Kaleb:
Nunca pensé que un par de semanas pudieran cambiar tanto la forma en que veo a las personas.
Al principio, el centro era solo una extensión del hospital: otro lugar donde aplicar teorías, observar, registrar.
Pero aquí las fórmulas no servían.
Aquí no se trataba de escuchar, sino con algo mucho más difícil: atención me fustraba no poder darme entender ni poder entender a los niños que se me acercaban ó a los jóvenes que tenian una edad similar a mi..
El doctor Madsen me había pedido organizar algunos reportes.
Me quedé solo en la oficina, rodeado de carpetas y notas médicas escritas con letra precisa.
Entre ellas, el expediente de Danáe Collins.
Lo abrí con cuidado.
Había registros de cuando era niña: pruebas auditivas, diagnósticos tempranos, informes de lenguaje.
Luego, anotaciones más recientes:
“Hipoacusia neurosensorial bilateral severa. Excelente adaptación visual y emocional. Notable sensibilidad artística.”
Pasé las páginas hasta una nota del doctor Madsen que me detuvo:
“Capacidad de comunicación simbólica excepcional. Responde mejor a estímulos visuales, rítmicos o poéticos. Potencial para proyectos de neurorehabilitación mediante patrones lumínicos.”
Neurorehabilitación.
Ahí estaba mi área. Mi especialidad.
Toqué la hoja con la punta de los dedos, pensando.
Podía desarrollar algo: un modelo simple de conexión entre ritmo visual y memoria cerebral.
No para cambiarla, sino para ayudarla a expresar aún más lo que ya hacía naturalmente.
Por segunda vez, mi carrera tenía rostro.
Y ese rostro tenía ojos color miel y pequeñas pecas.
Al salir de la oficina, fui directo al área infantil.
El sonido de risas —si es que así puede llamarse al aire vibrando de alegría— llenaba la sala.
Los niños me reconocieron enseguida.
Algunos corrieron hacia mí; otros me lanzaron papeles con señas dibujadas a mano.
Había aprendido lo básico, pero ellos se comunicaban mucho más rápido.
Me corregía con risas mudas, como si jugaran a enseñarme.
Las madres los observaban desde las sillas, conversando entre ellas.
Cada vez que me veían intentar algo, sonreían con esa mezcla de ternura y curiosidad que se reserva para los que parecen fuera de lugar, pero tratan de encajar.
—Doctor Russell, ¿usted tiene hijos? —me preguntó una de ellas, articulando bien para que pudiera leerle los labios.
Negué, riendo.
—Ni tiempo —respondí.
Ella soltó una carcajada y murmuró algo que entendí por el movimiento de su boca:
—No tardará; todas aquí lo quieren adoptar.
Las demás madres rieron, cómplices.
Era inevitable: el ambiente del centro te envolvía, te hacía sentir parte de algo cálido, casi familiar.
Por un momento, olvidé que yo estaba allí solo de paso.
Esa tarde, la vi en el jardín, justo donde habíamos acordado.
Danáe estaba sentada sobre el césped, con su cuaderno abierto y la brisa moviendo el cabello.
El sol se filtraba entre las hojas, tiñendo de cobre los reflejos de su melena.
Cuando me vio, levantó la mano en un saludo que reconocí: hola.
Respondí igual, y su sonrisa fue suficiente para que el resto del día valiera la pena.
Nos sentamos uno frente al otro.
Ella comenzó a enseñarme algunas señas nuevas: palabras simples al principio, frases luego.
Yo intentaba repetirlas, pero mis manos se enredaban.
Ella me corregía con paciencia, con esa calma que solo tienen quienes han aprendido a vivir sin prisa.
En un momento, escribí en su cuaderno:
“Leí tu expediente. Eres increíble.”
Ella frunció el ceño, luego sonrió.
Escribió debajo:
“Eso no estaba en mi expediente.”
Tenía razón.
Ningún informe podría describirla.
Los médicos habían registrado su audición, sus reflejos, su desarrollo…
pero nada hablaba de cómo iluminaba un espacio sin decir una palabra.
Nos quedamos en silencio, mirando cómo los niños jugaban más lejos.
Uno de ellos —el pequeño de rizos oscuros— corrió hacia nosotros y me enseñó una flor aplastada entre las manos.
“Para ti”, dijo con señas que entendí torpemente.
Danáe lo tradujo, aunque no hacía falta.
Ella me miró, luego a los niños, y escribió:
“¿Ves? No se necesita escuchar para entender.”
Esa frase se me quedó grabada.
Porque era verdad.
Por primera vez, el silencio no me pesó.
Era… suficiente.
Practicamos un poco más juntos y cuando ella se levantó para irse, me hizo una seña nueva.
No la entendí, así que tomé el cuaderno y le pedí que la escribiera.
Ella sonrió, escribió despacio y me lo mostró:
“Nos vemos mañana.”
Me quedé viéndola alejarse, con el sol escondiéndose detrás de los árboles.
Y por alguna razón, supe que no era solo una frase casual.
Era una promesa.