Aprender a decir sin palabras
Una semana y media después, Kaleb ya conocía cada rincón del centro.
El jardín que olía a madreselvas, los pasillos donde las luces parecían moverse más despacio, el salón donde los niños practicaban señas frente a los espejos.
A veces pensaba que el lugar tenía su propio pulso, distinto al del mundo exterior.
Un pulso sin ruido, pero lleno de vida.
Por las mañanas asistía a las terapias con el doctor Madsen: observaba, tomaba notas, aprendía a escuchar con los ojos.
Por las tardes regresaba a la facultad, donde todo parecía más rígido, más rápido, más ensordecedor.
Sus compañeros lo respetaban: era el hijo de dos médicos reconocidos, un estudiante brillante, serio, el que siempre tenía las respuestas correctas.
Pero detrás de ese aire tranquilo, algo en Kaleb había empezado a cambiar.
Las fórmulas, los diagnósticos, los casos clínicos ya no le bastaban.
Se descubrió preguntándose si de verdad servía entender el cuerpo si uno no sabía entender el alma.
Era jueves.
El sol entraba por los ventanales del área infantil, pintando el suelo con sombras doradas.
Un grupo de niños formaba un círculo frente a una maestra que practicaba señas con ellos.
Kaleb estaba de pie junto a la puerta, observando con atención.
Uno de los pequeños, un niño de rizos oscuros, se le acercó riendo y le señaló algo con las manos.
Kaleb intentó imitarlo, torpemente.
Los demás estallaron en risas mudas, llenas de gestos alegres.
Él también sonrió, sabiendo que lo hacía mal, pero disfrutando de esa torpeza.
Le gustaba esa sensación: la de no saber, la de tener que aprender desde cero.
Entonces sintió un leve movimiento a su lado.
Cuando voló, Danáe estaba allí, apoyada contra el marco de la puerta, observando la escena.
Su cabello caía suelto sobre los hombros, y la luz del mediodía lo hacía brillar como cobre.
Ella esperó a que él la notara y luego, sin hacer nada, caminó hacia él.
Kaleb bajó la mirada, un poco nervioso.
—No soy muy bueno en esto —dijo, casi riendo.
Ella lo entendió por la expresión más que por los labios.
Tomó su cuaderno, escribió algo rápido y se lo mostró:
“Eso fue terrible. Pero al menos lo intentas.”
Kaleb rió.
—Podrías enseñarme tú.
Ella inclinó la cabeza, pensativa, y luego hizo un gesto con las manos, despacio, claro.
Kaleb lo imitó.
Ella negó con una sonrisa.
Volvió a hacerlo, más lento.
Él repitió.
Esta vez, ella asintió.
Danáe señaló al niño de rizos, que los miraba divertido, y le explicó algo en señas.
El niño rió, levantó el pulgar y siguió jugando.
Danáe escribió:
“Le dijiste gracias, pero en realidad dijiste helado.”
Kaleb se llevó una mano a la frente.
—Bueno, eso explica su sonrisa.
Danáe rió sin sonido.
Su risa era ligera, contagiosa.
Había algo en ella que hacía que el silencio pareciera música.
Se quedaron un rato allí, practicando palabras simples: hola, gracias, bien, mañana.
Kaleb se equivocaba en casi todas, y Danáe, paciente, lo corregía una y otra vez.
Por primera vez, él no se sintió el estudiante brillante, el hijo de doctores, el que debía saberlo todo.
Solo un chico está aprendiendo a decir algo con las manos.
Cuando la sesión terminó, ella escribió una última frase antes de irse:
“Si quieres, puedo enseñarte más mañana. A las tres, en el jardín.”
Kaleb la leyó dos veces, como si quisiera memorizar cada letra.
—A las tres —repitió en voz baja, aunque sabía que ella no podía escucharlo.
Ella levantó la mano y le hizo una pequeña señal antes de salir.
Kaleb no la entendió, pero algo en él supo que era una promesa.