Entre Sueños y Pactos

Capítulo 14: Dónde el hogar no era un lugar, sino un pacto silencioso

Elira tenía 24 años cuando decidió que no quería vivir sola.
No por miedo.
Por elección.

Lucian tenía 26 cuando aceptó que compartir techo no significaba perderse.
No por necesidad.
Por deseo.

Ambos habían surgido.
Sus carreras, sus proyectos, sus heridas cicatrizadas.
No eran versiones perfectas.
Eran versiones conscientes.

La decisión no fue tomada en medio de una cena romántica.
Fue una conversación tranquila, mientras lavaban platos en casa de Lucian.

—¿Crees que podríamos vivir juntos? —preguntó Elira, secando una taza.

Lucian la miró.
No con sorpresa.
Con reconocimiento.

—Sí. Pero solo si seguimos siendo quienes somos.

—Exacto —respondió ella—. Sin exigencias. Sin fusiones forzadas.

Y así fue.

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El apartamento era pequeño.
Pero tenía luz.
Y silencio.
Y espacio para libros, plantas, y rituales.

Elira decoró su rincón con velas, cartas antiguas, y un atrapasueños que había tejido en una noche de insomnio.
Lucian tenía su escritorio lleno de papeles, tazas de café, y una lámpara que parecía siempre estar encendida.

No compartían todo.
Compartían lo esencial.

Las noches de insomnio.
Los días de ansiedad.
Los silencios que pedían compañía sin palabras.

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Una noche, Elira llegó agotada.
Su investigación la había dejado emocionalmente drenada.
Lucian no preguntó.
Solo preparó té, encendió la lámpara suave, y se sentó a su lado.

—¿Quieres hablar? —susurró.

—No ahora —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro.

Y eso bastó.

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Otra tarde, Lucian recibió una crítica dura en su taller.
Dudó de sí mismo.
Se encerró en su rincón.

Elira no invadió.
Solo dejó una nota en su escritorio:

No eres tus errores. Eres lo que haces con ellos. Estoy aquí.”

Lucian la leyó.
Y lloró.
No por debilidad.
Por alivio.

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Vivían con calma.
No había promesas eternas.
Había pactos diarios.

—Hoy te sostengo yo —decía uno.

—Mañana te sostengo yo —respondía el otro.

No competían.
Se complementaban.

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Los domingos eran sagrados.
No por religión.
Por ritual.

Desayuno lento.
Lectura compartida.
A veces escribían juntos.
A veces simplemente se miraban, sabiendo que el amor no siempre necesita acción.

Elira escribía su segundo libro:
El hogar como espejo: relatos de amor sin prisa.”

Lucian grababa audios para sus alumnos, hablando de vulnerabilidad, de cómo el consuelo puede ser más poderoso que cualquier técnica.

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Una noche, mientras llovía, Elira se despertó con una pesadilla.
Lucian no preguntó.
Solo la abrazó.

—Estoy aquí —dijo.

Y ella, entre lágrimas, respondió:

—Gracias por no pedirme que sea fuerte todo el tiempo.

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Ese era su pacto.

No cambiar al otro.
No salvar al otro.
Solo acompañarse.

El hogar no era el apartamento.
Era el espacio entre sus cuerpos cuando se abrazaban sin juicio.
Era la mirada que decía “te veo” sin querer corregir.
Era el silencio que no incomodaba, sino sanaba.

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A veces discutían.
Claro.
Por cosas pequeñas: la basura, el ruido, el tiempo.

Pero nunca por lo esencial.
Porque lo esencial estaba claro:
El amor no era una exigencia. Era una elección diaria.

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Y así, Elira a los 24, Lucian a los 26, vivían juntos.
No como pareja perfecta.
Como compañeros conscientes.

El hogar era un pacto silencioso.
Y cada día, al despertar, se elegían de nuevo.



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En el texto hay: cartas, amor, tiempo

Editado: 18.08.2025

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