Entre Tornillos y Secretos

VOCES DESDE LEJOS

CAPÍTULO 5

El taller no abrió esa mañana.

El abuelo José estaba sentado en la mesa de la cocina con el teléfono en la mano.El número de Rosario aparecía en la pantalla.

Italo estaba de pie frente a él. Quieto. Tenso.

—Todavía estoy esperando que me digas la verdad —dijo el abuelo.

—Ya le dije que no robé.

—Pero sabes quién lo hace.

Silencio.

Matheo observaba desde la puerta. Sentía que el aire era demasiado pesado para respirar.

El abuelo presionó el botón de llamada.

El tono internacional sonó largo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

—¿Papá? —se escuchó al otro lado, con eco lejano.

La voz de Rosario era cálida. Cansada.

—Rosario… tenemos que hablar de tu hijo.

Italo bajó la mirada.

—¿Qué pasó? —preguntó ella de inmediato, preocupada.

El abuelo no gritó. No acusó.

Explicó todo.

Las herramientas.

La mochila.

Pedro.

El silencio al otro lado de la línea fue más doloroso que cualquier palabra.

—Italo… —dijo Rosario finalmente— ¿es verdad?

El chico cerró los ojos.

—Yo no robé, mamá.

Su voz ya no era desafiante, era pequeña.

—Pero estuviste ahí, ¿verdad?

Lágrimas silenciosas cayeron por su rostro.

—No quería estar solo.

Esa frase rompió algo en todos.

Rosario también lloraba.

—Mi amor… yo tampoco quería irme.

El abuelo miró hacia otro lado.

Matheo sintió un nudo en la garganta.

La distancia dolía en ambos lados del océano.

—Te estás juntando con personas peligrosas —dijo ella con firmeza—. Si sigues así, regreso.

Eso sorprendió a todos.

—No puedes —susurró Italo.

—Si es para salvarte, sí puedo.

La llamada terminó con una promesa:

Italo debía alejarse de Pedro.

De inmediato.

Pero Pedro no pensaba soltarlo tan fácil.

Esa misma tarde lo interceptó detrás del colegio.

—¿Tu abuelo llamó a tu mamá? —preguntó con una sonrisa torcida.

Italo no respondió.

Pedro se acercó más.

—Escucha bien. Nadie se va hasta que yo diga.

—Ya no quiero seguir —murmuró .

La expresión de Pedro cambió.

Se volvió fría.

—Tu primito va a primaria, ¿no?

El mundo se detuvo.

—Ni se te ocurra —dijo Italo apretando los puños.

Pedro sonrió.

—Entonces coopera.

Mientras tanto, Matheo también empezaba a cambiar.Ya no quería quedarse mirando.En el recreo buscó a Valeria.

—¿Conoces a Pedro? —preguntó.

Ella frunció el ceño.

—El del barrio que dejó el colegio… dicen que se mete en cosas malas.

—¿Qué cosas?

—Mi hermano dice que roba motos.

Eso hizo que el corazón de Matheo se hundiera.

No eran solo herramientas.

Era algo más grande.

Esa tarde, el abuelo tomó otra decisión.

Instaló una cadena nueva en el taller.

Y habló con otros vecinos.

—Si ven algo raro, me llaman —dijo con firmeza.

La noticia se estaba expandiendo.

Pedro comenzaba a quedarse sin sombra donde esconderse.

Pero los chicos como él no retroceden fácil.

Esa noche, cuando todo parecía tranquilo…

Una piedra rompió la ventana del taller.

El vidrio explotó en mil pedazos.

Matheo gritó.

Magaly abrazó a Gabir

El abuelo salió corriendo.

En la calle, nadie.

Solo una nota en el suelo.

“Última advertencia.”

Matheo sintió el miedo recorrerle la espalda.

Esto ya no era solo un problema adolescente.

Era una amenaza real.

Y Pedro acababa de declarar guerra.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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