Entre Tornillos y Secretos

LAS GRIETAS DE PEDRO

CAPÍTULO 6

El vidrio roto del taller seguía en el suelo a la mañana siguiente.

El abuelo José no lo había limpiado todavía.

—Que todos lo vean —dijo con firmeza—. Que sepan que aquí no tenemos miedo.

Pero Matheo sí tenía miedo.

No por él.

Por Gabir.

Por el abuelo.

Por Italo.

En el colegio, el ambiente estaba extraño. Había rumores de que la policía había pasado por el barrio esa madrugada.

En secundaria, dos patrulleros estuvieron estacionados afuera unos minutos.

Pedro no apareció en la mañana.

Eso no tranquilizaba.

Eso preocupaba más.

Después del recreo, Italo salió solo por la parte trasera del colegio.

Sabía que Pedro lo estaba buscando.

Y lo encontró.

Apoyado en una pared, como si nada estuviera pasando.

—¿Vas a seguir jugando al héroe? —preguntó Pedro.

—Deja a mi familia fuera de esto.

Pedro soltó una risa seca.

—Tu familia ya está dentro.

Italo dio un paso al frente.

—Yo te ayudo. Pero ellos no.

Pedro lo miró fijamente.

—No entiendes cómo funciona esto. Nadie sale limpio.

Por primera vez, la máscara de Pedro se agrietó.

No parecía orgulloso.

Parecía… cansado.

—¿Sabes cuántos años tenía cuando mi viejo se fue? —preguntó de repente.

Italo no respondió.

—Doce. Un año menos que tú.

Silencio.

—Mi mamá se enfermó. No había plata. Nadie ayudó. Nadie llamó desde otro país.

Sus palabras ya no eran amenaza.

Eran historia.

—Aprendí rápido que si no tomas lo que necesitas… te quedas sin nada.

Italo sintió algo incómodo, no era justificación, pero era dolor.

Esa tarde, dos policías hablaron con el abuelo José en el taller.

Matheo escuchaba desde la puerta.

—Sabemos que hay un grupo de chicos moviendo cosas robadas en el barrio —dijo uno de los agentes—. El nombre de Pedro ya ha salido antes.

El abuelo cruzó los brazos.

—Yo no quiero venganza. Quiero que esto termine.

—Entonces necesitamos que los chicos hablen.

Matheo entendió lo que eso significaba.

Si Italo hablaba…

Pedro podría ir detenido.

Y alguien como Pedro no perdona fácil.

En el colegio, Matheo no podía quedarse quieto.

Buscó a Valeria.

—¿Tu hermano sabe más sobre Pedro?

Ella dudó.

—Dicen que trabajó en un taller antes… pero lo echaron por robar piezas.

El corazón de Matheo dio un salto.

Un taller.

Como el de su abuelo.

—¿Y su mamá?

—Murió el año pasado.

Eso cambió todo, Pedro estaba solo, completamente solo.

Matheo caminó de regreso a casa con la cabeza llena de pensamientos.

No justificaba lo que hacía.

Pero entendía algo nuevo:

Pedro no era un villano de película.

Era alguien que se había caído… y nadie lo levantó.

Esa noche, un grupo de chicos rayó la pared del taller.

“RATEROS” (ladrones).

Pedro no estaba ahí.

Pero el mensaje sí.

El abuelo respiró profundo.

—Esto se va a resolver —dijo.

Italo apretó los puños.

—Es mi culpa.

—No —respondió el abuelo con firmeza—. Es culpa de quien elige hacer daño.

Y miró directamente a su nieto.

—Pero tú decides ahora qué clase de hombre quieres ser.

Matheo observaba todo en silencio.

Algo estaba cambiando dentro de él también.

Ya no era solo el niño que seguía a su primo.

Ahora veía las piezas completas.

El dolor de Italo.

La rabia de Pedro.

El miedo del abuelo.

La inocencia de Gabir.

Y entendió algo importante:

Ser fuerte no era pelear, era elegir bien.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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