Entre Sombras Y Promesas

CAPITULO 6

Entré al salón con el corazón latiendo fuerte. Era amplio, con muchas caras nuevas y un murmullo constante que llenaba el aire.

No conocía a nadie, y sentía las miradas curiosas a mi alrededor.

Ya estaba acostumbrada —siempre me miraban por usar falda larga—, pero no me importaba. Ese era mi estilo, la forma que me crió mi padre .

Era mi primer día en el instituto, y quería comenzar con buena energía, así que busqué un asiento más o menos adelante, justo en el medio. Abrí mi cuaderno y esperé al profesor.

Todo parecía normal… hasta que sentí una mirada fija sobre mí.
Levanté la vista disimuladamente y vi a una chica observando desde el otro lado del aula.
No apartaba la vista, solo me miraba con una expresión que no supe descifrar: ¿curiosidad? ¿incomodidad? ¿interés?

Me pareció extraño, pero preferí ignorarlo.

Volví la mirada hacia el pizarrón y presté atención a mi primera clase. Fue algo aburrida, pero decidí mantenerme enfocada: tenía que terminar el instituto, no había opción tenía que ser una profesional para sobrevivir en esta vida.

Así pasaron mis primeros días.
Hasta que un detalle llamó mi atención: la chica que me había estado mirando usaba falda larga, igual que yo.
Tuve la sospecha de que, quizá, ella también era cristiana, como yo. Pero decidí no decir nada; a veces es mejor guardar silencio y observar un poco más antes de hablar.

Los días siguieron su curso entre el instituto y la iglesia.
Por las tardes asistía a las reuniones de jóvenes, y allí encontré algo de amistad
Conocí buenos amigos y amigas que llenaban mi corazón de alegría. Sin embargo, había algo que debía mantener en secreto: mi padre no debía saberlo.

Delante de él, solo podía estar con mis amigas.
Mis amigos quedaban ocultos en la sombra de mi discreción.

Una mañana me propuse empezar ya las clases hasta la chica que me miraba ya eso de 2 semanas se sentó a mi lado y mire la ventana como si no me diera cuenta .

—Hola soy Rosa –me miro de cabeza a pies–tu eres Cristiana pregunto.

—¿Si lo soy y tú también verdad? —pregunté girando hacia ella.

— Si , ¿ De qué iglesia eres? –con curiosidad.

—O la iglesia de centro esta cerca del restaurante cevichero que acaban de inaugurar—sonreí

—Yo soy de la iglesia que está cerca de la plaza —sonrió.

Había escuchado de esa iglesia.
Corrían rumores de que era más estricta que la nuestra, tan rígida que muchos la sentían asfixiante. Algunos amigos habían pasado por allí y no guardaron buenas experiencias. Aun así, sabía que no debía juzgar a Rosa por pertenecer a ese lugar.

—Qué bien —sonreí.

Desde ese momento, Rosa y yo nos volvimos amigas. Compartimos tareas, trabajos y momentos simples que hacían más llevaderos los días. Yo me llevaba bien con todos en el salón.

En ese mes fue cuando una amiga de la iglesia se me acercó con una sonrisa cómplice y me dijo que quería presentarme a alguien. Era un amigo suyo, y esperaba que yo pudiera hablarle para animarlo a seguir asistiendo a la iglesia. No era algo extraño para mí; lo había hecho muchas veces antes.

—Hola, tú eres… —dije, mirando al chico que estaba a su lado.

—Soy Axel —respondió con una sonrisa abierta, alegre, de esas que se sienten sinceras.

—Yo soy Jenna, mucho gusto en conocerte. ¿Qué te parece si entramos y te explico sobre los cultos de jóvenes y cómo la pasamos aquí? —dije con entusiasmo.

—Me encantaría saber qué hacen aquí —respondió Axel, interesado.

Ese día intercambiamos Messenger para seguir conversando sobre la iglesia y mantenernos en contacto. Mis padres no sabían que tenía Messenger. Como no tenía celular, no sospechaban nada. Lo que ellos no sabían era que yo iba al internet con la excusa de trabajos del instituto o tareas pendientes, cuando en realidad también lo usaba para hablar con mis amigos.

Con el corto tiempo, Axel me invitó a salir para conversar con más calma sobre la iglesia. Yo sabía que tenía, como máximo, una hora libre. A veces los profesores terminaban las clases antes o quedaban espacios vacíos entre horas, y esos momentos me daban pequeñas libertades. Así que acepté.

Salimos y hablamos de muchas cosas. Me contó que estaba por terminar la carrera de ingeniería, que tenía veintidós años y que había llegado a la ciudad para trabajar con su cuñado poniendo teléfonos con tarjetas . La conversación fluyó con naturalidad, sin esfuerzo.

Poco a poco, Axel se fue convirtiendo en un amigo cercano. Me conocía cada vez más, y yo empezaba a disfrutar de su compañía, de sus mensajes, incluso cuando viajaba a pueblos cercanos y se tomaba el tiempo de escribirme.

—Oye, yo quería pollo, ¿por qué tenemos que comer helado? —dije cruzando los brazos, fingiendo molestia.

—Porque quiero algo dulce, no grasa, además yo siempre invito —respondió caminando despreocupado.

—No me digas –sarcástica–vamos a comer grasa porque sí —dije desafiante.

—Eso lo veremos —contestó, mirándome.

Al final, compramos pollo.

—Te dije que comeriamos pollo —reí.

—Esta vez ganaste —sonrió—, pero la próxima no me dejaré manipular.

Era agradable pasar el tiempo con él. Todo se sentía simple, ligero, casi normal.Así transcurre mi primer mes sin problemas .

Un día notamos que había llegado alguien nuevo a la carrera. No lo había visto antes. Estaba sentado al fondo del aula y algo en él llamó nuestra atención de inmediato: tenía las uñas largas en el meñique y el pulgar. No solo a mí me pareció extraño, también a Rosa.

—¿Viste a ese chico? —susurró—. Tiene las uñas largas. Ya pasó un mes desde que empezaron las clases, ¿no te parece raro?

—Si sigues mirándolo así, se va a incomodar —le advertí, intentando que dejara de hacerlo.

—Pero es extraño —insistió—. Dicen que los que tienen uñas largas son satanistas.

Eso lo había escuchado antes. Mis padres y algunos hermanos de la iglesia lo decían siempre, como si fuera una verdad absoluta. Aun así, él no se veía como alguien así.




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