★SARA VILLALOV★
Me preparo para ir al restaurante He faltado demasiado y el peso de la responsabilidad comienza a sentirse en mi pecho. Necesito el dinero; quiero comprar más libros, seguir llenando los espacios vacíos de historias, de palabras que me sostienen cuando el mundo se vuelve demasiado real. No quiero depender siempre del dinero de Adrián, aunque sé que para él no sería un sacrificio, sino un acto natural de dominio silencioso.
Me visto con cuidado.
Me pongo la blusa negra de cuello alto y acomodo la tela con cuidado, sintiendo cómo me abriga sin ser pesada. Después me coloco el blazer; cae sobre mis hombros de forma recta y me da una sensación de orden, como si todo encajara mejor.
Subo la falda de tiro alto y aliso la tela con las manos. Se ajusta bien a la cintura, cómoda, sin apretar. Las medias negras cubren mis piernas y le dan al conjunto un aire discreto, más uniforme.
Por último, me pongo las botas altas. El cuero es firme, pero al caminar me siento estable, segura. Me miro un momento antes de salir: no es nada exagerado, solo ropa bien elegida para el día, algo que me hace sentir cómoda y tranquila conmigo misma.
Cada prenda cae sobre mi cuerpo como una decisión pensada, como si incluso mi apariencia tuviera que justificar el equilibrio frágil entre mi independencia y el vínculo profundo que me une a él.
Al salir de la habitación, lo encuentro en el pasillo.
Adrián se detiene al verme.
Su mirada me atraviesa sin prisa, recorriéndome de arriba abajo
Su mirada no es rápida ni disimulada: me recorre lentamente, con una atención peligrosa, como si estuviera memorizando cada detalle para llevárselo consigo. Sus labios se curvan en una sonrisa ladeada, peligrosa, segura.
—¿A dónde vas? —pregunta mientras se acerca, acortando la distancia hasta hacerme sentir su presencia dominante.
—Al restaurante —respondo, intentado sonar firme.
—¿Aún quieres trabajar en ese lugar? —dice con tono burlón— Pensé que pasarías todo el día organizando aquella biblioteca.
—Es una buena idea… —admito—, pero no he comprado más libros.
Su expresión cambia apenas. Se cruza de brazos, firme, dominante, sin apartar los ojos de mí.
—Entonces dime —dice—, ¿quién compró todos los libros que están en cajas dentro de esa habitación?
Lo miro, confundida. El corazón me da un vuelco.
—Yo no compré nada más… —murmuro, bajando la mirada mientras una sospecha se abre paso—. ¿Adrián…?
Él no responde de inmediato. Solo me observa, disfrutando del momento, como si supiera que acaba de mover una pieza clave en mi mundo
—Pensé que nunca te darías cuenta.
Sin pensarlo Corro hacia la habitación. Al abrir la puerta,
el aire se me escapa de los pulmones.
Cajas y más cajas llenan el espacio: libros cuidadosamente empaquetados, muebles elegidos con intención, objetos decorativos que parecen haber sido pensados exclusivamente para mí.
Grito de felicidad. Me llevo las manos a la boca y salto, aplaudiendo, incapaz de contener la emoción, como una niña a la que le han regalado aquello que siempre soñó pero nunca se atrevió a pedir.
Adrián aparece en la puerta, apoyado en el marco, los brazos cruzados, observándome con una mezcla de orgullo y posesión. Mirándome como si mi alegría fuera un espectáculo privado.
—Podría jurar que te hacen más feliz los libros que yo —dice, fingiendo celos.
Corro hacia él sin dudarlo y me lanzo a sus brazos. Lo abrazo con tanta fuerza como si temiera que desapareciera. Gruñe suavemente, pero sus manos me rodean la cintura y me levanta sin esfuerzo. Enredo mis piernas alrededor de su cuerpo, mis brazos descansan sobre sus hombros. Me sostiene como si fuera lo más natural del mundo.
Me mira. Sus labios se curvan aún más y, sin poder evitarlo, lo beso. Él responde de inmediato: el beso es suave, controlado, pero cargado de deseo, de posesión y de algo mucho más profundo.
Es un beso que promete, que reclama.
—¿Por qué haces todo esto? No era necesario —pregunto cuando me baja al suelo, sin soltarme.
—Porque me gusta verte sonreír —responde con voz grave—. Y si regalarte una biblioteca completa logra eso, lo haría una y mil veces.
—No es eso lo que me hace feliz… —susurro, acariciando su mejilla—. Es que pongas atención incluso a lo más insignificante de mí.
Sus ojos Brillan con una intensidad peligrosa.
—Lo hago porque me importas —dice—. Porque te amo…
—Te amo, Adrián —confieso—. No quiero que te alejes de mí. No quiero a nadie más. Quiero tus ojos mirándome, tu esencia fría, tu peligrosidad. Amo todo de ti. No soportaría perderte.
Paso mi mano por su mejilla. Él inclina la cabeza hacia mi caricia, como si la necesitara.
—No lo haré —responde con firmeza—. No me alejaré, Tenerte lejos de mí sería mi peor desgracia. Eres mi reina, mi todo. Y si caes… yo estaré ahí para levantarte. Siempre.
Vuelve a besarme con suavidad, como si sellara un juramento silencioso. Sus manos se aferran a mi cintura, seguras, posesivas.
Yo le correspondo, consciente de que este amor no es suave… es intenso, oscuro y absoluto.
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El cuarto es amplio y luminoso. Las paredes blancas hacen que la luz se refleje con suavidad, dándole una sensación limpia y tranquila, como si el espacio respirara calma. El techo de madera aporta calidez y contrasta con la claridad de las paredes, creando un equilibrio acogedor.
Un ventanal alto y arqueado ocupa gran parte de un lado del cuarto, dejando entrar la luz natural y dando vista al jardín. Frente a él, un sofá rojo profundo, amplio y mullido, se convierte en el punto central del espacio. Está acompañado de varios cojines que invitan a sentarse y quedarse.
Alrededor, estanterías repletas de libros cubren las paredes de forma ordenada y elegante, extendiéndose incluso hacia un segundo nivel con una pequeña baranda. Los libros, objetos decorativos y detalles cuidadosamente colocados le dan al cuarto un aire sofisticado y vivido.