Mi día iba relativamente bien… para mis estándares. Tenía café, mis crespos estaban medio obedientes y no había tropezado con nada todavía. Pero la paz duró exactamente tres minutos. Alexander apareció al lado de mi escritorio como un fantasma caro. —Reunión —dijo. —¿Ahora? —Sí. ¿Esta gente no usa saludos? Lo seguí, intentando que mis crespos se quedaran quietos. Spoiler: no lo hicieron. Llegamos a la sala de juntas y ahí estaba ella. La villana. La Barbie ejecutiva. Perfecta, alta, cabello brillante, dientes que parecían patrocinio de alguna marca costosa. —¡Alex! —gritó, abrazándolo como si él fuera su juguete preferido. Alexander no cambió la expresión ni un milímetro. Yo habría querido ser esa pared para ver ese abrazo tan… innecesario. —Hola, Rebeca —respondió él sin emoción. Ella me miró entonces, con ojos de “¿y esta quién la invitó?” —¿Y tú eres…? —Yo… trabajo aquí —dije como si fuera obvio, mientras sonreía incómoda. —Ah —sonrió falsamente—. Qué lindo. Cuando extendió la mano, yo traté de estrecharla, pero mi bolso decidió engancharse en la pata de la silla. Jale. La silla se movió. La mesa tembló. Y el vaso de café se volcó. Sobre mí. En directo. En HD. —¡AH! —grité, porque estaba caliente y porque mi dignidad se quemó también. Rebeca se llevó la mano a la boca para disimular… pero.....
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