Desperté de golpe. Mi respiración estaba incontrolable, no sentía miedo ni ansiedad, sino algo más difícil de describir. El brillo anaranjado de una farola se colaba entre las cortinas, pintando sombras en las paredes. Me pasé la mano por la cara, todavía atrapado en esa sensación extraña, tratando de recordar... pero los detalles ya empezaban a desvanecerse
Había soñado con mi pasado. Pero no de la forma habitual en que los sueños distorsionan la realidad. No eran fragmentos borrosos o escenas inconexas. Había estado allí, caminando por la calle donde crecí, con la misma sensación de solidez, el mismo olor del aire, el mismo sonido de la ciudad. Y luego, la había encontrado a ella. Era como si hubiera estado en otro lugar, un sitio lejano pero real.
Su nombre era un misterio, pero su rostro... no podía olvidarlo. Su cabello lacio, con una sonrisa radiante junto a tanta energía que era contagiosa. Desde el momento en que la vi, sentí algo indescriptible, como si hubiera estado esperando ese encuentro toda mi vida.
Había algo, una luz propia que hacía que todo a su alrededor cobrara vida. ¿Cómo podía sentirme tan familiar con alguien que jamás había conocido?
Y lo más extraño: la sensación persistente de que algo no encajaba del todo. Como si ese sueño no hubiera sido solamente uno, sino algo más. No sabía qué era, pero sentí una inquietud en mi pecho, una sensación de que algo, aunque imperceptible, había cambiado.
Respiré hondo y me obligué a calmarme. Tal vez solo era el efecto de un sueño vívido. Pero una parte de mí no podía dejar de preguntarse: »y si realmente había estado allí?
Me incorporé lentamente, sintiendo la textura familiar de mis sábanas, pero con la extraña impresión de que algo en mi habitación se sentía… diferente. Miré alrededor, buscando algún indicio de cambio, pero todo estaba en su lugar. Mi escritorio seguía abarrotado de apuntes, mi mochila apoyada contra la pared, la luz tenue del poste en la calle proyectando sombras alargadas en el techo.
Sacudí la cabeza, tratando de disipar esa sensación de irrealidad. Quizás solo era el cansancio jugándome una mala pasada. Pero aún así, el sueño permanecía tan vivo como si se negara a desvanecerse en la neblina de la madrugada.
Un impulso me llevó a alcanzar el teléfono en mi mesita de noche. Desbloqueé la pantalla y revisé la fecha. Nada ha cambiado. Suspiré, sintiéndome un poco ridículo por haber pensado siquiera en esa posibilidad. Pero el peso del sueño seguía sobre mí, como un eco persistente en mi mente.
Me recosté de nuevo, con la mirada fija en el techo. Tal vez, cuando despertara por la mañana, todo esto parecería una simple curiosidad, una anécdota más que contar entre amigos. Tal vez.
Cerré los ojos, esperando que el sueño me reclamara otra vez.
Pero en el fondo, una idea comenzó a tomar forma. Y si volvía a soñar… ¿sería el mismo lugar? ¿La volvería a ver?
Y más aún…
Si todo había parecido tan real, ¿qué pasaría si intentaba cambiar algo?
Esa noche dormí inquieto. No tuve otro sueño igual de vívido, pero cada vez que cerraba los ojos, flashes de lo que había experimentado volvían a mi mente. La calle, el viento cálido en mi rostro, la sonrisa de esa chica… y esa sensación extraña, como si algo se hubiera movido en mi vida sin que yo pudiera verlo.
Pero… ¿qué fue exactamente lo que soñé?
Lo recordaba con una claridad anormal. No era solo un sueño fragmentado, con imágenes absurdas. Había estado allí. En el pasado.
Me vi a mí mismo con unos años menos, tal vez 13 o 14, caminando por mi antiguo vecindario. La mochila colgaba de mi hombro, los audífonos puestos, aunque la música era apenas un murmullo lejano. El sol de la tarde teñía todo de un tono dorado, y el viento fresco arrastraba el aroma de las panaderías cercanas. Era un día cualquiera… hasta que la vi.
Estaba en un banco del parque, con un libro apoyado en su regazo, los pies balanceandose de un lado a otro. El viento jugado con su cabello y cuando levantó la vista, nuestras miradas se encontraron. El tiempo parecía detenerse… hasta que una sonrisa suave, iluminó su rostro.
No la conocía. No tenía idea de quién era. No recordaba haberla visto en mi infancia ni en ningún otro momento de mi vida. Y sin embargo…
Una sensación cálida y extrañamente nostálgica me envolvió. Como si debería conocerla. Como si, en alguna parte de mi memoria, su existencia ya estuviera escrita.
—¿Qué haces solo? —preguntó con un tono juguetón, inclinando la cabeza.
No supe qué responder. Era una pregunta tonta, pero al mismo tiempo, me sentí torpe, como cuando de niño trataba de hablar con alguien por primera vez.
—Solo caminaba —respondí, metiendo las manos en los bolsillos.
Ella rió suavemente y cerró su libro.
—Entonces siéntate. No me gusta estar sola.
Y lo hice.
Hablamos de cosas sencillas. Acerca de la escuela, de algunos sueños tontos sobre el futuro, de lo mucho que odiábamos los lunes y de lo increíble que era la comida de la esquina. Todo fluía con naturalidad, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.
Pero algo dentro de mi no encajaba. Cada una de sus palabras y gestos de ella me resultaban familiares, pero no podía recordar por qué.
En algún momento, saqué un bolígrafo negro de mi bolsillo y comencé a girarlo entre mis dedos. Ella lo tomó, me miró a los ojos con un brillo travieso y escribió algo en la palma de mi mano.
No recuerdo qué decía. Solo sé que me hizo sonreír.
Y luego, de un momento a otro, todo se volvió borroso.
Desperté con esa sensación extraña en el pecho. Como si el sueño hubiera sido más que un simple sueño.
Pero no fue hasta que vi el bolígrafo en mi escritorio que todo cobró sentido.
Me quedé mirando el bolígrafo sobre el escritorio, sintiendo un leve escalofrío recorrer mi espalda. Era igual al del sueño.