Entre Tornillos y Secretos

LA NOCHE QUE TODO CAMBIO

CAPÍTULO 4

El sonido volvió,clink metal contra metal, No era imaginación, no era el viento.

Era real.

Matheo se levantó despacio de la cama. Sus pies tocaron el suelo frío. Sentía el corazón en la garganta.

Gabir estaba sentado, abrazando sus rodillas.

—Negro… —susurró.

Desde el pasillo, una sombra se movió.

El abuelo José ya estaba despierto.

Matheo lo vio tomar una linterna y caminar hacia la puerta sin hacer ruido.

Magaly apareció detrás, nerviosa.

—José, espera—

Pero él ya había salido.

La puerta del taller se movió con un crujido suave.

Alguien estaba forzando la cerradura.

El abuelo encendió la linterna de golpe.

La luz cortó la oscuridad.

—¡¿Quién está ahí?!

Silencio.

Luego un movimiento brusco.Una figura salió corriendo por el costado del taller.

Otra más detrás.

Matheo, que había salido sin que lo notaran, se quedó congelado.

La mochila negra cayó al suelo en la huida.

El abuelo corrió unos pasos, pero no pudo alcanzarlos.

Uno de los chicos tropezó.

La linterna iluminó su rostro por un segundo, no era Italo.

Era uno de los chicos mayores de secundaria, pero no estaba solo.

Un poco más atrás, parado con tranquilidad, estaba alguien más,Pedro.

Un chico mayor del barrio. Tendría unos 16 o 17 años. Siempre merodeando las esquinas. Siempre con esa sonrisa torcida que no daba confianza, No corría.

No parecía asustado, solo observaba.

Sus ojos se cruzaron con los del abuelo por un segundo, Y luego dijo, con calma:

—Vamos.

Los chicos salieron huyendo. Pero el abuelo ya había visto suficiente.

Matheo sintió un escalofrío.

Eso ya no era un juego de adolescentes.

Pedro no estudiaba en el colegio. Había dejado las clases hacía tiempo. Todos en el barrio sabían que se metía en cosas raras.

Y ahora estaba usando a chicos menores.

A la mañana siguiente, el abuelo llamó a Italo antes de que fuera al colegio.

Estaban en el taller. El olor a aceite y metal llenaba el aire.

—Siéntate —ordenó el abuelo.

Italo no respondió de inmediato. Pero obedeció.

Matheo observaba desde la puerta, sin que lo notaran.

—Anoche vi a Pedro —dijo el abuelo sin rodeos.

Silencio.

—Y también vi con quién anda.

Italo apretó los puños.

—Yo no robé nada.

—Pero estabas ahí.

El abuelo no levantó la voz.

Eso lo hacía más fuerte.

—Ese muchacho no es buena compañía —continuó—. Está usando a los chicos del barrio. Les promete dinero fácil. Pero cuando las cosas se pongan feas, él no va a dar la cara.

Italo levantó la mirada, desafiante.

—Usted no entiende.

—Entiendo más de lo que crees —respondió el abuelo con firmeza—. Entiendo lo que es sentirse solo. Entiendo lo que es que alguien se vaya.

La expresión de Italo cambió.

Por primera vez, no parecía enojado.

Parecía herido.

—Desde que tu mamá se fue a España, cambiaste —dijo el abuelo más suave—. Rosario no se fue porque quisiera abandonarte. Se fue para trabajar. Para ayudarte.

El nombre cayó pesado en el aire. Rosario.

La mamá de Italo.

La hija del abuelo.

—No sabe lo que es estar aquí —murmuró Italo.

—Y tú no sabes lo que ella llora allá —respondió el abuelo.

Silencio. El taller parecía más pequeño.

Más cerrado.

—Si vuelvo a verte cerca de Pedro —dijo el abuelo finalmente—, hablaré con tu mamá.

Italo levantó la mirada de golpe.

—No.

—Sí. La llamaré hoy mismo si es necesario.

El miedo en los ojos del chico fue evidente.No miedo al castigo, miedo a decepcionarla.

—No lo haga… —susurró, casi como cuando era más pequeño.

El abuelo suspiró.

—Aléjate de esos chicos. Todavía estás a tiempo.

Italo no respondió.

Se levantó y salió del taller sin mirar a nadie.

Matheo sintió algo extraño en el pecho, no era solo miedo, era tristeza.

Porque entendía algo ahora:

Su primo no estaba haciendo todo eso por maldad, Estaba enojado, con la vida, con la distancia, con la ausencia y Pedro lo sabía, lo estaba usando.

Esa tarde en el colegio, Italo no habló con nadie.

Ni siquiera con Pedro.

Pero Pedro sí lo buscó.

Lo tomó del brazo detrás del pabellón.

—¿Te vas a echar para atrás? —preguntó con voz baja.

—Mi abuelo sabe.

Pedro sonrió sin humor.

—Tu abuelo no puede hacer nada.

Se inclinó un poco más cerca.

—A menos que quieras que le pase algo al taller de verdad.

El corazón de Italo se congeló.

Esto ya no era solo vender herramientas.

Pedro no pensaba detenerse.

Y ahora…

Nadie estaba a salvo.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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