Entre susurros

Capítulo 1: La primera anomalía

La universidad se sentía, al principio, como una promesa.

Mi primer día fue un martes. Aunque suene a cliché adolescente, fue uno de los mejores de mi vida. Había algo en ese aire de incertidumbre, en la idea de que estaba a punto de descubrir una versión de mí misma que aún no conocía, que me mantenía en un estado de euforia constante.

Sin embargo, la realidad tiene una forma curiosa de aterrizar.

La emoción no sobrevivió al impacto social. No hice amigos el primer día. Mi incapacidad para romper el hielo, sumada a esa expresión de seriedad que cargó como un escudo —o como una maldición—, mantuvo a todo el mundo a una distancia prudente. No sé si es una defensa inconsciente o si simplemente nací con el rostro configurado en modo "no molestar", pero el resultado siempre es el mismo: el aislamiento.

Para el miércoles, la suerte cambió. Tres chicas se sentaron conmigo y, por alguna razón que aún no comprendo, decidieron quedarse. No hubo un plan ni una gran conversación; simplemente ocurrió. Por primera vez en la semana, el nudo en mi estómago se aflojó un poco.

El jueves, en cambio, los nervios regresaron con un matiz distinto.
De todas las materias, había una que me pesaba en el pecho: Anatomía. No tenía una explicación lógica para ese presentimiento. Quizás era el prestigio de la materia, o quizás es cierto que hay cosas que imponen respeto antes de siquiera conocerlas.

"Sufrimos más en la imaginación que en la realidad", me repetía, tratando de calmarme.
La clase era a las ocho. Llegué puntual, ocupé mi lugar y esperé.
Diez minutos. Veinte. Nada.

Al principio, el silencio del salón era expectante, pero pronto se transformó en ese ruido blanco de las conversaciones vacías y las risas nerviosas. Los minutos empezaron a pesar. Cada vez que la puerta se movía, el grupo entero contenía el aliento, solo para soltarlo con decepción cuando el umbral permanecía vacío.

Una hora después, alguien entró. Pero no era el doctor. Era el coordinador.
Habló sobre ajustes de horario, trámites burocráticos y quejas de las que no logré retener ni una palabra. Mi mente estaba en otro lado, tratando de imaginar a los profesores que aún no conocía.

Entonces, el coordinador soltó la bomba que despertó al grupo:
—Los viernes no tendrán clases.
El salón estalló en una alegría colectiva. Fue un alivio automático, casi eléctrico. Por un segundo, yo también me permití sonreír.

—Sin embargo —añadió, apagando el fuego de golpe—, como no podemos perder la clase de Anatomía, deberán asistir únicamente para esa materia.

La decepción fue tangible. El viernes, el día sagrado, quedaba interrumpido por una sola clase. Una clase que seguía siendo un misterio absoluto. No tenía sentido, era un error logístico, una broma pesada del destino.

O tal vez no.

Me quedé con esa idea dándome vueltas en la cabeza mucho más tiempo del necesario. Intenté convencerme de que era "una materia más", que mi fijación era absurda. Ni siquiera conocía la voz del profesor, ni su método, ni su nombre.

Y aun así, no podía dejar de pensar en ello. Quizás era porque Anatomía era el único espacio en blanco que me quedaba por llenar, o quizás mi mente simplemente necesitaba un misterio al cual aferrarse y sin darme cuenta, ya estaba esperando algo que ni siquiera sabía nombrar.




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