El problema nunca fue que me gustará.
Eso habría sido sencillo.
El problema fue darme cuenta de que lo que sentía —eso que ni siquiera se nombrar— iba mucho más allá de la admiración.
Para personas como yo, amantes de las novelas de romance, de las canciones de amor y de los cuentos que prometen un "felices para siempre", es fácil ilusionarse con tan poco.
O eso creía...
Porque uno puede sobrevivir a un gusto pasajero, a una cara bonita, a una sonrisa bien puesta. Pero no a alguien que te ponga a pensar, alguien que te mueve el mundo sin siquiera tocarte, que cambia la forma en la que ves todo, sin que puedas explicar cómo, por qué y en qué momento pasó.
Y cuando finalmente lo entiendes —
Ya es demasiado tarde...
¿O no?