Entre Tabaco Y Prostitutas

El ocaso del Mar

La caída del inmenso astro de color ardiente frente a las costas de arena cobriza fiel reflejo de su agonía transitoria, destellantes miniaturas que se alejan al morir la ola frente a la playa, ahí se encontraba Juan, se había preguntado miles de veces si tenía que morir justo ese día, ese bello atardecer frente a él no hizo más que joderle el plan.  –y si la vida es mucho más que amar- pensó taciturno aquel muchacho delgado y con un aire descuidado y torpe.

La gente alegre posaba sus cámaras frente a la imponente luz agónica que sucumbía sobre destellantes sabanas azules en la soledad, era el dulce preámbulo de su propia muerte, estaba escrito en un pequeño trozo de papel pésimamente  doblado, desgastado por el sudor de dedos nerviosos, inspeccionado mil veces por ojos lúgubres, justo después de ver el atardecer se mataría, la singular gragea de cianuro lo esperaba mientras Juan imaginaba una y mil veces como seria aquel daño. – No me decepciones, haz tu trabajo rápido-. Murmuró el muchacho introduciendo su mano derecha en un bolsillo situado en el lado izquierdo de su camisa rayada, debía esperar unos minutos más, el sol aún no se había marchado.

 Solía recordar aquella vez en la que dormía junto a ella, acariciando suavemente su cabello, su corazón se envenenaba de amor sus ojos se cerraban al sonido estrepitoso de las olas burbujeantes, podía verla recostada sonriendo con sus curvas delicadamente eclipsadas por sábanas blancas, su cabello era la forma ondulante y danzante de un amor que lo había marcado, llevaba su recuerdo a todos lados, y aunque lo había intentado mil veces no se permitía amar con la misma severidad, después de ella  ya no recordaba  como volver a hacerlo.

Junto con la brisa marina un manto aterciopelado delicadamente perfumado bajó silenciosamente y se posó sobre sus ojos, movió suavemente su cabeza y una corta risa inundó su tempestuoso pesar y sus oídos,  eran las suaves manos de Margarita la mujer que tanto había amado, siempre se encontraban por ahí, como una casualidad tormentosa y confabulada.  

Que hermoso atardecer, nunca supe porque te gustaba tanto el cielo, alguna vez me lo dijiste pero ya no lo recuerdo.– dijo ella sentándose a su lado, las piernas levemente cruzadas hacían alarde de su gracia y su crianza.

No hubo respuesta pues sus labios no se lo permitían aún,  asimilaba su presencia, lo único que se le ocurrió fue sonreír, su corazón latía con júbilo trataba de salir de su pecho y doblegarse ante su amor, en un intento bochornoso por suplicarle su salvación, encomendarle su alma y no tener por fin que cometer su propia extinción.

   Ven–dijo ella con su voz suave y femenina. 

Qué sentido tiene venir a la playa y no mojarte los pies con las olas – agarró de la mano al muchacho que fue expulsado de su funesto letargo.

Yo siempre te amé- se dirigió Juan a su amada, con una voz débil y entrecortada. 

No he dejado de hacerlo, prometo cuidarte más no te vayas-. dijo con un tono suplicante y quebrado  sus ojos cristalizados atravesaron los de ella, sonrió por el alivio de su carga desmontada.

Las olas reventaban en la orilla dejando espuma y brillo fugaz  por el  cuarto de luz rojiza  que sutilmente adornaba la escena, las gaviotas con su graznido elevaban su vuelo hacia las nubes pálidas cortando el viento que misterioso agitaba levemente las palmas.

No me iré, no llores más.– dijo la mujer con su sonrisa que envolvía la mirada del muchacho perdido en sus brillantes perlas blanquecinas.

Prometo no dejarte más.

No tienes que hacerlo–  pronunció Margarita.

  Todo fue mi culpa, nunca debí dejarte sola esa noche.

Tranquilo, son cosas que pasan.

El muchacho abrazo fuerte a su amada, sentía como sus corazones se unían y reposaban en una calma abrumante, sus cuerpos volvían a danzar juntos y sus manos a entrelazarse, ya no le importaba el sol ni la noche, aquel crepúsculo ansiado ahora carecía de importancia.

  Vamos, ya no hay nada aquí para nosotros.– Pronunció Margarita tomando a su amado de la mano en dirección al mar. 

siente las olas siempre me gustó el mar, ojalá no lo hayas olvidado.

Juan miró su bolsillo por última vez, el destino antes lo había engañado con sueños largos y desmayos gratificantes pero ahora sencillamente no estaba, lo había hecho, finalmente lo había alcanzado, ya no tendría que sufrir por ella, se había envenenado, y su deseo cumpliese por fin.

 

 



B.M. ALVARADO

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En el texto hay: suicidio, amor, soledad

Editado: 23.06.2019

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