★FRANCISCO HERNÁNDEZ★
Hay decisiones que no se toman; simplemente se sobreviven.
Cada vez que Adrián habla, yo sobrevivo. Pues hay momentos en la vida en los que uno solo puede encogerse de hombros y decir; "que sea lo que Dios quiera".
Curiosa mente, esos momentos aparecen cuando Adrián habré la boca.
No lo llamaría miedo. El miedo paraliza. Esto es otra cosa: la certeza incómoda de que cada orden suya viene con una probabilidad real de muerte. Y aun así sigo aquí, entero, respirando. No sé si es por cautela, inteligencia o porque la muerte tiene mala puntería conmigo.
Soy Francisco Hernández.
La mano derecha de Adrián… o eso dicen. ¿Desde cuándo? Desde el instante exacto que decidí ir por algo más peligroso algo que me llenará la vida de adrenalina.
No nací en este mundo. Caí en él.
Cuando lo conocí no tenía nada: ni dinero, ni trabajo, ni a nadie esperándome al final del día. Vivía solo, sin bocas que alimentar ni promesas que cumplir. y eso, en la organización de Adrián, es casi una bendición. Los hombres con familia son predecibles. Yo no.
Adrián no vino a buscarme, yo lo busqué a él.
La idea me la dio un compañero que ya no respira. Murió en un enfrentamiento con uno de los tantos enemigos de Adrián. En aquel momento no lo supe, pero su muerte fue mi carta de presentación, Adrián me probó. No con palabras, sino con sangre. Cuando terminé, supe que había entrado… y que salir no sería una opción.
Con los años, la confianza creció. Y aquí estoy, aferrándome a ella como quien se aferra a una bala que aún no ha sido disparada. Porque confío en Adrián, sí, Más que mi jefe, es mi amigo.
Y también porque tengo algo muy claro: la traición no se perdona, Adrián no duda, primero dispara, luego pregunta… si es que pregunta. Yo no lo traicionaría jamás, valoro demasiado mi frente intacta.
Esta noche conduzco hacia uno de esos campos que Adrián manda a construir lejos de todo, tan apartados del mundo que ni Dios debe saber exactamente dónde está. Y por si eso no bastara, el lugar al que voy está bajo tierra.
Un búnker.
Pero no cualquier búnker.
Un búnker construido para no ser encontrado… y para no dejar rastros.
Lujo bajo tierra.
Mármol blanco, paredes inmaculadas, detalles en oro. Todo impecable, todo obscenamente caro. Adrián siempre ha tenido una obsesión peligrosa con la elegancia. Recuerdo bien cuando lo terminaron de construir, los obreros celebraron, Adrián también. La diferencia es que él celebró eliminando a todos los testigos. En su mundo, el silencio se paga una sola vez.
Paso el escáner de seguridad.
El silencio aquí pesa, tal vez por qué todos nuestros hombres están haciendo sus tareas.
Axel y Vladimir están frente a una pared de pantallas llenas de códigos verdes. Axel teclea como si su vida dependiera de ello... lo cual, probable mente es cierto; Vladimir sí me observa. Sus ojos ya saben algo que yo aún no.
—Tenemos un problema serio —dice, con una calma que me irrita.
—Dime que no es otra guerra —respondo, aunque ambos sabemos que lo es.
—El equipo en Rusia habló con un ex hombre del sujeto que buscamos —empieza—Dijo que ese tipo lleva años siguiendo el rastro de Sara.
Mis hombros se tensan.
—Ese mismo hombre fue quien provocó la muerte de los padres de Sara —continúa—Y no está interesado solo en la organización de Adrián, la mafia es secundaria para él.
—Entonces… —digo despacio— ¿qué es lo que quiere?
—A ella.
El silencio cae pesado.
No es ambición.
Es obsesión.
—¿Y el informante? —pregunto—Dijiste que algo salió mal.
Vladimir asiente.
—Después de vender la información, el informante intentó desaparecer. No llegó lejos. El hombre que buscamos lo encontró y lo mató. Personalmente.
Eso cambia todo.
—Entonces sabe que estamos cerca —murmuro.
—Y sabe que sabemos —responde Vladimir—Nos mandó el mensaje de la forma más clara posible.
—¿El equipo ya viene de regreso?
—Sí. Están en el avión ahora mismo.
Miro el reloj: 12:56 a. m.
—Bien —digo al fin—Adrián tiene que saber esto, de inmediato.
Salgo del búnker, cruzo otra vez los controles y respiro el aire nocturno. El silencio de afuera ya no es tranquilizador, es una advertencia.
Mientras arranco el auto, una idea no deja de martillarme la cabeza.
Este enemigo no quiere poder.
No quiere territorio.
Quiere a Sara.
Y si alguien está dispuesto a matar para borrar cada pista de su pasado…
entonces esto no es una guerra.
Es una cacería, y todavía no sé quién es la presa.
¿En qué clase de guerra está metido Adrián?
¿Quién es realmente Sara Villalov?
¿Y por qué el enemigo más peligroso que hemos tenido no quiere el poder… sino a ella?
Arranco el coche.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estoy seguro de querer escuchar las respuestas.
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Sigo dentro del auto, el motor vibrando bajo mis manos mientras la carretera se alarga como una amenaza sin fin. Las luces de la ciudad se ven a lo lejos. Miro el reloj.
2:23 a. m.
—Este puto lugar está jodidamente lejos de la ciudad —murmuro, apretando el volante.
La oscuridad no es tranquila, es espesa, como si observara. Entonces el recuerdo me golpea.
Mierda.
No le escribí a Adrián.
No le advertí que su enemigo dejó de jugar a lo grande para jugar a lo personal. Que ya no busca territorio, ni dinero, ni poder.
Busca algo más íntimo, algo que Adrián considera suyo, y la razón de que este juego empezará.
Olvidé contarle la maravillosa desgracia de que su mayor enemigo no solo respira... Sino que está obsesionado con lo único que el considera intocable.
Adrián tampoco está libre de esa obsesión, la suya es más silenciosa, más peligrosa más "amor".
Una risa seca, rota, se me escapa. No hay humor en ella solo anticipación.
Esto va a explotar.
Tomo el teléfono.