Kaleb
Las clases en la facultad de medicina habían vuelto a su ritmo habitual: largas, densas, llenas de palabras que, después de pasar la mañana en el centro, sonaban huecas.
Neurología comparada. Diagnóstico visual. Procesamiento sensorial.
Todo era fascinante en teoría, pero me faltaba algo real. Algo que latiera fuera de los libros.
Era martes, y el pasillo principal de la universidad olía a hojas secas y café.
Llevaba los apuntes bajo el brazo, repasando mentalmente el informe del último paciente: un niño de seis años con afasia parcial.
Dobló la esquina… y escuché una risa suave. No un sonido pleno, sino un eco leve, casi mudo.
Levanté la mirada.
Danáe.
Su cabello rojizo brillaba con la luz del mediodía. Caminaba junto a otra chica morena, de expresión alegre, con una carpeta de notas y un cuaderno grande sobre las piernas.
Reconocí el gesto de complicidad entre ellas: debía de ser Isalia, su compañera.
Se movían con una sincronía natural, entre señas y palabras, como si el mundo a su alrededor fuera un ruido distante.
Por un instante dudé. No quería parecer entrometido, pero mis pies se movieron antes que mis pensamientos.
—Hola —dije, intentando no sonar nervioso.
Isalia giró primero, sorprendida; Danáe lo hizo un segundo después, con una expresión de reconocimiento lento, pero cálido.
Sus ojos color miel parecían recordar.
Saqué mi libreta del bolsillo y escribí:
Hola, Danáe.
Ella sonrió y respondió en la suya:
Kaleb, el del centro.
Asentí, conteniendo una sonrisa.
—No esperaba verte aquí.
Ella no me oyó, pero Isalia tradujo con señas y luego dijo:
—Estudia Letras. Poética y literatura contemporánea. Tenemos clase en el ala oeste.
—¿Y tú? —preguntó Isalia, curiosa.
—Medicina —respondí—. Neurología, más específicamente.
Danáe escribió algo y me lo mostró:
Eso suena difícil.
—A veces lo es —dije—. Pero tú tienes algo que nosotros no: la capacidad de entender solo con observar.
Ella rió, bajando la mirada.
No supe si había entendido todo, pero el gesto fue tan sincero que sentí que sí.
Nos quedamos hablando unos minutos más, entre palabras, libretas y sonrisas.
Isalia traducía algunas frases, pero poco a poco encontramos un ritmo propio: miradas, movimientos simples, pausas que decían más que cualquier palabra.
Antes de despedirse, Danáe escribió:
¿Prácticas las señas?
—Sí —contesté—. Pero no soy bueno todavía.
Podemos practicar juntos, escribió, y agregó un pequeño dibujo de una mano abierta.
Esa fue su forma de decir trato hecho.
Yo asentí, intentando parecer tranquilo, aunque el corazón me latía tan fuerte que hasta lo escuché en mis oídos.
—¿Podría tener tu número? —pregunté, con voz más baja de lo normal.
Isalia alzó una ceja divertida, pero Danáe sonrió, tomó mi libreta y escribió los números con tinta azul.
Solo para practicar, añadió.
—Por supuesto —respondí.
Esa tarde, en el hospital, me asignaron un nuevo grupo de pacientes: lesiones cerebrales, rehabilitación motora, coordinación ocular.
El entorno era más exigente, más clínico, más frío.
Pero mientras tomaba notas y revisaba los reflejos pupilares de un paciente, mi mente repetía el gesto de su mano, el dibujo sencillo, la promesa silenciosa.
Al final del día, abrí el teléfono.
Su contacto estaba guardado como: Danáe (ASL).
Pensé en escribirle, pero no lo hice.
Solo practiqué una nueva frase en señas frente al espejo:
“Estoy feliz de haberte visto.”