CAPÍTULO 2
El colegio “San Marcos” era más grande de lo que parecía desde afuera.
Tenía dos pabellones.
El de primaria… donde estaba Matheo.
Y el de secundaria… donde ahora estudiaba Italo.
Antes caminaban juntos hasta el salón. Antes se sentaban en el mismo patio. Antes compartían recreo.
Pero ahora no.
Ahora Italo cruzaba el portón y se iba hacia la derecha, hacia el edificio más alto, donde estudiaban los mayores.
Y Matheo se quedaba mirando unos segundos.
Como si en ese pasillo también se hubiera ido algo más que su primo.
—¿Qué miras tanto? —preguntó Diego, un compañero de su salón.
—Nada.
Pero no era verdad.
Estaba mirando cómo Italo caminaba con otros chicos. Más altos. Más ruidosos. Más seguros.
Ya no lo esperaba.
Ya no volteaba a verlo.
Esa mañana, mientras la profesora Jennifer escribía en la pizarra, Matheo apenas podía concentrarse.
—La energía se transforma, pero no desaparece —explicaba ella.
Matheo pensó que tal vez las personas también se transformaban.
Y a veces… desaparecían un poco.
En el recreo, decidió acercarse al pabellón de secundaria. Sabía que no debía, pero nadie vigilaba mucho esa zona.
Lo vio detrás del kiosco.
Italo estaba con tres chicos mayores. Uno de ellos tenía una mochila negra colgada al hombro.
La misma mochila que Gabir había mencionado la noche anterior.
El corazón de Matheo empezó a latir más rápido.
Se acercó despacio.
—Oe —dijo intentando sonar natural—, abuelo está molesto.
Italo lo miró apenas.
—¿Y?
—Faltan herramientas otra vez.
Uno de los chicos soltó una risa corta.
—Siempre faltan cosas en los talleres viejos.
Matheo sintió que algo no estaba bien.
—Gabir dijo que vio una mochila.
El ambiente cambió.
Silencio.
Pesado.
—Tu hermano ve cosas todo el tiempo —respondió Italo con frialdad—. No significa nada.
Eso dolió.
No por lo que dijo.
Sino por cómo lo dijo.
—Solo te aviso —murmuró Matheo.
—No seas niño, Matheo —dijo uno de los chicos mayores—. Vuelve a tu pabellón.
Niño.
La palabra se clavó como una astilla.
Matheo bajó la mirada.
Tenían razón.
Él todavía era de primaria.
Todavía lo llamaban a la pizarra.
Todavía tenía tareas con cartulina.
Ellos hablaban de dinero.
De cosas grandes.
De “negocios”.
Cuando regresó a su salón, la profesora Jennifer lo notó distinto.
—Matheo, ¿puedes quedarte un momento después de clase?.
El estómago se le encogió.
Al terminar la jornada, el salón quedó vacío.
La profesora se sentó frente a él, sin escritorio de por medio.
—Te veo preocupado.
—Estoy bien.
—No. No lo estás.
La forma en que lo dijo hizo que Matheo sintiera ganas de llorar sin saber por qué.
—A veces —continuó ella—, cuando admiramos a alguien, podemos empezar a seguirlo…
incluso si no estamos seguros del camino.
Matheo levantó la mirada de golpe.
¿Sabía algo?
—Yo no estoy siguiendo a nadie —respondió rápido.
—Solo quiero que recuerdes algo —dijo ella con suavidad—. Crecer no significa hacer cosas malas. Crecer es aprender a decidir.
El timbre final sonó en ese momento.
Matheo salió caminando lento.
En la puerta del colegio vio a Italo cruzar la calle con sus amigos. La mochila negra golpeaba contra su espalda mientras caminaba.
Por un segundo, Italo volteó.
Sus miradas se cruzaron.
No fue una mirada de complicidad.
Fue una mirada de advertencia.
Esa noche, el abuelo José revisó el taller más temprano de lo normal.
—Esto ya no es casualidad —murmuró.
Gabir estaba sentado en el suelo, golpeando suavemente dos piezas metálicas una contra otra.
Clink.
Clink.
Clink.
De pronto, dejó de hacerlo.
Se levantó.
Caminó hacia la puerta del taller.
Y señaló la calle.
—Negro.
Matheo sintió que la piel se le erizaba.
Porque en ese momento, pasando lentamente frente a la casa…
Iba la mochila negra.
Editado: 06.03.2026