El vapor del cloro mezclado con el olor metálico de la sangre me quemaba la garganta. El hedor a muerte era espeso, pesado, imposible de ignorar. Mis manos no dejaban de temblar mientras me ajustaba las mangas del suéter, intentando aferrarme a la única cosa que me mantenía cuerda: la lógica. Siempre había sido la niña ordenada, la que sabía qué hacer, la estudiante ejemplar que mantenía el control. Pero no había ninguna regla en mis libros de texto que te enseñara cómo reaccionar ante un cadáver decapitado en medio de la sala.
—Si realmente todo el tiempo la gente ve cosas peores en este país, entonces solo tenemos que ir al OXXO por unas bolsas, cloro y... y bolsas para la basura —dije, mordiéndome el labio inferior con tanta fuerza que casi me sacaba sangre. Caminaba en círculos, buscando desesperadamente aprobación en los demás—. Digo... ¿creen que realmente nos vayan a detener por eso? No estoy muy segura de que no nos vayan a detener.
—Ay, pequeña, tú tranquila —respondió Mía. Me dio unas palmaditas suaves en la espalda con una sonrisa tan relajada que me dio escalofríos. Parecía casi descarada—. Simplemente tenemos que ir como si nada. Solo compramos cloro, una cinta canela, una bolsa negra, Pinol y listo.
Diez minutos después, el timbre de la puerta automática del OXXO resonó en la tienda desierta. La luz fluorescente del techo nos delataba; podía sentir la palidez en mi rostro y cómo el pulso me retumbaba en los oídos. Estaba segura de que la cajera notaría la paranoia flotando a nuestro alrededor, pero Mía se acercó al mostrador con una soltura aterradora, como si solo estuviera pidiendo botanas para una pijamada.
—Hola, señorita —dijo Mía, apoyándose en la barra con total serenidad—. ¿Nos puede dar dos paquetes de bolsas para la basura grandes, un cloro, una cinta canela, un Pinol y una botella de alcohol, por favor?
El cajero, con los ojos rojos y entornados por el cansancio del turno nocturno, pasó los artículos por el escáner uno a uno. Ni siquiera nos miró. Cobró, me dio el cambio y volvió inmediatamente a deslizar la pantalla de su celular. En México, a nadie le importa nada después de la medianoche.
Al salir a la banqueta helada, abracé las bolsas de plástico contra mi pecho. La botella de alcohol me pesaba como si fuera de plomo.
—Mira... ¿realmente crees que no nos van a detener por comprar esto? —le susurré a Mía, mirando frenéticamente a ambos lados de la calle vacía. La sombra de una patrulla imaginaria me hacía sudar frío.
—Claro que no nos van a detener por eso —contestó ella, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja sin perder la calma—. Digo, todas las mañanas la gente ve cosas peores en las noticias. Y bueno, aparte no es como que la policía vaya a revisar nuestro carro y ver el cadáver...
El regreso al departamento se sintió como una caminata hacia el cadalso. En mi cabeza resonaban los rosarios que mi mamá me obligaba a rezar los domingos, las advertencias sobre el pecado, el infierno y la moralidad. Pero Dios nunca se sintió más lejano que esa noche.
En cuanto abrimos la puerta, la realidad nos dio un bofetón de frente. El hedor era peor que antes. Liu dio un paso atrás de inmediato, levantando la vista del suelo con una expresión de absoluto disgusto.
—Pero yo me niego a cargar y meter esa cosa en una bolsa —sentenció Liu, arrugando la nariz mientras se miraba la punta de sus tacones—. Realmente es asqueroso, yo no lo voy a cargar.
—¡Maldito idiota! —le gritó Kelly. Sus nudillos estaban completamente blancos de apretar los puños, la ira desbordándose por sus poros como de costumbre.
—Maldita digo yo —reviró Liu, cruzándose de brazos y dedicándole una mirada cargada de un sarcasmo purísimo—. No voy a cargar eso. De corazón... por favor, Kelly, si tú eres la más macho de todos aquí, entonces deja de chillar y carga la maldita bolsa para poder meter esto.
—¡Vuelve a decirme así y te juro que la siguiente bolsa va a ser para ti, amariconado de mierda! —siseó Kelly, dando un paso amenazante.
Jack se metió de inmediato entre los dos. Se notaba rígido, intentando aparentar una postura de tipo duro para tomar el control, aunque sus ojos delataban que estaba a punto de colapsar igual que nosotros. Se mantuvo a una distancia muy marcada de Liu, aunque noté cómo sus hombros se tensaban al tenerlo cerca.
—¡Ya cállense los dos! —gruñó Jack, esforzándose por poner una voz firme—. Kelly, agarra los pies. Julián... deja de llorarle al taco del suelo y ven a sostener la bolsa.
Julián, acurrucado en el rincón y mirando el taco de asada aplastado en la sangre, parecía un alma en pena. Mi corazón dio un vuelco por él, pero no había tiempo para la compasión. Teníamos que movernos.
Me tragué las ganas de vomitar y di un paso al frente. Si mis padres supieran lo que estaba a punto de hacer, si la gente de mi universidad me viera... pero no podía dejar a Kelly sola en esto. Me acerqué a ella y tomé los bordes de la bolsa negra de plástico grueso para mantenerla abierta.
—Déjame ayudarte —murmuré, intentando que mi voz no sonara quebrada.
Cuando Kelly levantó parte del torso para acomodarlo, sus manos rozaron los bordes de la bolsa y rozaron las mías. El contacto duró apenas un segundo, pero fue como una descarga eléctrica en medio de toda esa pesadilla. Kelly se congeló. Levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron; por un instante, la furia ciega de sus ojos desapareció, reemplazada por una vulnerabilidad que nunca le había visto a nadie. Un rubor rápido le subió por el cuello antes de que apartara la cara bruscamente para mirar al suelo.
Mi corazón dio un vuelco violento, y no tuvo nada que ver con el cadáver.
—Bueno... —comentó Mía desde un lado, amarrando el nudo superior de la otra bolsa con una ligereza que me daba escalofríos—. Oficialmente la fiscalía se ahorró un expediente. Si lo piensan bien, le acabamos de hacer un descuento en impuestos a la ciudadanía.