Entre Signos Y Gestos

CÁPITULO TRES

El eco de las manos

El amanecer entraba suave por la ventana del cuarto de Danáe.
La luz tocaba los libros apilados junto a su cama, los dibujos enmarcados y la pequeña planta de lavanda que crecía en el alféizar.
Ella abrió los ojos sin necesidad de despertador. Había aprendido a reconocer la hora por la intensidad de la luz, por el olor a pan recién horneado que subía desde la cocina y por el leve temblor del suelo cuando su madre caminaba con prisa.

Se incorporó despacio, estiró los brazos y miró el cuaderno que siempre dejaba sobre la mesita.
En la última página había escrito la noche anterior:

“El silencio no me asusta.
Solo me duele cuando los demás lo confunden con vacío.”

Pasó los dedos sobre las letras, como si quisiera escucharlas con la piel, y sonrió apenas.

En la cocina, Dafne revolvía algo en la estufa mientras Keneth leía el periódico.
La casa olía a pan tostado y fruta fresca.
Cuando Danáe bajó, su madre levantó la vista y sonrió.
—Buenos días, amor.

Danáe no escuchó las palabras, pero entendió el gesto, la forma de los labios, la suavidad en la mirada.
Respondió con una seña corta: buen día.
Luego tomó un trozo de manzana y se sentó junto a su padre.

Keneth la observó con ternura.
Era un hombre de voz profunda, que hablaba despacio, no por hábito, sino porque había aprendido a darle tiempo a su hija para leerle el rostro.
Aunque ambos podían comunicarse con las manos, cuando estaban ocupados le hablaban con calma, recordando que la paciencia también era una forma de amor.

—¿Tienes clase hoy? —preguntó.
Danáe leyó sus labios y asintió.
Le mostró una pequeña agenda donde tenía anotado:
Universidad 9:00 — Rehabilitación 11:30.

Dafne dejó la sartén y se acercó.
—Hoy va a estar ese nuevo interno, ¿verdad? El doctor Madsen me lo comentó —dijo, marcando cada palabra con los labios.
Danáe arqueó una ceja, divertida.
, escribió en su libreta. Se ve nervioso.

Keneth soltó una risa baja que ella apenas sintió por la vibración de la mesa.
—Los estudiantes siempre lo están —dijo—. Pero si es inteligente, aprenderá más de ti que tú de él.

Danáe sonrió y se encogió de hombros.

En ese momento, su hermano Kohen bajó las escaleras con el cabello despeinado y una tostada en la boca.
La saludó con una seña rápida y se dejó caer en la silla frente a ella.

¿Hoy vas al centro? escribió Danáe.
—Sí, iré contigo. Pero no te acerques tanto a ese interno —respondió él, moviendo las manos con firmeza.
Ella lo miró divertida.
¿Por qué? ¿Es contagioso?
Kohen hizo una mueca.
—Solo digo que no sabe comunicarse. Te va a mirar raro, y me va a caer mal.

Danáe soltó una risa silenciosa.
Tomó una servilleta y escribió:
No todos tienen que entenderme el primer día.

Su madre la miró con una mezcla de orgullo y melancolía.
Dafne siempre decía que su hija tenía la paciencia de los árboles, esa calma que parecía aprender más de los días que de las personas.

De camino a la universidad, el sol calentaba el vidrio del autobús y el olor de las flores silvestres entraba por las ventanas abiertas.
Danáe observaba todo: los rostros, las nubes, las sombras que se deslizaban sobre las montañas.
Le gustaba imaginar que el mundo tenía su propio ritmo, uno que no dependía del sonido.
El suyo estaba hecho de movimientos, luces y texturas.

En clase tomaba apuntes con letra ordenada. Cuando alguien hablaba demasiado rápido, sonreía en lugar de frustrarse.
Había aprendido a reconocer la intención más que las palabras.
A veces se sentía como un eco dentro de una habitación vacía, no por tristeza, sino por diferencia.

A media mañana guardó sus cosas.
El autobús la llevó al Centro de Rehabilitación.
El aire allí siempre olía igual: a lavanda, papel limpio y fruta madura.
En la entrada, Kohen la esperaba con los brazos cruzados.
Le hizo una seña: El interno ya llegó.

Ella asintió con calma.

Cuando entró al consultorio, el doctor Madsen le sonrió.
Kaleb estaba a un lado, de pie, con una libreta en la mano.
Ella reconoció enseguida el porqué de la libreta y su corazón latió con fuerza.
El doctor comenzó la sesión con gestos suaves, y Kaleb observaba con atención.

Esta vez, Danáe no escribió nada para saludarlo.
Solo levantó las manos y le enseñó una seña sencilla: Buenos días.
Kaleb no la entendió, pero imitó el movimiento torpemente.

Danáe sonrió.
Kohen, desde la puerta, suspiró resignado.

Ella pensó, con una serenidad nueva, que quizá aquel interno no era tan ajeno al silencio como parecía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.