Por fin miércoles. Estaba muchísimo más nerviosa de lo normal, pero "ya se me pasará", pensé para mis adentros mientras caminaba rápido por los pasillos de la facultad.
Llegué temprano a clase; no podía darme el lujo de llegar tarde por segunda vez con él. Tomé el mismo asiento del día anterior cerca de la pared y, para mi sorpresa, Micaela también se sentó al lado de mí de nuevo. En ese momento, una extraña sensación de alivio me recorrió: por alguna razón me sentía más cómoda, sentía un pequeño apoyo y que, después de todo, ya no estaba tan sola en ese salón desconocido.
El reloj avanzó y Evans entró después de veinte minutos de la hora de entrada. Venía más serio que nada, con esa presencia imponente que lo caracterizaba y que de inmediato hizo que el salón se quedará en absoluto silencio. Dejó sus cosas sobre el escritorio de manera pausada y, sin perder el tiempo, empezó a presentarse.
Era la presentación que yo había perdido el semestre pasado por haber llegado tarde en mi primer día. Lo escuché con total atención mientras hablaba de él, de sus estudios, de su trayectoria y de lo exigente que sería la materia. Una vez que terminó, clavó su mirada en el grupo y anunció que ahora era nuestro turno de presentarnos uno por uno.
Cuando por fin llegó mi turno, me puse de pie. Sentí su mirada completamente fijada en mí, fría y analítica, desarmándome en un segundo.
—Um... Buenos días. Me llamo Lenore, tengo 18 años, soy de Windview y... sí, tengo familiares médicos —dije, intentando mantener la compostura mientras sentía mi pie temblando de puros nervios debajo de la banca.
Evans no apartó los ojos de mí. Se me quedó viendo unos instantes más, manteniendo un silencio que hizo que el salón se sintiera eterno, hasta que por fin declaró con su tono pausado:
—¿Tus papás me habías dicho?
Me quedé helada y con una total cara de confusión.
—Eh no, mi prima. Ya está en último año de su servicio y ya casi se gradúa —lo corregí de inmediato.
Él simplemente asintió con la cabeza, con esa seriedad indescifrable que siempre se cargaba. No sé si solo me dio el avión para no verse mal o si de verdad registró el dato, pero pasó directo al siguiente compañero.
Sentarme de nuevo en mi banca y verlo ahí al frente explicándonos la clase me daba una mezcla tremenda de emoción y, a la vez, muchísimos nervios.
Los días siguientes fueron de lo más normales, salvo por un pequeño y constante detalle: en vez de llamarme Lenore, decidió empezar a llamarme "Leonor". No sé si lo hacía a propósito para molestarme, si de verdad se le cruzaban las letras o si era su manera de jugar conmigo, pero cada santo día de pase de lista o participación tenía que corregirlo.
—Es Lenore, doctor —le decía yo.
Y él solo me miraba de reojo antes de continuar.
A su vez, mi amistad con Micaela se hizo más estrecha, tanto que un día, entre plática y plática, me armé de valor y me atreví a confesarle mis verdaderos sentimientos por Evans. Al principio me dio muchísimo miedo; fue raro y no sabía si me juzgaría o si pensaría que estaba mal de la cabeza por andar enamorada del profesor de Anatomía.
Pero no lo hizo para nada. Por el contrario, lejos de ponerme un freno, ¡alimentó toda mi esquizofrenia! Cada vez que Evans hacía algo medianamente sospechoso o se me quedaba viendo, Micaela era la primera en hacerme segunda y empezar a armar teorías conmigo.
…
La oportunidad perfecta para demostrar de lo que éramos capaces llegó con un proyecto especial de Anatomía. Nos tocó exponer en español o en inglés, y para lucirnos, llevamos una maqueta de un corazón que nos había quedado, em…. Presentable.
Cuando pasó nuestro turno al frente, Evans se quedó completamente sorprendido. Durante toda nuestra explicación no despegó los ojos de la maqueta; no nos interrumpió, no dijo nada, ni nos hizo las típicas preguntas difíciles para ponernos nerviosos. Solo se limitó a admirar el corazón con una atención genuina.
Al terminar, nos miró y, de manera muy calmada, nos preguntó:
—¿Es la vista anterior o la posterior?
Micaela, llevada por los nervios del momento, se adelantó a responder con seguridad:
—La anterior, doctor.
En realidad era la posterior. Evans no la regañó ni se puso estricto; en su lugar, dibujó una ligera sonrisa en el rostro y nos dijo con tono suave:
—Lo digo porque estamos viendo la vena cava, y esa pasa por la parte posterior.
Sentí las mejillas calientes por el error, pero esa sonrisa tranquila me dejó procesando el momento.
A pesar de que mi cabeza seguía completamente ida, intentando descifrar cada microgesto de Evans y alimentando la esquizofrenia con Micaela, la realidad era que él no era el único hombre en esa facultad que estaba alterando mi día a día.
De manera casi imperceptible, Liam había empezado a tener unos detalles conmigo que yo no estaba acostumbrada a recibir de ningún chico de mi edad. Eran pequeñas muestras de una caballerosidad tan marcada que era imposible ignorarlas; desde la forma en que me hablaba hasta esos gestos casi de otra época que me hacían cortocircuito en la cabeza.
Y es que, mientras yo me derretía por las miradas confusas de mi profesor de Anatomía, Liam, con su camisa impecable y su corbata bien puesta, ya estaba empezando a romper mi rutina con una sutil caballerosidad que se sentía demasiado intensa para ser real.