Elira tenía una rutina que la protegía. Se levantaba antes del amanecer, cuando el mundo aún no exigía nada. Preparaba su café con canela, encendía una vela blanca, y escribía en su libreta. No eran diarios comunes. Eran pactos. Frases como “No me perderé por amor” o “Mi cuerpo es mío, mi alma también” llenaban las páginas como hechizos silenciosos.
Pero desde hacía semanas, algo había cambiado. Los sueños con aquel chico sin rostro se volvían más frecuentes. No hablaban, pero se entendían. Él la miraba como si supiera todo lo que ella había vivido, como si respetara cada muro que había construido, sin intentar derribarlo.
Una noche, el sueño fue distinto.
Estaban en un campo abierto, bajo un cielo estrellado que parecía respirar. Elira caminaba descalza, sintiendo la tierra tibia bajo sus pies. Él estaba a su lado, y aunque su rostro seguía difuso, sus ojos brillaban como si llevaran constelaciones dentro.
—¿Por qué siempre estás aquí? —preguntó Elira, sin mover los labios.
—Porque tú me llamas —respondió él, sin sonido, pero con certeza.
Al despertar, Elira sintió el mismo vacío. Pero esta vez, también sintió algo más: una certeza suave, como si el universo le hubiera susurrado que no estaba sola, que alguien la estaba esperando también… en algún rincón del tiempo.
Ese día, escribió en su libreta:
“No lo buscaré. Pero no lo negaré. Cuando llegue, sabré que es él. Porque me habrá encontrado sin intentar cambiarme.”
Y así, Elira siguió con su vida. Estudiando, soñando, construyendo. Pero cada noche, antes de dormir, miraba las estrellas por unos minutos. No para pedir nada. Solo para recordar que el amor verdadero no interrumpe tu camino. Camina contigo.