Entre sombras y sueños

Capítulo 4: Donde Nacen los Sueños

“A pesar del pasado, sigo creyendo en un futuro diferente.”

Después de todo lo vivido —las burlas, los errores, el encierro, el silencio de una graduación sin aplausos— me encontraba ante una página en blanco. El bachillerato había terminado, la pandemia seguía presente, pero dentro de mí se encendía algo que llevaba tiempo dormido: el deseo de empezar de nuevo.

Fue en el año 2023 cuando finalmente inicié mis estudios universitarios en la carrera de Turismo. Muchos se sorprendieron. Algunos me decían que no era una carrera con mucho futuro, otros pensaban que solo quería viajar. Pero para mí, el Turismo era sinónimo de libertad. Era una manera de ver el mundo que alguna vez soñé y que, en mi interior, sabía que merecía conocer.

Desde pequeña, siempre imaginé cómo sería subirme a un avión y ver las nubes desde arriba. Soñaba con caminar por calles que no conocía, con hablar idiomas que aún no dominaba, con respirar otras culturas. Quizá porque, de algún modo, yo también sentía que no pertenecía del todo a donde estaba. Nací en otro país, crecí en República Dominicana, pero mi alma parecía tener raíces en mil lugares a la vez.

Y aunque arrastraba heridas de la infancia —como cuando se burlaban de mí por comerme los mocos, o cuando en el bachillerato me convertía en el centro de atención por mi ingenuidad— también arrastraba algo más: una voluntad que nadie logró romper.

Al comenzar la universidad, sentí miedo. No conocía a nadie. Me sentía torpe, como siempre. Pero esta vez había una diferencia: yo no estaba dispuesta a rendirme.

En medio de todas mis inseguridades, comencé a destacar. Participaba, preguntaba, ayudaba. Algunos compañeros comenzaron a buscarme para trabajos en grupo. Profesores me felicitaban por mis aportes. Y entonces lo sentí otra vez… ese pequeño orgullo que dice: “Estás haciendo algo bien.”

Cada nuevo tema que estudiaba me abría un horizonte. Aprendí sobre destinos, culturas, historia del arte, servicios hoteleros. Me imaginaba guiando turistas, tomando fotos en ciudades lejanas, escribiendo blogs de viajes o diseñando experiencias memorables.

Pero mientras iba construyendo mi presente, también lidiaba con un desamor que me marcó profundamente: me enamoré de mi mejor amigo.

Fue una conexión bonita, honesta, llena de complicidad. Él sabía quién era yo realmente, sin máscaras. Me acompañó en momentos duros, me hizo reír en medio del caos. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo más. Pensé que quizá, después de tanto dolor, por fin el amor se estaba alineando conmigo.

Pero no fue así.

Un día, con toda la honestidad del mundo, él me confesó que era bisexual… y que tenía pareja. No fue una traición. No fue engaño. Fue simplemente la vida mostrándome, una vez más, que no todo lo que deseamos nos pertenece.

Me dolió. Mucho. Porque no solo perdí una ilusión, también sentí que se rompía algo dentro de mí. No fue fácil aceptar que no era correspondida. Lloré, me enojé, me sentí insuficiente. Pero con el tiempo, entendí que él no me falló… solo fue honesto con su verdad.

Y yo tuve que aprender a sanar, a perdonar, y a seguir.

Hoy, ya casi finalizando mi carrera, no he cumplido todas mis metas. Pero estoy más cerca que nunca.

Quiero viajar.
Quiero vivir experiencias que me llenen.
Quiero inspirar a otros a no rendirse, incluso si su pasado está lleno de errores como el mío.
Y sobre todo… quiero demostrar que se puede sanar. Que desde el dolor también nacen alas.

A veces me siento frágil, es cierto. Pero también me siento viva. Y cada paso que doy, aunque tembloroso, me acerca a la versión de mí que siempre soñé ser.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.