Entre Signos Y Gestos

CAPÍTULO SIETE

Lo que se mueve en silencio

Danáe;

Los lunes siempre huelen a flores frescas.
Mamá abre la florería a las seis, y el aroma se queda flotando en toda la casa: jazmines, lilas y algo de tierra húmeda que me recuerda al jardín detrás del porche.
Cuando bajo a desayunar, ella ya está colocando ramos en cubetas con agua.

—Hoy tienes clases, ¿verdad? —pregunta, moviendo los labios despacio.
Asiento. Ella sonríe y me acaricia el cabello.
No necesita decir más; aprendimos a hablarnos con gestos, miradas y toques ligeros.

Papá, en cambio, es distinto. Siempre lleva la camisa bien planchada, la corbata en su sitio y una sonrisa que intenta disimular el cansancio.
Trabaja en un banco; dice que los números no mienten, aunque las personas sí.
A veces creo que le gustaría tener una vida menos seria, pero no sabe cómo.

Kohen entra tarde, con el pelo desordenado y una rebanada de pan en la boca.
—Te llevo —dice en voz alta, y aunque no lo escucho, leo sus labios con facilidad.
No le gusta que camine sola hasta la universidad. Nunca lo diría, pero temo que alguien me mire “raro”.

En clase, Isalia toma apuntes como siempre. Es buena amiga, paciente… y a veces demasiado directa.
Durante el descanso, me toca el brazo y sonríe con picardía.

—Te vi hablando otra vez con el chico la semana pasada. El de ojos azules.

Kaleb.
Solo escribir su nombre en mi libreta me hace sonreír sin querer.

—¿Lo conoces bien? —pregunta ella.

Nuestro centro. Prácticas médicas, escribo.

—Ajá… ¿y también prácticas de coqueteo? —bromeó.

Le lanzó una mirada entre divertida y avergonzada.
No. Solo le ayudo con señas.

—Claro —dice, rodando los ojos—. Seguro solo eso.

Esa tarde, al llegar a casa, revisé el teléfono.
Un mensaje nuevo:

Kaleb:
¿Podemos practicar hoy? Hay una seña que no entiendo.

Te llamaré si me lo permites…

Agregó

Sonrío.
Le respondo con un emoji de mano levantada y la palabra: “Sí.”

La videollamada llega unos minutos después.
Su habitación está iluminada por una lámpara cálida.
Me saluda moviendo torpemente la mano y sonríe cuando hago el gesto correcto para “hola”.

Hablamos con señas simples.
Él comete errores, pero se ríe de sí mismo, y eso lo hace más fácil.
A veces escribe palabras en una hoja y me las muestra; yo dibujo los signos en respuesta.
No es una conversación perfecta, pero es nuestra.

—Tu paciencia es impresionante —dice, moviendo los labios despacio.
Yo le muestro una seña nueva: “Es bonito aprender contigo.”
Él la repite mal, y ambos reímos.

Kohen golpea la puerta.
—¿Con quién hablas? —pregunta, cruzado de brazos.
Apagó la cámara antes de responder.

Kaleb, escribo en el bloc de notas. El interno.

Él frunce el ceño.
—Ten cuidado, Danae. No todos los que se interesan, se quedan.

Me quedo pensando en eso mucho tiempo después de que se vaya.
Kaleb no me parece alguien que solo pasa.
Su mirada no busca ruido; busca sentido.

Esa noche, mamá llega con las manos cubiertas de pétalos.
—Tienes una expresión nueva —dice, deletreando lento.

Sonrío, tratando de disimular.
Estoy aprendiendo algo nuevo, escribo en una hoja.

—¿Algo o alguien? —responde, alzando una ceja divertida.

Me río en silencio.
Si tan solo supiera que algo y alguien a veces se sienten igual.

Antes de dormir, abro el teléfono y repaso los gestos que practicamos.
Me detengo en uno: “Nos vemos pronto.”
Y pienso, sin decirlo:

Ojalá “pronto” signifique mañana.




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