Líneas que no se cruzan
Kaleb:
El pasillo del hospital olía a desinfectante y café recalentado. Era miércoles, día de prácticas, y me sentía preparado. O eso creía.
El sonido de los zapatos sobre el linóleo siempre me recordaba que aquí nada se movía sin propósito. Todo seguía un ritmo medido, clínico, impersonal.
Tenía la mente en los informes, los pacientes y los nuevos ejercicios de estimulación visual. No esperaba encontrar a nadie más fuera del personal médico.
Hasta que lo vi.
Kohen Collins estaba apoyado junto a la recepción, con la mochila al hombro y una expresión que no prometía amabilidad.
Su cabello pelirrojo parecía más encendido bajo las luces del pasillo.
—Russell —dijo en tono seco. No era una pregunta.
Asentí.
—Kohen. ¿Todo bien?
—Podría estarlo —respondió, cruzándose de brazos— si no siguieras hablando con mi hermana.
Lo miré fijamente, intentando no sonar a la defensiva.
—Solo practicamos lenguaje de señas. Nada más.
—Eso dicen todos —replicó.
—No soy “todos”.
La respuesta salió más firme de lo que esperaba.
Kohen frunció el ceño, como si no entendiera qué le molestaba más: mis palabras o mi calma.
—Mira, no me interesa si eres un genio o el hijo de medio hospital —dijo—. Solo no la confundas. Ella confía rápido, y tú… tú no sabes lo que es vivir en su mundo.
Tomé aire, despacio.
—Tal vez no lo sepa —admití—, pero quiero aprender.
Por un momento, no dijo nada. Su mirada bajó al suelo, luego volvió a subir, más suave, aunque seguía cargada de desconfianza.
No era solo enojo en su voz; era miedo.
El tipo de miedo que uno siente cuando ha visto a alguien que quiere demasiado sufrir en silencio.
—Si la haces llorar, te arrepentirás.
—Lo sé —respondí sin ironía.
Kohen suspiró, pasó una mano por su cabello y se fue.
Lo vi alejarse, con ese paso nervioso y protector que solo tienen los hermanos menores que se sienten mayores.
—¿Te peleaste con alguien? —preguntó una voz a mi espalda.
Me giré y vi a Ethan, mi primo.
Tenía una sonrisa perezosa, el cabello castaño revuelto y una manzana en la mano. Su uniforme de prácticas en nutrición estaba desabrochado en el cuello, y parecía que llevaba toda la mañana a su propio ritmo.
—No —dije.
—Mentira. Tu cara dice “discutí con un adolescente con complejo de guardián”.
Rodé los ojos.
—No fue una discusión. Solo una advertencia.
—¿De una chica? —preguntó con una sonrisa que ya sabía la respuesta.
Guardé silencio.
Ethan soltó una carcajada.
—Sabía que sí. ¿Quién es?
—No importa.
—Claro que importa. Siempre importa. Especialmente cuando tienes esa cara de “voy a negar que me gusta alguien por motivos científicos”.
Negué con la cabeza, pero él siguió, divertido:
—Déjame adivinar. Hermana de alguien del centro. Tú le enseñas neurología, ella te enseña paciencia, y ahora estás metido hasta el cuello.
Suspiré.
—Algo así.
Ethan dio una mordida a la manzana.
—Pues suena saludable para el alma. Y no tan saludable para tu concentración. Pero tranquilo, primo, los genes Russell pueden con eso y más.
—A veces olvido que somos familia —murmuré.
—Eso dicen todos hasta que necesitan una excusa o un buen consejo.
En el aula de prácticas, mientras preparábamos los registros de los pacientes, Ethan seguía bromeando.
Era imposible no sonreír.
Él hablaba con las enfermeras, con los médicos, con las mamás de los niños. Todos lo adoraban.
Yo, en cambio, seguía en silencio, observando, tomando notas.
Entre cada ficha y cada registro, mi mente regresaba al mismo punto:
Las señas que practicamos.
La risa silenciosa de Danáe en la videollamada.
El dibujo de su mano abierta en mi libreta.
Y la voz de Kohen, advirtiendo:
“No la confundas.”
No lo haría.
Pero lo que no entendía aún era que, en silencio, uno también puede empezar a confundirse consigo mismo.