Desde hace unos meses comencé a notar que Liam tenía actos caballerosos conmigo. Al principio, me convencí de que simplemente así era él con todo el mundo, o que mantenía esa atención conmigo porque sabía que yo era amiga de Nikki. No quería hacerme ideas falsas en la cabeza.
Sin embargo, un miércoles las cosas cambiaron cuando subimos al laboratorio del Anatomage para la clase de Anatomía. El espacio estaba llenísimo y, para cuando entramos, ya no había más asientos disponibles.
Micaela alcanzó a ganar una silla justo al lado de Liam, pero yo me quedé parada. No es que me importara mucho; incluso estar parada era mejor para mí en ese momento, sentía que me cansaba menos después de estar tanto tiempo sentada en las otras aulas.
Liam estaba completamente concentrado en su celular, ignorando el movimiento a su alrededor, hasta que levantó la mirada y me vio ahí de pie. En un movimiento rápido, se paró de su asiento y juntó su silla con la de Micaela. Acto seguido, él caminó hacia el fondo del laboratorio, fue por un banco extra para él y tomó asiento en él.
Luego, me miró fijamente y exclamó:
—Siéntate, Lenore —dijo, ofreciéndome la silla que acababa de dejar libre.
Me quedé helada a mitad del laboratorio. Ese pequeño gesto, hecho con tanta naturalidad frente a los demás, me descolocó por completo.
Ya no era solo "ser amable por ser amigo de Nikki"; Liam se había tomado la molestia de pararse y buscar dónde sentarse él con tal de que yo no pasara la clase de pie. Me acomodé los lentes, caminé hacia el lugar y me senté al lado de Micaela, sintiendo cómo mi teoría de que "así era con todas" se empezaba a desmoronar por completo.
Sin embargo, la calidez del momento se vio interrumpida cuando tuve una fuerte sensación de que alguien nos vigilaba. Después de tomar asiento, alcé la vista y mis ojos se cruzaron de golpe con los de él. Con Evans. Aunque permanecía serio, con esa cara que emanaba una calma impenetrable, me miraba fijamente.
Su mirada era filosa, quirúrgica, analizando cada gesto que hacía, cada risa y cada mirada que le dirigía a Liam.
Era una mirada que rayaba en algo parecido a... ¿celos?
Un chispazo de pánico y emoción me recorrió la espalda. Había perdido totalmente la cabeza; mi profesor no podía estar celoso, ¿o sí? Me quedé paralizada en mi lugar, sobrepensando cada segundo, alimentando mil teorías en mi mente sobre si era posible que realmente le importara, si mi presencia provocaba algo en él o si Liam había activado una competencia territorial.
Mi mente ya estaba armando toda una novela trágica de posesión y romance prohibido cuando, de pronto, Evans rompió el contacto visual, giró sobre sus talones y se puso a hacer chistes mediocres y a reírse de lo más normal con otra bolita de compañeros al otro lado del salón, como si nada en el universo hubiera pasado.
Me quedé estupefacta. Una vez más, mi esquizofrenia y mi capacidad para inventar cine me habían jugado una broma de pésimo gusto en cuestión de tres segundos.
En las semanas siguientes, Liam empezó a buscar cualquier pretexto para juntarse conmigo en el laboratorio y llamar mi atención durante las prácticas. Si estábamos revisando un modelo en el Anatomage, él se las ingeniaba para quedar cerca, hacerme algún comentario o buscar mi mirada.
Sin embargo, yo entraba en un conflicto tremendo. Cada vez que estábamos en la clase de Anatomía, hacía mi mayor esfuerzo por ignorarlo. No era por grosera, sino porque sentía la mirada pesada del doctor Evans sobre nosotros; estaba convencida de que su rostro se ponía muchísimo más serio e imponente cuando nos veía interactuar.
Mi mente, alimentada por la esquizofrenia, no dejaba de dar vueltas: no quería por nada del mundo que Evans pensara cosas que no eran, o que se imaginara que entre Liam y yo había algo más.
Así que me debatía en un juego silencioso y estresante: mientras Liam intentaba llamar mi atención con su sutil caballerosidad, yo mantenía los ojos fijos en el pizarrón o en las estructuras anatómicas, tratando de ignorar los latidos de mi propio corazón y rezando porque Evans no malinterpretara la cercanía.
Sin embargo, esa burbuja de ilusión que tenía con Evans no tardó en reventar. Con el paso de las semanas, el Doctor Evans empezó a ponerse increíblemente estricto, adoptando una actitud pesada y rígida que terminó por cansarme.
Verlo ser tan duro en el salón me dio un golpe de realidad: me di cuenta de que debía dejar de ilusionarme por él de una buena vez y apagar esa esquizofrenia que no me llevaba a ningún lado.
Así que cambié el chip. Comencé a ignorarlo de verdad, a no estar tan pendiente de cada microgesto que hacía en el pizarrón y, sobre todo, a perder esa emoción boba que me daba el simple hecho de ir a la clase de Anatomía. Ya no era el centro de mi atención; ahora solo era un profesor más dándonos clase.
O al menos eso intentaba yo, hasta que el destino —o las ganas de Evans de complicarme la existencia— decidió jugar en mi contra.
Un día, después de una de sus densas explicaciones, Evans se paró frente al grupo con su habitual seriedad y anunció que tendríamos que realizar una presentación especial. Con voz pausada, comenzó a dictar los equipos que él mismo había armado. Escuché con atención hasta que pronunció mi nombre, y las dos personas que nombró justo después hicieron que me quedara helada en la banca.
El equipo estaba conformado por Micaela, Liam y yo.
Me acomodé los lentes y miré de reojo a mis nuevos compañeros. Por un lado, tenía a mi confidente de teorías locas y, por el otro, al chico de la corbata que no dejaba de buscar mi atención con sus actos caballerosos. Y para rematar, todo esto bajo la estricta y vigilante mirada de Evans, quien parecía habernos amarrado en ese trío a propósito.
Sin embargo, a pesar de los nervios iniciales y del estrés de tener a Evans encima, al final terminé agradeciendo muchísimo esa presentación. El proyecto se convirtió en la excusa perfecta que necesitaba para dejar de ignorar a Liam y empezar a hablarle bien, sin el miedo constante de qué diría el profesor.