Aquel inicio tan intenso del viernes marcó por completo el rumbo de mi clase, sembrando una duda constante que me persiguió durante todo el primer semestre.
Algo dentro de mí no me convencía del todo; no lograba descifrar si el doctor era un buen maestro o simplemente un ególatra jugando con nosotros.
Por una parte, Evans tenía ese lado insoportable. Se aventaba chistes mediocres que no daban nada de risa, lanzaba comentarios cargados de un sarcasmo ácido e incluso recurría a micro humillaciones que nos ponían la piel de gallina, como leer nuestras calificaciones en voz alta frente a todo el grupo, exponiendo nuestras fallas sin pizca de remordimiento o romper nuestros quizzes delante de todos solo por olvidarse poner el nombre.
Pero luego, el tablero cambiaba. Otras veces se comportaba como la típica persona que intenta caerle bien a todos; nos salía con el discurso de que él nos entendía perfectamente porque, después de todo, se consideraba un "adulto chiquito" que no estaba tan lejos de nuestra edad.
Esa dualidad me estaba volviendo loca. No entendía muy bien por qué sentía la necesidad de hablar de él 24/7 con mis amigas, ni por qué mi mente se saboteaba a sí misma obligándome a pensar en qué hacía después de las clases, a dónde iba o cómo era su vida fuera de los muros de la universidad. Se había convertido en una especie de sombra en mi cabeza.
Y la línea entre la curiosidad y la obsesión terminó de borrarse este martes, cuando lo encontré en la cafetería de la facultad.
El lugar estaba retacado del ruido habitual de los estudiantes, el olor a café barato y el tintineo de las cucharas. Mi amiga Nicole y yo estábamos cumpliendo la sencilla tarea de ir por un popote; nuestro proyecto de tecnologías se había averiado a última hora y necesitábamos una solución rápida, lo que fuera, para salvar la entrega.
En cuanto cruzamos la entrada de la cafetería, lo vi.
Mi corazón dio un vuelco violento contra mis costillas. No podía ser posible. Faltaba una hora entera para que empezara la clase de anatomía, ¿qué demonios hacía él aquí?
El Doctor Evans estaba sentado en una de las mesas del rincón, alejado del bullicio. Lucía su traje quirúrgico negro, el cual hacía que su figura se viera impecable, casi recortada artificialmente contra el fondo desgastado de la cafetería. Tenía la espalda recta y trabajaba concentrado en su PC, con la luz de la pantalla reflejándose sutilmente en el cristal de sus gafas.
Se veía tan pulcro, tan extrañamente fuera de lugar entre el caos de los alumnos, que me resultó imposible apartar los ojos.
No sé si lo miré demasiado o si mi fijeza fue tan intensa que logró romper su burbuja de concentración, pero, de pronto, el doctor levantó la vista. Directo hacia mí.
En ese milisegundo, el ruido de la cafetería pareció ensordecer, el tintineo de las cucharas se apagó y el mundo se detuvo por completo. Detrás de sus lentes, sus ojos oscuros se clavaron en los míos con esa misma mirada clínica y analítica del primer día, atrapándome a la distancia. Nicole me dio un ligero empujón en el brazo, recordándome el maldito popote, pero mis pies se habían quedado completamente clavados en el piso.
Evans no apartó los ojos.
Mi mente imaginó todo y a la vez nada. Fue un segundo eterno donde me creé mil escenarios en la cabeza, pero cuando logré regresar a la realidad, cambié sutilmente de posición para refugiarme al lado de mi amiga, usándola como un escudo humano. Por fin entramos a la barra por el maldito popote.
Estaba segura de que él se me había quedado viendo todo ese instante. Para aligerar el ambiente y convencer pendejamente a mi corazón de que bajara las revoluciones, me puse a platicar de lo más normal con Nicole, riéndome de cualquier tontería sobre el proyecto de tecnologías. Pero era inútil; sentía una presión física en la nuca, como si su mirada se clavara en mí a través del aire pesado de la cafetería.
Ya no aguanté la duda. Fingiendo total demencia, volteé a verlo discretamente... pero me topé con algo completamente distinto.
Evans no me estaba mirando. Tenía los ojos fijos en la pantalla de su PC, con los dedos moviéndose sobre el teclado con una calma absoluta, concentrado en su trabajo como si nada a su alrededor existiera.
Me quedé estupefacta. El aire se me congeló en los pulmones. Estaba completamente segura de que hace un momento él estaba volteando exactamente en mi dirección, devorándome con la mirada.
¿Habré imaginado esa conexión? ¿Mi mente sobrepensadora me estaba jugando una broma de pésimo gusto, o Evans era tan sumamente calculador que sabía exactamente cuándo apartar la vista para hacerme dudar de mi propia cordura?
—¿Lenore? Ya tenemos el popote, muévete antes de que se nos haga tarde para anatomía —el susurro de Nicole me trajo de golpe a la tierra.
Apreté el plástico entre mis dedos, sintiendo una mezcla extraña de vergüenza y frustración. Pasé junto a su mesa intentando no respirar, pero la duda ya se había quedado sembrada en mi cabeza para el resto del semestre.
La cosa no terminó esa mañana, cada día era más raro que el anterior. Empezó a cambiar su trato conmigo; me hablaba de cosas normales fuera del libreto estricto de la clase y me buscaba constantemente con la mirada por encima de las cabezas de mis compañeros.
Lo más extraño de todo era su clemencia: si respondía mal a una de sus preguntas sobre anatomía, no lanzaba sus habituales comentarios sarcásticos o simplemente dejaba de interrogarme, dándome una tregua que jamás le otorgaba a nadie más.