El viernes llegó con una velocidad traicionera.
Desafortunadamente, soy de esas personas que pueden revisar un horario cinco veces y, aun así, procesarlo al revés. Existe una ley no escrita en mi vida: cuando algo empieza a torcerse, el resto del día se desmorona por efecto dominó. Y esa mañana, la inercia del desastre estaba en marcha.
Me levanté convencida de que mi cita con Anatomía era a las diez. Ni siquiera lo dudé. Me arreglé con una prisa eficiente, subí al autobús y, por un instante fugaz, me sentí orgullosa de mi puntualidad… dentro de mi propia realidad distorsionada.
Entonces, le escribí a una amiga: — «¿Ya vas?».
El silencio de su respuesta fue el primer síntoma. Hay silencios que pesan, que te avisan de un error antes de que la mente lo nombre. Cuando finalmente respondió, el mundo se detuvo:
—«¿Cómo que ya voy? El doctor ya llegó
Sentí un golpe seco en el estómago, una náusea súbita provocada por la adrenalina. Abrí el horario en el celular, rogando que las letras cambiarán por lástima, que el documento se hubiera actualizado mágicamente. Pero no. La clase era a las ocho.
Eran las ocho y media y yo apenas cruzaba la mitad del trayecto.
Quería desaparecer. Quería que el autobús se tragara la tierra conmigo dentro. No era solo el retraso; era la primera impresión en la materia que más me importaba.
Mis pensamientos, traidores, volaron hacia el profesor desconocido. ¿Sería de los que marcan tu expediente con una mirada de desprecio antes de conocerte?
Por un segundo, la tentación de volver a casa y fingir que ese viernes nunca existió fue casi irresistible. Pero no lo hice. Seguí avanzando con la vergüenza quemándome la garganta.
Cuando finalmente llegué, el reloj marcaba dos horas de retraso. El pasillo estaba desierto, sumido en un silencio que amplificaba el eco de mis pasos. Empujé la puerta del salón, preparada para el estallido de un regaño, pero lo que encontré fue el inicio de un enigma.
Una silueta, de espaldas a mí, detuvo el tiempo con una frase suave mientras el aroma de su perfume —una fragancia que aún no sé descifrar, pero que se sintió como una advertencia— inundaba mis sentidos.
La puerta se cerró tras de mí con un clic definitivo, sellando mi escape. Quedé expuesta ante su escrutinio.
—¿Quién eres? —preguntó.
Su voz era demasiado calmada. Había un peligro latente en esa parsimonia. En ese instante, bajo su mirada, no me sentí como una alumna rezagada; me sentí como una confesión abierta.
¿Qué se supone que debe contestar una a eso? ¿Algo filosófico? ¿Una disculpa técnica?
Mi cerebro se bloqueó y lo único que logré expulsar fue un balbuceo ridículo:
—P-pero… si soy de este grupo.
«Qué idiota», pensé de inmediato. Él sonrió. Fue una sonrisa breve, cargada de una ironía que no llegaba a ser malicia, pero que me desarmó por completo.
—Ajá —replicó, manteniendo esa calma exasperante—. Pero ¿quién eres? ¿Cómo te llamas?
En ese momento, el mundo exterior dejó de existir. Olvidé el retraso, olvidé a mis compañeras que contenían la risa al fondo, olvidé incluso por qué estaba allí. Solo existíamos él y yo, separados por un abismo de autoridad y una curiosidad que me quemaba: ¿Quién era él?
¿Por qué no salía corriendo? ¿Por qué mis piernas no obedecían mi instinto de huida? Los segundos se estiraron como una eternidad bajo su análisis silencioso. Él esperaba. Sabía que tenía el control total de la escena.
Finalmente, logré rescatar mi propio nombre del abismo de mi memoria y lo pronuncié, casi como un susurro. Bajo la luz azulada de las diapositivas, el verdadero interrogatorio acababa de comenzar.
—Lenore—, exclamé
— Bueno, Lenore, nos estábamos presentando. ¿Cuántos años tienes? — dijo, su voz pausada y grave resonando con una autoridad que congeló el aire del aula.
Detrás de sus lentes, sus ojos me analizaron de arriba abajo con una fijeza clínica, casi quirúrgica. No me dio permiso de tomar asiento. Me quedé allí parada, en mitad del pasillo, sintiéndome completamente expuesta bajo el peso de las miradas curiosas de todo el salón.
—Dieciocho —contesté, intentando forzar mi habitual tono serio para ocultar el vuelco que acababa de dar mi corazón.
Pero su interrogatorio no concluyó ahí. Él dio un paso lento por el estrado, cruzando los brazos.
—Y... ¿en qué te gustaría especializarte?
Lo pensé un par de segundos, sintiendo la boca pastosa.
—Cardiología... o neurología.
—¿Por qué? —lanzó de inmediato. La pregunta fue seca, directa, cargada de una exigencia implacable.
Esa sola palabra me desarmó por completo. El calor del salón aumentó de golpe; sentí cómo el pulso se me aceleraba en los oídos y mis manos comenzaron a temblar contra la libreta que apretaba contra mi pecho.
Un frío sudor me recorrió la frente. Nunca lo había pensado con profundidad. Ni siquiera sabía con certeza por qué había decidido pasarme la vida vistiendo un uniforme blanco o por qué estaba atrapada en esa facultad. La presión psicológica de su mirada fija me estaba asfixiando; necesitaba una salida urgente ante tal escrutinio.
Tragué saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta amenazaba con romper mi compostura. Miré sus ojos oscuros a través de mis lentes y, buscando aire, supe que solo la verdad más cruda lo haría detenerse.
—Hace unos años tuve un accidente... donde mi hermano falleció —solté. La confesión cayó como un yunque en el aula. El murmullo del fondo se extinguió por completo—. Quiero... poder entender lo que pasó. Y ayudar a personas que no...
La voz se me cortó. Una oleada de calor me subió al rostro y mordí mi labio inferior con fuerza; no iba a llorar ahí, no frente a él, no frente a todos. Inspiré hondo y forcé las últimas palabras:
—...personas que no reciben la ayuda necesaria.
Un silencio denso y pesado se instaló entre los dos. Por primera vez, el doctor pareció registrar la gravedad de mis palabras detrás de sus lentes, evaluando la grieta que acababa de abrir en mi armadura. Tras esos eternos segundos de tensión, simplemente asintió una sola vez con la cabeza, dándome la tregua que tanto ansiaba.