La noche llegaba como un suspiro largo.
Elira apagaba las luces, cerraba la puerta de su cuarto, y encendía su vela blanca. El aroma a canela flotaba en el aire, como si el universo supiera que ella estaba lista para entrar en otro plano.
Se sentó en su cama, con la libreta sobre las piernas. Escribió una frase sencilla:
“Si vuelves esta noche, no digas nada. Solo quédate.”
Luego se acostó, abrazando su almohada como si fuera un escudo. Cerró los ojos. Y el mundo se desvaneció.
🌌
El sueño llegó sin aviso.
Estaba en un bosque iluminado por estrellas. No había luna, pero el cielo brillaba como si cada estrella supiera su nombre. Elira caminaba entre árboles altos, sintiendo que el aire la reconocía.
Y entonces, él apareció.
No tenía rostro, pero esta vez… tenía voz.
—No estás sola —dijo, con una voz que parecía hecha de viento y fuego.
Elira no respondió. Solo lo miró. Él extendió su mano, y ella la tomó. Caminaron juntos por el bosque, sin prisa, sin destino. Como si el simple hecho de estar juntos fuera suficiente.
—¿Quién eres? —preguntó ella, sin esperar respuesta.
—Soy lo que tu alma recuerda, aunque tu mente aún no lo sepa.
Elira sintió que algo dentro de ella se abría. No era amor romántico. Era algo más antiguo, más profundo. Como si él fuera una parte de ella que había estado esperando ser reconocida.
🌅
Al despertar, el vacío volvió.
Pero esta vez, no dolía tanto.
Era como una brisa suave que le recordaba que había algo más allá de lo visible.
Se sentó en su cama, encendió la vela, y escribió en su libreta:
“No sé quién eres. Pero cada vez que apareces, me siento menos perdida.”
“Gracias por caminar conmigo, aunque sea en sueños.”
Luego quemó la hoja, viendo cómo las palabras se convertían en humo.
Y mientras el sol comenzaba a iluminar su cuarto, Elira sonrió.
No porque tuviera respuestas.
Sino porque sabía que, en algún lugar, alguien también la estaba soñando.