Entre susurros

Capítulo 5: FOD

La fiesta de Halloween me hizo pensar varias cosas. Sin embargo, el fin de semestre se acercaba y con ello los exámenes y el último estrés antes de por fin irnos de vacaciones decembrinas.

Mi mente estaba atormentada por pensamientos que me decían que no iba a volver a ver a Evans, y una tristeza profunda inundaba mi ser.

Qué tonta. ¿Por qué me importaba tanto un profesor que apenas si me registraba fuera de sus preguntas capciosas?

Pero el sentimiento estaba ahí, clavado en el pecho, recordándome que el tiempo se estaba agotando.

Este lunes era el último día que íbamos a entrar al anfiteatro. No pensaba que fuera a decir esto algún día, pero realmente extrañaría el olor a formol y sentirme como toda una cirujana diseccionando a "Chicharrón", el cadáver de en medio el cual apodamos así en mi grupo.

Terminé de amarrarme la bata y de ponerme mi equipo de protección personal, acomodando mis curtain bangs rebeldes antes de ponerme los lentes. Al entrar al laboratorio, el frío de las planchas de acero inoxidable y los azulejos pálidos ya no me daban miedo; se sentían como un espacio propio.

Nicole y Nikki ya estaban junto a nuestra mesa, revisando por última vez las estructuras con las pinzas de disección. Había una mezcla rara de nostalgia y alivio en el aire. Sabíamos que esta era la última vez que estaríamos todos reunidos en ese ambiente estéril antes de que las vacaciones de diciembre cambiarán todo el panorama.

El doctor, como de costumbre, se paseaba y se quedaba vigilando mesa por mesa, haciendo correcciones y supervisando que nuestro trabajo fuera impecable. Este día venía vestido de pijama quirúrgica negra y su gorro de La noche estrellada de Van Gogh.

Siempre me había parecido fascinante esa pintura; una obra nacida desde el encierro y la melancolía de un hospital psiquiátrico, donde los remolinos de luz en el cielo nocturno parecen un reflejo de una mente atormentada y brillante. Qué irónico que Evans llevara precisamente ese diseño en la cabeza, como si su propia mente fuera un laberinto igual de complejo que los trazos de Vincent.

Pero bueno, casi cuando la clase se iba a acabar, llegó Evans a nuestra mesa, se paró justo delante de mí y exclamó:
—¿Mi traje y mi gorro combinan?

Lo miré de arriba abajo, juzgándolo en silencio, intentando procesar si de verdad estaba bromeando o si esas palabras en serio habían salido de su boca.

¿El implacable Doctor Evans estaba buscando aprobación de moda en el anfiteatro de anatomía? Afortunadamente, yo llevaba el cubrebocas puesto y no se vio la expresión de absoluto shock y confusión que hice. Los demás en la mesa, rompiendo la tensión del momento, empezaron a darle aprobación y cumplidos de inmediato.

—Le queda súper bien, doctor —dijo una de mis compañeras.
—Sí, combina perfecto —añadió otra, mientras Evans parecía disfrutar genuinamente de la atención.

Evans se quedó mirando, esperando una reacción mía que no le di la fortuna de ver; sino que, al contrario, me concentré todavía más en la disección, ignorando olímpicamente su mirada inquisitiva.

Faltaba ya poco para que la clase concluyera. Evans se movió un poco, se paró justo en medio de una compañera y yo, y comenzó a platicar de lo más relajado con los tres chicos que estaban en nuestra mesa. En ese momento, la jefa de grupo se acercó y le dijo lo bien que olía su perfume, a lo que él, con su típica seguridad desbordante, respondió que siempre olía bien.

No era mentira. Al estar ahí parada a su lado, invadida por su cercanía, tuve que admitir para mis adentros que el doctor siempre olía bastante bien, un aroma que lograba ganarle por completo al mismísimo formol del anfiteatro.

El reloj marcó la hora de salida y, con un último suspiro, nos despedimos de "Chicharrón" y dejamos el laboratorio. Esa última mañana de anfiteatro quedó atrás, abriéndole paso a la verdadera cuenta regresiva.

Los días siguientes pasaron en un abrir y cerrar de ojos, sepultados bajo una montaña de entregas finales, resúmenes de última hora y el estrés acumulado de toda la facultad que ya arrastraba los pies por los pasillos.

Sin embargo, conforme las fechas avanzaban, la presión de los exámenes no era lo único que me desgastaba; la idea fija de que las vacaciones decembrinas estaban a la vuelta de la esquina me generaba una tristeza que se me instalaba en el pecho. Saber que pasaría semanas enteras sin tener que ir a la universidad, y por ende, sin volver a ver a Evans, me atormentaba la mente.

Me sentía una tonta por extrañar a un profesor, pero el sentimiento era real y pesaba cada vez más a medida que el calendario se vaciaba.
Hasta que, finalmente, el último día de clases del semestre llegó.

El ambiente en la escuela era una mezcla de euforia y cansancio absoluto. Los pasillos estaban más ruidosos que de costumbre, los alumnos cargaban mochilas casi vacías y los salones se sentían diferentes, como si el espacio mismo ya estuviera de vacaciones. Nicole, Nikki y yo caminábamos hacia nuestra última aula, listos para cerrar este primer capítulo de la carrera.

Evans llegó enfermo, luciendo muchísimo más agotado de lo normal. Sus ojos lagrimeaban a cada rato, tanto que debía quitarse los lentes constantemente para limpiarse. Aún así, a pesar de lo mal que se sentía, se dispuso a darnos la revisión; la última revisión del semestre.

Casi no habló durante todo el proceso, y cuando lo hacía, modulaba la voz en un tono muy bajo, casi íntimo, que obligaba a prestarle toda la atención del mundo.

Cuando por fin pasó mi turno, me acerqué a su escritorio. Me dio mi calificación y me indicó el espacio donde tenía que firmar. Yo iba a acomodar la hoja para escribir más cómoda, pero la mano de Evans se quedó fija sobre el papel. En ese instante me congelé: no podía mover la hoja ni tampoco podía recargar mi propia mano, porque hacer cualquiera de las dos cosas significaría tocar la suya directamente.




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