La rosa era demasiado hermosa,
y por eso me acerqué sin temor.
Pero, mientras admiraba sus pétalos,
sus espinas fueron dejando su dolor.
Me acerqué cautivado por su belleza,
sin pensar en el peligro que escondía.
Quise contemplarla más de cerca,
guardar su encanto en mi memoria;
solo eso quería.
Pero, poco a poco,
sus espinas me alcanzaron,
dejando heridas
donde antes solo había ilusión.
Y, aunque el dolor se hizo presente,
mi corazón seguía admirando su hermosura
sin rencor.
Aun herido,
no pude odiarla,
pues su belleza seguía siendo la misma.
Y comprendí
que algunos amores
dejan cicatrices,
pero jamás se olvidan.
Porque hay amores
que son como las rosas:
bellos,
delicados
y difíciles de olvidar.
Aun cuando sus espinas lastiman,
su recuerdo
sigue creciendo
como las olas del mar.