Solo entendí que, de alguna forma, ya habíamos cruzado una línea invisible. Y que, a partir de ese momento, nada iba a ser sencillo.
Feliz año nuevo! que este 2026 venga cargado de grandes bendiciones y éxitos.
Gracias por leerme, comentar.
besos my mushussss lectores!!!