El ruido del hábito
El despertador suena a las cinco y treinta.
Kaleb Russell no necesita escucharlo para abrir los ojos; su cuerpo ya conoce la rutina.
La habitación huele a café de la noche anterior y a los libros de anatomía apilados sobre el escritorio.
En la pared, un calendario lleno de marcas rojas le recuerda que su vida se mide en semanas de práctica y exámenes, no en emociones.
Sale de la cama sin prisa, con los pies descalzos sobre la madera fría.
La casa, aunque espaciosa, parece siempre vacía.
Su madre viaja con frecuencia —cardióloga en otro estado— y su padre rara vez habla de algo que no sea trabajo.
Ser “un Russell” implicaba seguir el mismo camino: medicina, disciplina, perfección.
Kaleb había aprendido que el cansancio se disimula con orden, y la soledad con precisión.
En el espejo, su reflejo lo observa con la misma expresión cansada.
Cabello oscuro despeinado, ojeras leves, una camisa blanca perfectamente planchada.
Su vida podría ser una fotografía sin movimiento.
Mientras desayuna, repasa mentalmente la lista del día:
Práctica en el hospital, revisión de pacientes, informe clínico, clases de anatomía aplicada.
Todo en orden.
Todo sin sorpresa.
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El hospital siempre huele igual: una mezcla de alcohol, metal y aire acondicionado.
Kaleb camina por los pasillos con paso automático, saludando con un gesto a las enfermeras.
Observa los rostros de los pacientes —algunos con miedo, otros resignados— y siente una punzada de impotencia.
Aprendió a mantener distancia emocional, como le enseñaron.
Pero a veces, esa distancia le pesa más que cualquier turno nocturno.
—Russell —lo llama una voz firme.
Es el doctor Madsen, su supervisor.
—Sí, doctor —respondió Kaleb, acomodándose la bata blanca.
—Buen trabajo con los reportes de esta semana. Precisión y orden, justo lo que se espera de usted.
Kaleb asiente, pero no siente orgullo. Solo costumbre.
El doctor lo observa unos segundos antes de añadir:
—La próxima rotación será diferente. Necesito que me acompañe al centro de rehabilitación auditiva.
Kaleb frunce el ceño.
—¿Auditiva?
—Sí. Es un programa que trabaja con pacientes con pérdida total o parcial de audición. Aprenderá sobre comunicación alternativa y rehabilitación multisensorial.
No es lo habitual, pero creo que le hará bien cambiar de ambiente.
—¿Bien? —repite Kaleb, sin comprender.
—Sí, Russell. Le falta curiosidad.
Y en ese lugar, si no la tiene, no entenderá nada.
El doctor se aleja, dejándolo con esa frase suspendida.
Le falta curiosidad.
Kaleb piensa en ello durante el resto del día.
En clase, toma apuntes como siempre.
Sus compañeros bromean sobre el estrés, las noches sin dormir, los exámenes.
Él sonríe, aunque no escucha realmente.
Todo le parece tan mecánico, tan previsible.
Cuando llega a casa, deja la mochila en el suelo y se queda mirando por la ventana.
El atardecer tiñe de naranja los tejados de Boulder, y por primera vez en mucho tiempo, siente una extraña expectativa.
No sabe si es curiosidad o cansancio, pero hay algo en esa idea de silencio que lo inquieta.
Toma su cuaderno de notas médicas y, sin pensarlo, escribe:
“¿Qué se siente vivir sin sonido?
¿Sería un vacío… o una paz que no conocemos?”
No tiene respuestas, pero esa noche, antes de dormir, piensa que tal vez el silencio no sea tan aterrador como imaginaba.
Tal vez, solo sea otro idioma que aún no aprendió a escuchar.